CODALARIO, la Revista de Música Clásica
Está viendo:

Opinión: Giuseppe Sinopoli o el «Adiós a la vida». Por Aurelio M. Seco

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp
Autor: Aurelio M. Seco
19 de abril de 2026

Artículo de opinión de Aurelio M. Seco sobre el gran director de orquesta italiano Giuseppe Sinopoli

Giuseppe Sinopoli o el Adiós a la vida

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Seguramente Giuseppe Sinopoli sea más importante de lo que pensamos. Independientemente de su gran trayectoria y éxito en vida, Sinopoli nos parece en 2026 uno de esos grandes maestros de la dirección que lo fue, no sólo por su profunda intelectualidad, sino por la potencia humana de su mensaje artístico. Es conocida su trayectoria fuera de la música, que le llevó a estudiar, dentro del campo de la psiquiatría, la «Aberración y los momentos criminológicos en la transmisión fenomenológica de la obra de arte». Significa esto que el director italiano se interesaba, ya desde la juventud, en los procesos del hombre involucrados en la interpretación musical. Esta faceta «de intelectual», que forma parte de su perfil de manera obvia, quedó subrayada como compositor del siglo XX avezado en Darmstad, en Stokhausen y Maderna, aunque el tiempo haya aparcado un tanto sus partituras. A Sinopoli se le achaca a veces cierta frialdad, incluso falta de refinamiento al dirigir. Nosotros discrepamos de este análisis basto, superficial y rudo, al observar en su manera de hacer música un afán delicado por trascenderse a uno mismo, por observar en las partituras cierta infinitud, por erigirse en un gigante caído.

   Cuando hoy vemos poner sonido a Así hablo Zaratustra, los directores más conocidos del presente nos parecen aprendices de Karajan, pero no pensamos lo mismo al ver a Sinopoli. Es una partitura dificilísima ésta, un milagro sonoro de Richard Strauss que exige, como mínimo, una autoridad enorme ante la orquesta y una conciencia clara de la necesidad de impulsar esta música impetuosa de cierta forma desde el principio, con una tensión y brillantez que conocemos porque, desde la cumbre, nos la enseñó con distinción el genial director alemán. 

   Hay en la dirección orquestal, como en la interpretación pianística, musical en general, cierta predilección exgerada por «la profesión». Se aprenden las técnicas y los saberes sociológicos y ya parece que uno es director de orquesta o pianista, cuando en realidad la cosa se produce al contrario, sobre todo en los grandes nombres. La técnica, si es algo, no es más que un camino de vuelta personal que nunca debe considerarse un fin. La música respira con dificultad a través de las técnicas, aún siendo propias y naturales. La forma de dirigir de Celibidache es un milagro apropiado para él, pero sería un error entrar en el juego del gran director rumano moviendo los brazos arriba y abajo de manera infinita para prolongar su figura. El alumno debe, en algún momento, buscar su manera de interpretar al maestro, incluso rebelarse ante sus enseñanzas si, como decía Carles Santos, no es capaz de mostrar su propia manera de hacer las cosas. Lo que queremos decir es que, en el fondo de la verdad del arte de la música, hay directores que dirigen y artistas que son grandes directores que no parecen estar dirigiendo o, más bien, que no sabemos exactamente cómo hacen lo que están haciendo. Las técnicas son un punto de partida pero no resuelven el misterio del «arte de la dirección», que  siempre es impersonal e intransferible. Sobrevalorar las técnicas envuelve a la música en un halo de predecible frialdad.

   El arte de la dirección de Giuseppe Sinopoli nos recuerda, por la vista, un poco al gesto de ese filólogo apasionado de la música que, consciente de ciertos hallazgos magistralmente planificados, nos los intenta explicar con gestos ingenuos pudorosos y encantadores. Pero sería un error conceder a Sinopoli cierta excentrididad o imagen de gran intelectual que ha decidido ponerse a dirigir. Sin duda el arte de este gran director italiano tiene mucho de sabiduría autogórica, de conciencia estructural, pero no como podríamos encontrarla, por ejemplo, en Pierre Boulez, director que nos parece una especie de milagro cultural, francés y europeo, pero que ofrece una idea de "servicialidad" contemporánea y muy diferente. No sería acertado, en cualquier caso, ecualizar el arte de Boulez y el de Richard Strauss, maestro que, sobre la tarima, dirigía parecido. Pero el primero es producto de un momento esencial diferente, en el que se puede observar la influencia de la ciencia en música de tal forma que la esencia procesual en la que se inmiscuye se transforma hasta un límite polémico  todavía no superado. Boulez es la cumbre cultural de una especie de científicismo en música; Strauss, la de un curso institucional sublime.

   En Sinopoli, el gesto se transforma y adhiere a la música cuando es necesario imprimir en ella cierto espíritu, como si estuviesemos ante el trabajador más humilde y servicial. La fuerza de Sinopoli, que es magnifica y en ocasiones sobrenatural, nos ha dejado un Bruckner enigmático y sideral. Sinopoli dejó, al frente de la Staatskapelle Dresden, versiones preciosas de sus sinfonías, músicas que, de su mano, rezuman una intensidad como pocas veces hemos visto. Pero, curiosamente, uno de los lugares donde mejor hemos observado la profunda sensibilidad de este hombre ha sido en la ópera, en Tosca por ejemplo, en la versión que el maestro itliano dirigió en el Metropolitan, con Plácido Domingo y Hildegard Behrens en los papeles principales. A nuestro juicio, estamos ante una de las más importantes versiones del título de Puccini, que ha quedado grabado para la historia, no sólo por el gran nivel de los cantantes, sino por la perspectiva poética impuesta por Sinopoli desde la primera nota. No sabemos qué pasó por la cabeza de Giuseppe Sinopoli al dirigir este título, pero podemos afirmar que nunca hemos visto marcar así los primeros acordes de la partitura, ese inicio tan difícil y certero, que además nos muestra ya la atmosfera tensa y trágica de la ópera desde el primer segundo. Es sorprendente e inusual la imagen, con Sinopoli subiendo al podio y, tras los saludos iniciales del público del Metropolitan, parando, reteniendo con la fuerza de un titán el poderoso silencio inicial, transmitiendo de esta manera a los músicos de la orquesta el alma viva de ese comienzo imposible, con precision febril y potencia alegórica de tal intensidad que sólo podemos invitar a experimentarla. Pero se equivoca quien ve en Sinopoli únicamente a un animador nervioso, porque pocas veces el amor entre Mario y Tosca rezuma como en esta mágica versión, pocas veces el Adiós a la vida de Cavaradossi se siente tan cercano, misterioso, entrañable y cálido. Casi nunca el clarinete acompaña la luz de esas estrellas de forma tan nostágica, tersa y suave.

   Y quiso el destino que uno de los más interesantes, generosos y humildes directores que ha dado el siglo XX, haya tocado su Adiós a la vida, no con Tosca, sino con Aida, como un pobre esclavo egipcio que, generoso hasta el límite de la muerte, da su vida por la música eterna mientras nos la ofrece.

 

Contenido bloqueado por la configuración de cookies.
Contenido bloqueado por la configuración de cookies.
  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp

Compartir

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico