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Crítica: Recital de Grigory Sokolov en Murcia

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Autor: José Antonio Cantón
25 de febrero de 2022

Grigory Sokolov ofrece un recital en el Auditorio y Centro de Congresos ‘Víctor Villegas’ centrado en obras de Beethoven, Brahms y Schumann

Grigory Sokolov

Revelador redescubrimiento

Por José Antonio Cantón
Murcia. 20-II-2022. Auditorio y Centro de Congresos ‘Víctor Villegas’. Recital de piano de Grigory Sokolov. Obras de Beethoven, Brahms y Schumann.

   Con un programa del pianismo germánico más sustancial y característico ha actuado el gran Grigory Sokolov en el auditorio de Murcia ocupado por una gran cantidad de público cuya expectación se mascaba en el ambiente. Todos y cada uno de los presentes podían barruntar, sobre la singularidad de este recital, ese principio que en una suma estético-teológica titulada Gloria, el jesuita suizo Hans Urs von Balthasar, que murió días antes del consistorio en el que le nombraba cardenal el papa Juan Pablo II, relacionaba la unión de bondad, verdad y belleza como elementos sustanciales de los  atributos divinos. Llevar a este plano de valoración la sabiduría musical de Grigory Sokolov podría parecer desproporcionado, pero no lo es, si nos atenemos a la nobleza de su arte colocado, como excepción, en una dimensión inalcanzable por el mejor ser humano imaginable dotado para hacer música de teclado.

   Su búsqueda constante de sonido adquiere una importancia absoluta en sus ejecuciones. Con una psicomotricidad que nace en su cerebro, sentido y experimentado al ser conducido desde un adiestrado ejercicio de voluntad, orienta todo su ser orgánico a través de sus brazos, manos y dedos para la obtención de los mejores efectos sonoros posibles, planteándose simultáneamente una constate relectura y un nuevo análisis de la obra sin perder el espíritu del autor en cada caso. En una composición como las Quince variaciones con fuga op. 35, «Eroica» de Beethoven supone un cambio de actitud estética en cada una así como una visión diferente del potente pensamiento musical que contienen. Así fue como planteó su interpretación, creciendo y creciendo en información y expresividad a lo largo de su desarrollo hasta llegar al culmen en su remate, de manera especial en la fuga que renacía con absoluta brillantez desde una instantánea desestructuración de cada una de sus notas y sus encadenamientos armónicos como si los hubiera estudiado, experimentado y, sobre todo, preparado desde  plasmaciones tonales diferentes y distintas velocidades. Las dinámicas se sucedían con un justificado contraste entre ellas, en una alternancia de contrarios que llenaban de plenitud cada una de las variaciones en sí y entre ellas. Este aspecto de su toque determina en gran medida la enorme grandeza de este pianista, sólo explicable en el ámbito de la fenomenología de la música.

   Entrando en una atmósfera más calmada, se adentró en los Tres inrtermezzi, op. 117 de Johannes Brahms con un sublime control de pulsación que le permitía una más que adecuada equilibro dinámico entre canto y acompañamiento, generando una mágica atmósfera polifónica, que en estas piezas alcanza un increíble grado de emocionalidad, sólo entendible desde una gradual creación de la imagen sonora que el compositor quiere producir en cada instante. No cabe entrar en matizaciones ya que, como he apuntado anteriormente, la cantidad de información que brota del piano de Sokolov sólo sería posible de pormenorizar desde una aplicación de análisis algorítmico ya que la percepción del oyente está sobrepasada en todo momento.

   Lo plasmado en  este comentario hasta este párrafo queda superado ampliamente en la magistral interpretación que hizo de la fantasía Kresileriana, op. 16 de Robert Schumann. La enorme complejidad de esta obra magistral del pianismo de todos los tiempos quedó replanteada con una facilidad casi insultante, producida, desde un ejercicio de muy elevada voluntad, la simbiosis total entre el teclado y los dedos en un perfecto acoplamiento de la mano con este elemento iniciador del instrumento, implementado siempre con una técnica de pedal que solo puede entenderse desde una perfecta concepción de la prolongación y mantenimiento de sonido que necesita el piano y la calidad armónica que así debe comportar. El efecto de pulsión constante que produce este pianista con este mecanismo genera un efecto vital incomparable, que alentaba cada uno de los episodios de este pieza en la que Sokolov determina la genialidad de sus pentagramas desarrollando una especie de justificación del autor, no lo suficientemente valorado en esta composición nada más y nada menos que por Liszt o su dedicatario, Federico Chopin, a los que abrumó una primera lectura. Por último no es posible calificar con una mínima aproximación a la realidad la distinción de los planos sonoros que lograba este genio del piano llegando así a descubrir el mayor secreto de Schumann; su musicalidad interna, perceptible solamente cuando se puede estratificar instantáneamente su armonía desde la singularidad de cada acorde y la particularidad que requiere cada enlace. Este pianista evidenció en Schumann el por qué, cómo y en qué momento debía poner en acción toda la energía que contenía su ser.

   Después de esta pieza inspirada en un famoso personaje imaginado por el gran literato romántico alemán E.T.A. Hoffmann, Grigory Sokolov inició lo que podría entenderse como una tercera parte de su recital con la interpretación de seis bises, que significaron toda una demostración de su excelsa versatilidad pianística. Empezó con el Preludio, op. 11 nº4 en mi menor de Alexander Scriabin realizado en su mano izquierda con toda la expresión de dolor imaginable fruto de una condensada introspección. Seguidamente fue el Preludio, op. 23 nº 9 en Mi bemol menor de Sergei Rachmaninoff el que propició pudiera admirarse el endiablado encadenamiento expresivo que realizó en sus terceras y sextas. Continuó con el que cierra este opus del mismo compositor, un Largo en Sol bemol mayor, cantando su precioso aire nocturnal. En cuarto lugar desafió la delicadeza del anterior con otro Largo, en este caso de Chopin, el contenido en su Preludio, op. 28 nº 20 en do menor en el que parecía proyectar todo el ideario pianístico del compositor con tan concentrada intensidad que su ‘acalderoniado’ acorde final se prolongó casi medio minuto perdiéndose en el silencio absoluto del auditorio. Volvía con Rachmaninoff en su Preludio, op. 23 nº 4 en re con el que alcanzó un lirismo verdaderamente inaudito en un piano, necesariamente comparable con la mejor vocalización imaginable, para finalizar nuevamente con Chopin, el Lento en La menor de su Mazurca, Op. 68 nº 2 que dejaba una sensación de sublime elegancia, culminando un recital absolutamente inolvidable en la que cada obra fue redescubierta en sus más mínimos detalles e intenciones estéticas.

Foto: Auditorio Víctor Villegas

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