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Crítica: La Filarmónica de Montecarlo con Kazuki Yamada en el Festival de Granada

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Autor: José Antonio Cantón
8 de julio de 2022

La Filarmónica de Montecarlo visita el Festival Internacional de Música y Danza de Granada con la soprano Véronique Gens y bajo la dirección de Kazuki Yamada

Filarmónica de Montecarlo en Granada

Cuidado sonido y mejor canto

Por José Antonio Cantón
Granada, 3-VII-2022. Palacio de Carlos V de la Alhambra. LXXI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo. Solista: Véronique Gens (soprano). Director: Kazuki Yamada. Obras de Hector Berlioz.

   Los seis lieder que integran el ciclo de Les Nuites d’été, op.7 de Hector Berlioz, constituyen magníficos ejemplos de la canción francesa romántica, sirviendo  por tanto para apreciar las cualidades de quien alcance a cantarlos. Se contó para esta ocasión con una de las sopranos francesas más destacadas de las últimas décadas, Véronique Gens, especialmente en el repertorio barroco. Tiene, entre sus cualidades canoras. la delicadeza de emisión y el gusto en la expresión, que se adaptan muy bien a ese estado de emocionalidad íntima que conllevan cada una de estas obras cuyos textos están sacados aleatoriamente de la colección poética La Comédie de la mort de Théophile Gautier, amigo del compositor.

   Cabe destacar el comedido carácter impulsivo que dio la soprano a la primera canción, Villanelle, contrastando con la sección de viento-madera y expresada con esa traviesa sencillez que requiere la descripción de los sentimientos de unos amartelados jóvenes en el campo. El clima jovial expresado en esta primera intervención cambió absolutamente, tornándose en una atmósfera densa en Le spectre de la rose, que se constituyó en uno de los momentos más sugestivos de la noche dada la sutileza con la que, paradójicamente, mantuvo una cierta conexión estilística con la llana expresividad de un canto medieval, sin que así pareciera dada la amplitud de sus contrastes dinámicos. La siguiente, Sur les lagunes, una verdadera creación lírico-dramática, permitía que se pudiera escuchar en todo su desgarro un corazón suspirante y atormentado por la pérdida del ser amado, aflorando aquí la enorme actriz que esta cantante lleva dentro. En el cuarto lied, Absence, extrajo el sentido de conmovida plegaria que tienen sus versos pidiendo la vuelta de la amada ausente, hasta alcanzar la sublimación sensitiva dada su portentosa técnica de mezza voce. La visión fantasmal que desprende la penúltima, Au cimitière, quedó plasmada en su esplendente manera de saber controlar su línea de canto a ese grado de indefinición musical que aquí propone Berlioz. Finalmente se produjo ese momento de distendida expresividad que tiene L’Île inconnue, dado el irónico devaneo que describen sus versos; las promesas de viajes fantásticos del marinero y la respuesta de la joven pretendida, que aspira arribar en una ribera donde nunca se extinga el amor.

   El director titular de los filarmónicos de Monte-Carlo supo sostener el absoluto protagonismo de la cantante, que realizó una verdadera lección magistral, llevando su pulso con seguridad técnica y delicada sensibilidad, favoreciendo así la intencionalidad de la poética de los textos que se percibía enriquecida por el sonido de la orquesta, lo que redundó en un absoluto lucimiento de Véronique Gens, que demostró por qué es considerada una de las intérpretes referenciales de este ciclo de canciones.

   La segunda parte del concierto estuvo ocupada por la Sinfonía fantástica de Berlioz. Esta es una de las creaciones orquestales que significan todo un reto para cualquier orquesta, dada la amplia y rica instrumentación que requiere y sus contrastados motivos. La descriptiva naturaleza faústica de su música supone un añadido a su complejidad conceptual, que obliga al director, desde una atenta lectura de sus pentagramas, a ser un relator de la historia de un músico de ardiente imaginación y sensibilidad enfermiza que pasa por un momento de desengaño amoroso. Sobre este esquema programático, el maestro japonés Kazuki Yamada, titular artístico de la orquesta monegasca, sacó un estimable partido del instrumento, apelando más bien a la experiencia en el repertorio que tiene esta formación de esta famosa obra que a lo que él pudo aportar a su ejecución. Con un gesto académico, puso en movimiento el Largo que, como melancólica predisposición mental para el oyente, abre el primer tiempo. Su cinética adquirió mayor dinamismo cuando llegó la última sección de su desarrollo, un allegro agitado apasionadamente en su aire, que expone esa especie de leitmotiv que representa a la amada. 

   La agitación producida por el casual encuentro de ambos protagonistas en un salón de baile, sirvió para que la interpretación adquiriera más dinamismo tras la introducción preparatoria del segundo movimiento. La aparición del vals sirvió para ampliar espacio eufónico del director, creando sensaciones de elegante ternura que resultaban de su particular balanceo.

   El corno inglés y el oboe brillaron en ese misterioso dúo que abre la escena campestre en la que se sitúa el tercer movimiento. Su aire lento, Adagio, funcionó como momento de contraste expresivo de la orquesta, hecho que vino a rubricarse por la excelencia del cornista como orientador del discurso orquestal, envuelto en los redobles de los timbales. El maestro Kazuki Yamada alcanzó un manifiesto estado de excitación en el cuarto episodio de la sinfonía. Estimuló a la percusión como sustancial elemento expositivo hasta quedar como una de las secciones instrumentales más relevantes de esta orquesta junto a la cuerda, en especial los contrabajos, que alcanzó homogeneidad tímbrica y conjunción métrica en el sombrío y feroz primer tema de la siempre espectacular Marche au supplice. El aquelarresco final fue la confirmación de cómo la orquesta realizó una interpretación de menos a más adaptándose con atenta profesionalidad a las evoluciones de su titular siempre muy pendiente en el cuidado del sonido, fundamental intención ya apuntada en una seductora y arrebatadora versión de la obertura El corsario, op. 21, que abrió la velada, dirigiéndola con su particular cinética de marcialidad oriental.

Foto: Fermín Rodríguez

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