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Crítica: Rossen Milanov y la pianista Natasha Paremski inauguran la temporada de la Sinfónica del Principado de Asturias

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Autor: F. Jaime Pantín
16 de octubre de 2016

DOS VISIONES DE TCHAIKOVSKY 

   Por Francisco Jaime Pantín
Oviedo. 14-X-2016. 20:00. Auditorio Príncipe. Obras de Consuelo Díez y Tchaikovsky. OSPA, Rosen Milanov, director. Natasha Paremski, piano

   La OSPA abrió su temporada de abono el pasado viernes con un atractivo programa que constituía también la primera entrega del ciclo “Rusia esencial” que se desarrollará en sucesivas sesiones.

   La obra Pasión cautiva de la compositora madrileña Consuelo Díez servía de preludio a dos de los grandes hitos del repertorio sinfónico, ambos creación de uno de los compositores esenciales de la música rusa, Piotr Ilyich Tchaikovsky: su Primer concierto para piano y su última sinfonía, popularmente conocida como Patética.

   Pasión cautiva se presenta como un tríptico cuya composición data de 1997 aunque fue objeto de revisión en 2001, y que ahora se recupera dentro del año cervantino. Sus tres partes, Viaje del Parnaso, Laberinto de amor y La guarda cuidadosa se elaboran a partir de determinadas relaciones numéricas relacionadas con fechas y cifras alusivas a momentos puntuales de la vida de Cervantes, sin que contengan explicación programática o intención descriptiva, pese a sus títulos. Obra muy trabajada que pone de manifiesto el profundo conocimiento y la habilidad de Consuelo Díez en el tratamiento de las estructuras rítmicas y la búsqueda de efectos tímbricos, lo que posibilita la audición amena y fluida de una obra que la orquesta expuso con transparencia y precisión.

   Natasha Paremski fue la solista elegida en esta ocasión para llevar a cabo la ejecución del Concierto nº 1 op. 23 de Tchaikovsky, obra popular y archiconocida que se programa por aquí no menos de dos o tres veces cada temporada y de la que el público nunca parece cansarse. Se trata de una obra ampulosa y tendente al exceso, tanto en lo sentimental como en lo instrumental y que por lo tanto admite sin grandes problemas planteamientos interpretativos melodramáticos, siempre y cuando el solista se muestre a la altura exigida por una escritura pianística masiva y ciclópea aunque menos compleja en realidad de lo que aparenta, lo que da buena muestra de su eficacia. Natasha Paremski planteó una interpretación muy efectista en general, con algunos detalles novedosos, a veces de dudosa pertinencia - cambios dinámicos no escritos, bruscos tirones en el tempo, crescendi descontrolados…- en un afán- a veces ingenuo- de sorprender y resultar original. Sus cualidades pianísticas son evidentes y a lo largo del concierto se manifestaron en algunos momentos brillantes, pero la inclinación a la desmesura fue el rasgo dominante de una actuación poco afortunada, en la que se evidenciaron numerosas carencias incluso en el plano técnico. La tendencia a la vertiginosidad, el gusto por los tempi trepidantes, la potencia sin control y la dureza implacable de un sonido que nunca alcanzó la nobleza y calidez que este concierto requiere deslucieron notoriamente su interpretación. Como después demostró en la Sinfonía, el concepto de Rosen Milanov sobre la música de Tchaikovsky parece estar muy lejos del de la pianista americana y ello se tradujo en un claro desencuentro en el que ni director ni solista se mostraron dispuestos a renunciar a sus posturas respectivas. Con un planteamiento mucho más mesurado, cierto distanciamiento aristocrático y estética impecable, el maestro búlgaro buscó el equilibrio en medio de la tempestad, en aras de una conciliación que no fue posible.

   El momento álgido del concierto se alcanzó con la interpretación de la última sinfonía de Tchaikovsky, que ocupaba la segunda parte. Milanov planteó una versión sobria, definida por la elección de unos tempi claramente moderados que favorecieron tanto la contención emocional como la transparencia en las líneas polifónicas, con una precisión casi mozartiana en las articulaciones que permitió apreciar con nitidez la riqueza de una orquestación fascinante. Hubo un profundo concepto clásico en la interpretación de esta obra monumental, con una orquesta a un gran nivel capaz de combinar los colores sombríos con los sonidos brillantes y de crear un clima emocional que atrapó al público hasta ese movimiento final que, comenzando con un lamento concluye con un suspiro postrero, en un entorno de desolación.

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