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Crítica: Giuliano Carella dirige 'Don Pasquale' de Donizetti en Stuttgart

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9 de abril de 2018

Norina reparte condones

   Por José Amador Morales
Stuttgart. Staatstheater. 28-III- 2018. Gaetano Donizetti: Don Pasquale. Enzo Capuano (Don Pasquale), André Morsch (Doctor Malatesta), Ioan Hotea (Ernesto), Ana Durlovski (Norina), Marko Špehar (Carlotto). Staatsopernchor Stuttgart (Christoph Heil, director del coro). Staatsoperorchester Stuttgart. Giuliano Carella, dirección musical. Jossi Wieler y Sergio Morabito, dirección escénica.

   El coqueto y precioso Staatstheater de Stuttgart (también conocido como Großes haus) fue diseñado por el arquitecto neoclásico Max Littmann, famoso por sus infraestructuras teatrales, y abrió sus puertas en 1912 con la Tosca pucciniana. A pesar de sus más de mil trescientas localidades llama la atención, además de por su decoración plateada, por su familiaridad ya que no hay demasiada lejanía de ninguna de ellas con respecto al escenario. En su haber cuenta con el mérito –toda una hazaña en Alemania– de no haber sido dañado durante la Segunda Guerra Mundial.

   Tras el insulso, sobre todo vocalmente, Fidelio del día anterior, Sergio Morabito -junto con Jossi Wieler- volvía a hacerse cargo de otra de sus aquí aclamadas producciones escénicas. En este caso se trataba del recién estrenado (esta era la segunda función) Don Pasquale donizzetiano. Don Pasquale es un empresario con un complejo: un amor juvenil que no prosperó porque se vio obligado a optar por la empresa familiar. Así nos lo hacen saber en la obertura o también durante un "Com’è gentil" (cantado fuera del escenario) mediante las consabidas proyecciones que nos muestran el coloque del protagonista mientras se fuma un porro: proyecciones con estereotipos hippies y estética psicodélica (Heinz Edelmann,  George Dunning, etc). Norina y Malatesta son estafadores de baja condición social que planean aprovecharse de Don Pasquale, al tiempo que Ernesto es el típico adolescente pasota. La escena final resulta tremendamente dramática pues Norina, durante la cavatina, sustrae a Don Pasquale las pastillas de viagra que le había suministrado Malatesta así como los condones que acto seguido va repartiendo a todos los presentes, quedando el protagonista visiblemente abatido.

   Hasta ahí puede compartirse la idea escénica o no, ser más o menos del agrado de cada uno, pero indudablemente presenta cierta coherencia interna. Pero, ¿qué sentido tiene Ernesto vistiéndose de indio en su aria y permaneciendo así hasta el final de la ópera?. También en la serenata del mismo personaje se pone de manifiesto una evidente incomprensión del belcanto pues es cantada de fondo, como si fuese menos importante que el “coloque” de Don Pasquale: algo extensible a la gesticulación absurda e histérica durante los pasajes de coloratura de Norina y un sinfín de movimientos antimusicales. Por otra parte, si en Fidelio asistíamos a la caricatura de lo dramático, aquí se da su contrapartida avalada por la eliminación de todo lo bufo del personaje bufo por antonomasia (Don Pasquale) en donde no encontramos ningún ápice de histrionismo o guiños cómicos y sí una sobriedad absoluta (que ya hubiésemos querido en la Leonore de la jornada precedente) y una sobrecarga dramática muy forzada. Otro ejemplo, el famoso dúo Pasquale-Malatesta, muy bien cantado pero escénicamente sin ninguna interacción entre ambos personajes.

   En el apartado musical, las cosas fueron bastante mejor (y podrían haberlo sido mucho más de no ser por el “corsé” escénico) empezando por una dirección animadísima de Giuliano Carella, que supo hacernos escuchar todo el meollo bufo que no se veía en el escenario: un sonido brillante, unos tempi ágiles y chispeantes y un atinado toque ensoñador además de un excelente acompañamiento a los cantantes. Enzo Capuano se reveló ideal para un rol en el que puede derrochar sus excelentes cualidades como cantante-actor, pese a la mencionada sobriedad impuesta desde la producción: fue enormemente creíble tanto en escena como en el aspecto meramente canoro. También se mostró muy adecuada (y aplaudida) la pareja formada por el Ernesto de Ioan Hotea, de atractivo timbre y fraseo aunque con agudos a veces algo engolados, y la soprano ligera habitual de la casa Ana Durlovski - último Pájaro del Bosque en Bayreuth - que escatimó un tanto su muy desahogado registro sobreagudo aunque, no obstante, finalizó la función con un comodísimo e impactante fa al que no todas pueden hacer frente y menos de esa manera. Por su parte, André Morsch compuso un convincente Doctor Malatesta, de voz robusta y timbrada que comenzó fría y algo dura pero que fue mostrándose maleable y con una elegante línea de canto.

Foto: Martin Sigmund

Autor:José Amador Morales
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