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Crítica: Giovanni Antonini en la temporada de la Orquesta Nacional de España

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Autor: Raúl Chamorro Mena
30 de septiembre de 2020

Mozart y Beethoven a la italiana

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 26-IX-2020. Auditorio Nacional. Temporada Orquesta y Coro Nacionales de España. Concierto para violín y orquesta nº 3, KV 216 (Wolfgang Amadeus Mozart). Giuliano Carmignola, violín. Sinfonía nº 2, op. 36 (Ludwig van Beethoven). Orquesta Nacional de España. Dirección: Giovanni Antonini.

   Muy riguroso protocolo anti-covid el aplicado en la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España con las puertas del Auditorio Nacional abiertas desde una hora antes del comienzo del concierto y ocupación y desalojo de las localidades de forma estrictamente escalonada. Por supuesto, que no se ocupan butacas contiguas y se recorta la duración del concierto –se suprimió la obertura de la ópera L’isola desabitata de Haydn inicialmente prevista-. La reducción de efectivos de la orquesta para que pueda mantener las distancias en el escenario condiciona las obras y compositores a interpretar, al menos, en esta primera parte de la temporada.


   Dos grandes músicos italianos protagonizaban este segundo concierto del ciclo, el experimientado violinista, Giuliano Carmignola, experto en el repertorio barroco y clasicista, especialmente Bach, Vivaldi y Mozart, y el director musical Giovanni Antonini, fundador de la agrupación barroca Il Giardino Armonico y que ha grabado recientemente el ciclo de las Sinfonías de Beethoven con la Kemmerorchester Basel –Orquesta de cámara de Basilea-. Por su parte, Carmignola registró en su día, año 2008, los 5 conciertos para violín de Mozart con el gran Maestro Claudio Abbado.

   Como subraya la Catedrática María Encina Cortizo en su magnífico artículo del programa de mano, sólo descargable telemáticamente ya que no se distribuyó ejemplar alguno en papel debido al estricto protocolo anti covid ya aludido, es muy probable que Mozart escribiera sus cinco conciertos para violín, todos ellos de 1775 cuando contaba con 19 años de edad, para sí mismo, excelso violinista gracias al esfuerzo de su padre Leopold, autor del Tratado completo sobre la técnica del violín, el más completo de todo el siglo XVIII. El tercer concierto, excelente ejemplo de la inispiración Mozartiana y su facilidad para crear música, abre el soberbio trío que forma junto a los también excelentes cuarto y quinto.


   Carmignola con un sonido sin vibrato, de gran belleza, tersura y pulimiento tímbrico, no muy amplio, pero penetrante, puso de relieve las conexiones del concierto con el modelo Vivaldiano y cimentó una brillante, luminosa y «civilizada» conversación -plena de compenetración y factura musical- con orquesta y batuta. Si el fraseo del violinista de Treviso reunió naturalidad, calor, refinamiento y dominio estilístico, los acentos fueron adecuadamente mesurados y proporcionados, mientras la cadencia del primer movimiento fue un ejemplo de buen gusto y sereno virtuosismo. Todo ello desde el magisterio de una dorada madurez artística. Violinista y director, cómo no, demostraron su origen y «cantaron» magníficamente la maravillosa melodía del segundo movimiento con honda musicalidad y poder comunicativo, para culminar con un Rondó en el que solista y batuta tradujeron perfectamente la genial alternancia entre pasajes vertiginosos y danzables con los más solemnes, así como una hermosa exposición de la melodía popular “á la mélodie de Strassbourger”. Las ovaciones del público no obtuvieron la propina que Carmignola hubiera ofrecido en cualquier otra situación, pero que impidió el objetivo de evitar cualquier alargamiento del concierto por el protocolo anti-pandemia.

   Los que nos «aprendimos» las sinfonías de Beethoven con las versiones de Furtwängler, Klemperer, Karajan…, interpretaciones de impronta, tímbricas y disposición orquestal románticas, solemos ver con suspicacia el “revisionismo” de los últimos tiempos y el aluvión de versiones historicistas. Cierto es que uno sigue teniendo como referencia las versiones arriba expuestas y que recela no poco de la inflexibilidad que a veces demuestra el historicismo, pero al final, lo importante, se defienda la visión que se defienda, es tener talento y ser un gran músico. Giovanni Antonini lo es y ya me convenció con una notable séptima Sinfonía con la propia ONE en 2014.

   Asimismo, hay que subrayar que la Segunda sinfonía del genio de Bonn sigue bebiendo del clasicismo con un influjo mozartiano indudable y aún no está tan presente ese latido prerromántico que emerge en la Tercera, si bien Beethoven con todo su genio y personalidad se va liberando de esas estructuras clasicistas fijando las propias, de lo que es buen ejemplo la inserción de un scherzo como tercer movimiento en lugar del habitual Minueto.


   Antonini logró atenuar, en cierto modo, la falta de empaste derivada de la separación y reducción de los músicos y con solo tres contrabajos [igual que en la séptima de 2014 aludida más arriba] firmó una versión ágil, radiante, con sabia creación de clímax, siempre bien construidos y acentuados contrastes dinámicos que no comprometieron la coherencia global de la obra y sin que faltara el irrenunciable carácter Beethoveniano. Destacó el fabuloso segundo movimiento, un soberbio larghetto en el que Antonini y la orquesta expusieron con primorosa cantabilità la sublime melodía con una destacada aportación de las maderas. Pulso rítmico y briosa energía caracterizarón al scherzo para dar paso al último movimiento, apropiadamente triunfal y optimista, que contrasta con la crisis vital que vivía el genial músico en el momento de la composición.  

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