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Crítica: Fumiaki Miura, Varvara y la Orquesta de Cámara de Viena en el ciclo de La Filarmónica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
29 de abril de 2021

Y entonces apareció Varvara

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 28-IV-2021. Auditorio Nacional. Ciclo La Filarmónica. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para violín núm. 5, K. 219, Fumiaki Miura, violín. Sinfonía núm. 29, K, 201/186ª. Concierto para piano núm. 8, K. 246 -concierto Lützow -. Varvara, piano. Orquesta de cámara de Viena. Dirección musical: Fumiaki Miura.

   El ciclo La Filarmónica mantiene también contra viento y marea y de forma meritoria, los conciertos de su programación e, incluso, tiene prevista una Sexta sinfonía de Mahler para el próximo mes. De momento, en el presente evento se siguieron observando los estrictos protocolos anti-covid con duración limitada, interpretación ininterrumpida y pocos músicos en el escenario lo que condiciona, lógicamente, el repertorio a interpretar. Música de Mozart, que está acaparando actualmente las programaciones y no es ningún lamento, al contrario, siempre es un placer escuchar las composiciones de uno de los más grandes genios de la historia de la música.


   El concierto para violín número cinco corona la serie de conciertos para dicho instrumento creados por el genio Salzburgués con una obra, que a pesar de encuadrarse en la tradición de concierto de cámara del clasicismo, reune una mayor enjundia y grandeza, además de dotar al violín solista una creciente exigencia técnica en una confrontación con una orquestación muy rica y cuidada. Todo ello culmina con esa genialidad, el cambio de tonalidad a la mitad del tercer movimiento y la aparición de la música alla turca, de ahí que se haya llamado a esta composición «concierto turco».

   Desde la introducción del allegro aperto del primer movimiento pudo apreciarse la falta de vida y pulso en una ejecución anodina y caída, aunque el sonido de la orquesta de cámara de Viena –veinte músicos-fue brillante y refinado, con la solvencia propia de su trayectoria y que debe garantizar el binomio Viena-Mozart. La entrada del Stradivarius ex viotti de Fumiaki Miura se tradujo en un sonido de suficiente caudal, pero de mediana calidad, aquilatamiento y riqueza. Miura tocó con corrección –sin vibrato como parece exigir el historicismo más estricto ignorando que el propio Leopoldo Mozart se refiere al vibrato en su fundamental Tratado completo sobre la técnica del violín de 1756- y, sin duda, acreditó asumible musicalidad y dominio técnico como pudo comprobarse en las tres cadencias, una por movimiento. El sublime segundo, sin embargo, puso en evidencia la falta de vuelo, del fundamental lirismo cantabile en la interpretación del violinista japonés apoyado en un sonido, además, falto de belleza, brillo y tersura, con cierta dureza, a lo que se unió a una expresividad inane y un fraseo insustancial, sin aristas. Un ejemplo, por tanto, de fría e inexpresiva solvencia técnica.

   Sin solución de continuidad y después de unos tibios aplausos, Miura acometió, batuta en mano, la Sinfonía nº 29, creación de 1774 en la que puede apreciarse un Mozart, que a los 18 años de edad combina el total dominio de las formas clásicas con una mayor expresividad, vehemencia e ímpetu. Miura y la Orquesta de cámara de Viena ofrecieron una interpretación plana e impersonal. Un Mozart bien tocado y en estilo a cargo de una orquesta avezada, que garantiza buen sonido –espléndido el solista de trompa- e identidad mozartiana, pero en una interpretación sin pulso, anodina, impersonal y definitivamente mustia y que a una semana del incandescente y contrastado Mozart que ofreció Currentzis en el mismo escenario, fue un cruel contraste. No parece Fumiaki Miura un músico aún con la suficiente enjundia como para abordar un concierto como solista y director musical. Al que firma estas líneas le viene a la cabeza una famosa frase del Maestro de tenores Alfredo Kraus: «No se puede dar el paso más largo que la pierna».

   Y entonces, en lo que era un concierto más bien desangelado, apareció la pianista Varvara Nepomnyaschaya, que, por razones obvias, se anuncia sólo con su nombre, y además de ofrecer las calidades en cuanto a medios y técnica propias de la escuela tradicional rusa (o soviética en su día, si se debe ser estricto) aumentó inmediatamente el voltaje del evento. El Concierto para piano núm 8, uno de los más destacados entre los de juventud, fue compuesto por Mozart para la Condesa Antonia Lützow, quien debía ser una intérprete de cierto nivel, pues la obra requiere ágil digitación en los movimientos extremos, la aparente sencillez de la escritura no lo es tanto y contiene un hermosísimo segundo movimiento.

   Varvara escanció sonido amplio, de generoso volumen, limpio y cuidado, plena desenvoltura en la digitación, con dominio e independencia de la mano izquierda. Si en primer y tercer movimiento la pianista rusa exhibió destacada destreza y acrisolado virtuosismo, todo ello sostenido por una gran técnica, el punto más alto de su interpretación llegó en el bellísimo andante, que desgranó con una mezcla de intenso lirismo y vuelo expresivo mediante un fraseo tan caluroso y comunicativo como bien cincelado.  

   La respuesta del público fue buena muestra de que el arte de Varvara había caldeado el ambiente y la pianista rusa, en respuesta a las ovaciones, ofreció un espléndida propina, Ground en Do Mayor de Purcell. 

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