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FERNANDO VIANI: «Ginastera no se agota nunca; siempre hay algo nuevo por descubrir»

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Autor: Salvatore Sclafani
23 de mayo de 2026

Entrevista de Salvatore Sclafani al pianista Fernando Viani, quien ha grabado la obra completa para piano de Ginastera

Fernando Viani

Fernando Viani: «Ginastera no se agota nunca; siempre hay algo nuevo por descubrir»

Una entrevista de Salvatore Sclafani
Con motivo del 110.º aniversario del nacimiento de Alberto Ginastera, conversamos con el pianista argentino Fernando Viani, intérprete de referencia de su obra pianística, sobre la vigencia de un repertorio atravesado por la intensidad rítmica, la imaginación poética y una profunda identidad latinoamericana. Nacido en Mendoza y formado entre Argentina y Alemania, Viani ha desarrollado una sólida trayectoria internacional como solista, músico de cámara y pedagogo. La música latinoamericana ocupa un lugar central en su carrera, con Ginastera como uno de sus nombres esenciales: en 2007 grabó para Naxos Ginastera: Complete Piano and Organ Works, registro destacado dentro de la discografía dedicada al compositor. Desde 2012 enseña piano en el Konservatorium Bern, en Suiza, y mantiene una intensa actividad artística y docente.

¿Qué lugar cree que ocupa hoy la música de Ginastera dentro del repertorio pianístico internacional?

Diría que su presencia es cada vez más sólida dentro del repertorio internacional. Se toca mucho en Asia, en Estados Unidos —donde es especialmente conocido— y también cada vez más en Europa. Si lo comparamos con Villa-Lobos, otro gran nombre de la música latinoamericana, este último ha tenido quizá una difusión más amplia en Europa, en parte por su relación con el ambiente musical francés. Pero, desde el punto de vista pianístico, Ginastera posee una relevancia compositiva singular: su música va más allá de la intuición inmediata y está construida con una solidez extraordinaria. Desde el opus 1 hasta sus últimas obras, su producción resulta siempre fascinante: momentos meditativos, profundidad dramática, scherzos casi mágicos, rudeza y una fuerza rítmica asociada a la música argentina. Pero Ginastera no se limita a citar el folclore: lo amplía, lo intensifica. En un malambo tradicional ya se percibe una energía extraordinaria; en Ginastera, esa energía se convierte en una verdadera bomba sonora.

«Ginastera no se limita a citar el folclore: lo amplía, lo intensifica»

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Usted ha dedicado una parte importante de su trayectoria a la obra pianística de Ginastera. ¿Cómo nació su relación con este compositor?

Lo recuerdo muy bien: fue durante mis estudios en la Escuela Superior de Música de Mendoza, en Argentina, cuando tenía trece años, en los años ochenta. Había discos y casetes, pero sobre todo partituras de biblioteca: para escuchar música se iba a conciertos o se leía música directamente al piano. Un día escuché a mi amiga Gabriela Guembe tocar el Rondó sobre temas infantiles argentinos de Ginastera. Reconocí melodías de mi infancia, pero armonizadas de una manera completamente nueva, muy sofisticada. Desde ese momento empecé a buscar partituras de Ginastera y quise tocarlo todo. Fue una especie de entusiasmo casi mesiánico, como el que ya me había ocurrido con Liszt o con las sonatas de Beethoven.

¿Cómo se transformó aquella fascinación inicial en una investigación más amplia sobre Ginastera?

Más tarde, hacia 1990, con mi maestra Dora De Marinis surgió la idea de grabar la obra completa para piano de Ginastera. Era una época difícil: no todo estaba editado, conseguir las partituras no era sencillo y había que trabajar con cartas, llamadas telefónicas y contactos personales. Después, tras muchos años de investigación, quise grabar esa música para mí. Así fue naciendo la grabación integral para Naxos de 2007. Pero mi relación con Ginastera no fue solo pianística. También me fascinaron las resonancias que encontraba entre su música y la literatura latinoamericana, el realismo mágico, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez y esa búsqueda de una identidad americana en el arte. Me interesaba entender cómo un compositor latinoamericano, de formación occidental, podía crear una música arraigada en una tradición compleja, hecha de raíces europeas y autóctonas, mezclas culturales, apropiaciones, heridas históricas y sublimaciones artísticas.

«Hacia 1990, con mi maestra Dora De Marinis surgió la idea de grabar la obra completa para piano de Ginastera»

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Esa búsqueda de una identidad americana parece clave en su lectura de Ginastera.

