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Crítica: Julia Lezhneva e Il Giardino Armonio ofrecen un concierto en el Festival de Música Antigua de Sevilla [ FeMÀS]

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Autor: Álvaro Cabezas
11 de marzo de 2026

El Teatro de la Maestranza acoge y coproduce el concierto ofrecido por Il Giardino Armonico y Julia Lezhneva en el Festival de Música Antigua de Sevilla [ FeMÀS], bajo la dirección de Giovanni Antonini

Julia Lezhneva e Il Giardino Armonio ofrecen un concierto en el Festival de Música Antigua de Sevilla

Apoteosis vivaldiana en Sevilla

Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 8-III-2026. Teatro de la Maestranza. Festival de Música Antigua de Sevilla [femÀs]. Julia Lezhneva, soprano; Giovanni Antonini, dirección; Il giardino armonico. Programa: Sinfonía de L’Olimpiade RV 725; “Destin avaro” de La fida ninfa RV 714; “Vedrò con mio diletto” de Il Giustino RV 717; “Alma oppressa” de La fida ninfa RV 714; concierto en mi menor para cuerda y continuo RV 134; “Sposa son disprezzata” de Bajazet RV 703; “Gelosia, tu già rendi l’alma mia” de Ottone in villa RV 729; concierto en re mayor para flauta dulce, cuerda y continuo RV 90 Il Gardellino; “Gelido in ogni vena” de Il Farnace RV 711; “Siam navi all’onde algenti” de L’Olimpiade RV 725; concierto en sol menor, para cuerda y continuo RV 157; “Zeffiretti che sussurrate” de Ercole sul Termodonte RV 710; “Anderò, volerò griderò” de Orlando finto pazzo RV 727; y “Anche il mar par che sommerga ” de Bajazet RV 703.

   El XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla [FeMÀS] ha aquilatado a lo largo de su dilatada trayectoria prestigio suficiente para ser parada obligatoria de los más competentes conjuntos historicistas del panorama internacional. Aunque arrancó el 6 de marzo, fue dos días más tarde cuando se abrieron las ventanas de la emoción más intensa en el Teatro de la Maestranza y fue gracias a un director conocido por el público sevillano, Antonini (que había comparecido en las ediciones de 2022 y 2024, aunque en el Espacio Turina) y a una soprano de sobresaliente nivel, Julia Lezhneva, que supuso una revelación para muchos, al menos en este repertorio, porque de su exquisitez en Mozart ya teníamos conocimiento.

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   Aunque Vivaldi es un compositor bien conocido e identificable por los melómanos, lo es gracias a un puñado de obras: las cuatro estaciones, el Gloria y algunos extractos de sus concerti grossi más maduros. Sin embargo, su faceta como autor de óperas que le granjearon indudable éxito en Viena como empresario lírico, es menos célebre y celebrada. Aquí habría que matizar que casi todas las arias seleccionadas para este concierto tenían la misma estructura: allegro-lento-allegro, diferenciándose muy bien el planteamiento A-B-A o repetición final. Con unas melodías basadas en los impulsos, el sonido de Il giardino armonico, ayuno de vibrato, la interesante e integradora dirección de Giovanni Antonini y, sobre todo, la voz de Julia Lezhneva, recrearon con solvencia el ambiente del barroco dieciochesco y los temas recurrentes de los libretos: las metáforas marinas y de navegación, la contemplación de la naturaleza, los afectos, el decoro y el honor, el viento, las rocas, el alma exhalada en un suspiro, el drama, el teatro y la vida. Sin embargo, el contraste entre las siempre virtuosísticas arias y las piezas instrumentales intercaladas, mayoritariamente obras de juventud, fue muy grande y no podían por eso entenderse de otra manera que como intermedios de descanso para la soprano.

  Lezhneva, como ya se ha dicho, presentó una voz no muy potente ni particularmente bella, pero sí muy adecuada por su colorido a estos papeles. De extraordinaria versatilidad en el rango vocal y especialmente dotada para los graves, fue sorprendente el despliegue de coloratura del que hizo alarde desde el minuto uno, con una emisión perfecta y aseada, siempre en sincronía con la orquesta, aunque ella sí tenía algo de vibrato. Desde muy pronto cautivó al público, que no paró de bravearla ni se cansaba de escucharla a tenor de las muchas propinas que regaló al respetable, que se resistía a abandonar el coso maestrante. Aunque en las arias más pesarosas estuvo muy bien, alcanzaba un nivel extraordinario en las agitadas, por su contención, paciencia, concentración e increíble técnica, aunque no se ponía en el papel de cada parte. En algunos aspectos dramáticos (las caras, los gestos), nos recordó, por momentos, a una Edita Gruberova o a una Cecilia Bartoli, sin llegar al nivel de histrionismo de estas divas. 

   Antonini demostró una vez más que es un director de mucho interés a la hora de manejar un conjunto que, salvo algunas individualidades, como ocurrió en “Zeffiretti che sussurrate” con la pareja de violines que emitieron sonidos tan delgados como el viento tibio de primavera, optó en todo momento por ofrecer un exquisito acompañamiento sin posicionarse nunca en primer plano con tal de no tapar la voz o restar protagonismo a la cantante que, ya muy al final, se mostró algo fatigada. Desde luego no es un conjunto extraordinario, pero sí compacto y perfectamente convencido de la labor de su director. Esto se notó especialmente en el extravagante concierto de Il Gardellino, donde Antonini actuó, además, como intérprete de flauta dulce, demostrando un dominio absoluto de la digitalización y de la integración sonora. Otros momentos destacados fueron el inicio de “Gelido in ogni vena” o el ambiente creado en cada una de las muchas propinas que se dieron y que alargaron en cerca de una hora un espectáculo que cosechó cada treinta minutos de aplausos y al que uno asiste, como siempre en estos casos, con la evidente sensación de que todo puede derrumbarse de un momento a otro. Ese componente de la música antigua que se interpreta en la actualidad, que ofrece un espectáculo único y difícilmente parangonable con ningún otro y que entraña riesgo y requiere paciencia se consiguió de manera triunfal el domingo por la noche en Sevilla, porque acabamos borrachos de barroco en esa irrepetible por extensa y contundente apoteosis vivaldiana.

Fotos: FeMÀS

 

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