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Crítica: Frank Peter Zimmermann y David Afkham con la Orquesta y Coro Nacionales de España

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
26 de septiembre de 2017

EL CORO NACIONAL EN ESTADO DE GRACIA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 22-IX-2017. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Frank Peter Zimmermann, violín; Christiane Karg, soprano; Andrei Bondarenko, barítono. Director musical, David Afkham. Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Ludwig van Beethoven. Réquiem en re menor, op. 48 de Gabriel Fauré.

   El segundo concierto de abono de la OCNE presentaba dos obras de indudable importancia en el repertorio. Ambas de enorme calidad, aunque de suerte y presencia dispar en las salas de conciertos –mientras el Concierto de Beethoven, tras más de dos siglos desdesu estreno sigue siendo el “primus inter pares” entre los conciertos para violín y orquesta, el Réquiem de Fauré sigue escuchándose en menor medida que sus “hermanos” de Mozart o Verdi -por sí solas podrían ser el eje central de cualquierprograma.  

   La obra del compositor de Bonn ocupó la primera parte. A estas alturas, es difícil decir algo de esta obra que no se haya dicho ya.Tras la línea que marca un antes y un después que supuso la composición de su Sinfonía Heróica, acorde a los tiempos convulsos que vivía Europa en el comienzo del S. XIX, Beethoven entra de lleno en el Romanticismo. En una época en que de su pluma salen obras tan señeras como los Cuartetos Rasumovskyo las Sinfonías Quinta y Sexta, compone la obra que marca el camino a los conciertos para violín y orquesta durante más de un siglo. En primer lugar por las dimensiones que casi doblan las de sus predecesores del clasicismo, en segundo porque por primera vez mira a la orquesta de igual a igual y en tercero por la vehemencia e intensidad “casi dramática” con que define y desarrolla sus líneas musicales. Estrenada por su amigo Franz Clement con el propio compositor a la batuta el 23 de diciembre de 1806, la obra es un Beethoven puro, donde la orquesta tiene una importancia capital y el solista tiene que  alcanzar un equilibrio muy complejo entre la pura técnica instrumental, una musicalidad exquisita y una fuerza expresiva fuera de lo común. Fue tan revolucionaria que tardó casi medio siglo en entrar en el repertorio, pero una vez dentro ya no ha perdido su posición de privilegio.

   El intérprete fue Frank Peter Zimmermann, viejo conocido de la afición madrileña. Con una considerable carrera a sus espaldas y entrado ya en su cincuentena, sigue presente en los grandes centros musicales europeos. Su actuación, solvente en cualquier caso, fue un tanto decepcionante. Su digitación fue buena y su concepto de la obra también, cosa natural en quien la ha interpretado en multitud de ocasiones. Sin embargo, su interpretación careció de varias características innatas a esta obra. Fue clara y en muchos momentos bastante precisa, aunque también muy mecánica (una suerte de colección de notas bien tocadas). Adoleció del discurso ligado, del fraseo poderoso y arrebatador por momentos que requiere esta obra. En el Allegro ma non troppo inicial pudimos verlo tanto en la entrada del violín -al repetir el tema que deinicio presenta la orquesta– como en la segunda repetición. La “cadenza” de Franz Kreisler siguió los mismos derroteros e incluso en el Larghetto echamos en falta el fraseo romántico y algo más de lirismo. En el excepcional Rondo final, la interpretación subió algo de nivel, con mas implicación por parte del solista, aunque a nivel global, siendo una interpretación solvente, quedó por debajo de las expectativas. Afortunadamente, orquesta y director dieron la de cal, con un acompañamiento muy lírico, con frases brillantes y redondas - muy “beethovenianas - de exquisita claridad no exenta de fuerte expresividad.

   La segunda parte del programa estaba reservada al Réquiem de Gabriel Fauré. Obra clave del compositor, trabajó en ella de manera intermitente durante más de 10 años. Si sus antecesores, desde Mozart a Verdi, pasando por Berlioz o Brahms plantean sus Réquiems de manera espectacular, con gran carga dramática y donde el temor a una vida eterna en el infierno nos persigue, Gabriel Fauré se sale de la norma, huye de los excesos, y a través de serenidad y espiritualidad, nos trata de llevar a una vida eterna en el paraíso. En ese sentido, es el Réquiem más heterodoxo. Los efectivos orquestales son mínimos si los comparamos con los que Verdi o Berlioz requieren y el Coro, aunque de proporciones mayores, canta en general con gran recogimiento y emoción. Por tanto es una obra que sorprende la primera vez que se oye, tan lejana a las mencionadas anteriormente. Recuerdo como si fuera ayer, el impacto que me hizo esa primera vez, hace cerca de 40 años, cuando la vi en vivopor primera vez. El mítico maestro Sergiu Celibidache nos dejó de piedra con la OCNE en diciembre de 1978, y desde ese momento caí prendado de la obra. Palabras mayores.

   De las diversas maneras que se puede enfocar la obra, David Afhkam eligió la búsqueda de la belleza sonora, opción perfectamente legítima aunque quizás no compartida por todos. De entrada cambió la disposición de la orquesta, situando los primeros violines a su derecha, los segundos y las violas a su izquierda, y los violonchelos en dos filas en el centro, por delante de las maderas. Los contrabajos se situaron arriba a la izquierda. Colocación sorprendente que este crítico nunca había visto. En los ensayos debió quedar muy clara la labor de la orquesta, que consiguió momentos tímbricos de excelente calidad, como en el acompañamiento al Coro en el Ofertorio momentos antes de la entrada del barítono -al final de la frase “necandant in obscurum”- que culminaron unos chelos muy empastados de sonido bellísimo; o en toda la segunda línea de los violines que acompaña el Sanctus. Con ello, el Sr. Afhkam se dedicó en cuerpo y alma a dirigir y exprimir al máximo a un Coro Nacional en estado de gracia, empastado en todos sus registros, controlado en los “fortes” –Hosanna del Sanctus o los Dies Irae del Libera Me-, rico en el centro y consiguiendo unos  “pianos” espectaculares.  El Sanctus, el Agnus Dei o el Im paradisum fueron realmente inolvidables.

   La soprano Christiane Karg cantó un precioso Pie Jesu. Con voz de lírico-ligera, de volumen no muy grande perobien timbrado, su línea vocal fue refinada y pulida. Por el contrario, el ucraniano Andrei Bondarenko, con un material broncíneo de cierta calidad, no estuvo a gusto en una partitura donde tiene que estar tan controlado. La emisión fue un tanto estrangulada en el Ofertorio y algo mejor en el Libera me cuando pudo soltar algo más la voz.

   Como hemos comentado, David Afhkam se recreó en la enorme belleza de la obra y jugó la carta de una tímbrica clara, precisa y atractiva. Bien es verdad que quedaron en el tintero aspectos inherentes a la obra, a la que por momentos le faltó hondura y que no llegó a transmitir toda la emoción que emana de ella. Hará bien el Sr. Afkham en profundizar en ellos cuando se vuelva a acercar a esta impresionante partitura.

   El público aplaudió con calor al final de la primera parte –el Sr. Zimmermann dio una obra fuera de programa – y con grandes ovaciones en la segunda, sobre todo al Coro Nacional.

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