Sí, es una tensión que me atrae mucho. En América Latina conviven culturas indígenas, europeas, africanas, junto a una historia de colonización, destrucción y apropiación. El compositor latinoamericano, muchas veces descendiente de europeos, busca una raíz en culturas que no le pertenecen completamente. Ginastera toma esos elementos y los sublima. No construye una identidad ingenua, sino una música compleja, hecha de capas, fascinación, distancia y conflicto. Mira hacia una América profunda y ancestral, pero desde una conciencia occidental. Y esa contradicción, para mí, es una de las cosas más interesantes de su lenguaje. Como argentino de familia italiana, también siento esa tensión entre amor, pertenencia y distancia.

Si tuviera que presentar el universo pianístico de Ginastera a un oyente que no lo conoce, ¿qué le diría que escuche primero?

La clave es acercarse a su producción sin prejuicios. A veces puede parecer percusiva o difícil; pero, si uno se deja llevar, descubre una música profundamente emocionante. Empezaría quizá por las Danzas argentinas, una puerta de entrada magnífica: en ellas ya están presentes el ritmo, el color, la fantasía y una construcción muy sólida. También recomendaría la Sonata n. 1, especialmente su tercer movimiento, donde se percibe esa dimensión poética, nocturna e interior esencial en Ginastera. Las Sonatas n. 2 y 3 llevan el lenguaje a un mayor grado de intensidad: en la segunda, el carnavalito final genera una tensión casi física; en la tercera, la energía continua desemboca en un final que se percibe como un alivio, casi un éxtasis. Su música puede impactar e incluso incomodar, pero nunca divaga, y por eso acaba conquistando al oyente. No debe entenderse como algo meramente virtuoso, sino como la búsqueda de una dimensión mucho más profunda.

Como pianista argentino, ¿siente que hay algo en la obra de Ginastera que se percibe de manera distinta desde una sensibilidad argentina?

Sí, aunque no me gusta exagerar ese aspecto. No creo que esa música pertenezca solo a quienes nacimos allí. Pero hay ciertos gestos rítmicos y expresivos que, si uno los conoce desde dentro, adquieren otra naturalidad. En la primera de las Danzas argentinas, por ejemplo, hay una clara alusión a la chacarera. Muchas veces se toca demasiado rápido, cuando esta danza tiene encanto, coquetería y un juego rítmico propio: no es solo velocidad. En la segunda danza ocurre algo parecido con el rubato. A veces se interpreta como si fuera una mazurca de Chopin, pero el rubato no está tanto en la mano izquierda como en la melodía. Para comprenderlo, basta escuchar una zamba lenta y sentir cómo respira ese canto. En las obras posteriores, Ginastera ya no es solamente argentino: es más americanista. Aparecen ecos de yaraví, de música andina, de culturas que observa con fascinación, pero también con cierta distancia.

«Como argentino de familia italiana, también siento esa tensión entre amor, pertenencia y distancia»

Ginastera suele asociarse con la fuerza rítmica, la energía y el imaginario argentino, pero su música posee también una dimensión poética y misteriosa. Como intérprete, ¿cómo percibe esa convivencia?

Para mí es fundamental. Incluso en las obras más ásperas intento buscar siempre el elemento melódico, el canto escondido. A veces se piensa que la música del siglo XX debe sonar dura, seca, percutida, pero en Prokofiev, en Bartók y también en Ginastera hay un concepto de belleza sonora que no puede perderse. Ginastera une lo físico y lo ritual, lo violento y lo poético: algunos pasajes parecen ceremonias antiguas; otros vibran con una energía casi mecánica, mientras que ciertas páginas revelan una ternura inesperada. El desafío está en hacer convivir esos planos. No sé cuántos años llevo tocando su repertorio, pero siempre encuentro algo nuevo. A veces necesito tomar distancia, hacer una pausa, pero siempre vuelvo a su música: no se agota nunca.

Y en ese mismo horizonte, ¿qué otros proyectos ocupan actualmente su imaginación artística?

Hay una idea ligada a los Preludios de Debussy que me acompaña desde hace años. Los estudié hace tiempo y siempre me han parecido una música maravillosa, de una riqueza inmensa. Me gustaría algún día realizar un proyecto audiovisual en torno a ellos: mostrar el mundo del que nacen esos preludios, la Francia de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la pintura, la poesía, la guerra, todo ese contexto cultural. Imagino algo que combine el piano, imágenes, historia, arte y literatura. Debussy me parece un compositor fundamental. Y, de algún modo, encuentro también una relación con Ginastera: ambos construyen universos sonoros profundamente personales. En los dos, lo decisivo no es solo lo que evocan, sino cómo transforman esas evocaciones en una experiencia poética.

Foto: Günter Lenz

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