CODALARIO, la Revista de Música Clásica
Está viendo:

Crítica: Fredrik Burstedt dirige el «Réquiem» de Fauré con la Sinfónica de la Radio Sueca

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp
Autor: José Amador Morales
15 de mayo de 2026

Crítica de José Amador Morales del Réquiem de Fauré en Estocolmo, con la Orquesta Sinfónica de la Radio de Sueca bajo la dirección de Fredrik Burstedt

Fredrik Burstedt

La pureza del sonido sueco

Por José Amador Morales 
Estocolmo, 7-V-2026. Berwaldhallen.  Olga Neuwirth: Tombeau II “Homenaje a Pierre Boulez”; Helena Munktell: Suite para gran orquesta; Ludvig Norman: Jordens oro viker; Gabriel Fauré: Requiem. Hanna Husáhr, soprano. Karl-Magnus Fredriksson, barítono. Coro y Orquesta Sinfónica de Radio Sueca. Fredrik Burstedt, dirección musical.

 La Orquesta Sinfónica y Coro de la Radio Sueca constituye desde hace décadas una de las grandes instituciones musicales del norte de Europa. Fundada en 1965 a partir de diversas agrupaciones vinculadas a la radiodifusión pública sueca, la formación ha desarrollado una personalidad artística definida por la versatilidad estilística, el compromiso con la música contemporánea y una imponente tradición sinfónico-coral. Su prestigio internacional no se explica únicamente por la nómina de directores que han modelado su identidad - desde Sergiu Celibidache, su primer titular, hasta Herbert Blomstedt, Esa-Pekka Salonen o Daniel Harding - sino también por una sonoridad muy particular: luminosa, flexible y extraordinariamente transparente incluso en las texturas más densas. La orquesta ocupa, además, un lugar central en la vida cultural de Estocolmo y, por extensión, de Suecia, no solo como referencia institucional, sino también como auténtico laboratorio artístico en el que conviven el gran repertorio histórico, la creación contemporánea y una intensa actividad radiofónica y discográfica que ha proyectado su nombre muy por encima del ámbito escandinavo. La excelencia de su coro, considerado uno de los mejores conjuntos vocales del país, refuerza esa identidad de conjunto total capaz de afrontar con idéntica autoridad tanto la gran tradición coral europea como las propuestas más arriesgadas de vanguardia.

   Esa identidad encuentra en la Berwaldhallen un marco especialmente idóneo, y no por casualidad constituye uno de los espacios musicales más representativos de Suecia. Inaugurada en 1979 y bautizada en honor al compositor romántico Franz Berwald, la sala se ha convertido en uno de los recintos acústicamente más celebrados de Escandinavia. Semienterrada y excavada en el interior de una colina - de hecho, el nivel cero corresponde al penúltimo piso -, la Berwaldhallen presenta un diseño hexagonal y disposición concéntrica así como una cercanía visual que genera sensación de intimidad desde cualquier localidad. Su acústica, precisa y equilibrada, permite percibir con claridad tanto el detalle camerístico como las grandes masas corales.

   La velada se abría con Tombeau II de Olga Neuwirth, estrenada el pasado año en el Barbican Hall por la London Symphony Orchestra como homenaje al centenario de Pierre Boulez. La compositora austríaca reinterpreta Notations IX a través de un gigantesco crescendo, en una partitura de denso colorido, efectos microtonales y complejas superposiciones armónicas. Más allá de su evidente complejidad técnica, resuelta con gran precisión por parte de la orquesta, Fredrik Burstedt se mostró sólido a la hora de dotar de fluidez a una música construida sobre tensiones, contrastes abruptos y delicadísimas capas de color, como evidenció el súbito clímax conclusivo. Por otra parte, en la encantadora Suite para gran orquesta, de Helena Munktell, figura destacada del romanticismo tardío sueco, Fredrik Burstedt subrayó tanto el refinamiento tímbrico como el lirismo contenido de la obra al tiempo que enfatizaba el contraste entre secciones, en especial el Menuetto y el Andante.

   A la vuelta del descanso, el Coro de la Radio Sueca, en solitario y bajo una tenue luz, atacó Jordens oro viker del holmiense Ludvig Norman, sobria y breve pieza contemplativa asociada a la tradición luterana y con evidente influencia del romanticismo alemán. Desde los primeros compases, el coro mostró su extraordinaria calidad con un bellísimo sonido, dicción clara y, sobre todo, una conmovedora intensidad expresiva a la hora de cincelar cada una de las frases (Las riquezas de la tierra pasan, los gozos terrenales se desvanecen; los bienes del reino celestial, permanecen eternamente. Allí no habrá suspiros, allí no habrá llanto…). La música de Norman anticipaba en cierto modo lo que constituía el verdadero epicentro emocional de la velada: el Réquiem de Gabriel Fauré en su versión sinfónica de 1900. Burstedt optó por la transparencia y la amplitud del fraseo, huyendo del puro efecto en una lectura profundamente emotiva a la que sucumbió toda la sala. Si las cuerdas desplegaron un sonido cálido y bellísimo y las maderas destacaron por la delicadeza de sus insinuaciones melódicas, el coro alcanzó momentos de enorme intensidad expresiva, como en los contrastes dinámicos del Offertorium o el unísono del Libera me. Las intervenciones de Hanna Husáhr, de material menos etéreo de lo habitual en su parte, y Karl-Magnus Fredriksson se integraron con naturalidad en esa concepción global; particularmente el barítono, de emisión clara, que logró dotar a su actuación de gran empaque y prestancia, así como de un fraseo noble y sobrio, plenamente acorde con el carácter íntimo de la obra.

Foto: Nikolaj Lund

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp

Compartir

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico