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Crítica: 'I Puritani' de Bellini en la Temporada de Ópera de Bilbao (ABAO), con Albelo y Mosuc

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Autor: Rubén Martínez
7 de abril de 2014
Foto: E. Moreno Esquibel

"CONTAGIOSA LOCURA"

Por Rubén Martínez

05-04-2014 Bilbao. Palacio Euskalduna. Bellini: I PURITANI Elena Mosuc (Elvira), Celso Albelo (Arturo), Gabriele Viviani (Riccardo), Simón Orfila (Giorgio), entre otros. Orquesta Sinfónica de Navarra. Coro de Ópera de Bilbao. Alfonso Romero, director escénico. José Miguel Pérez Sierra, director musical.

 

    Han tenido que pasar casi veinte años para que vuelva a programarse en la capital vizcaína una de las obras cumbre del belcantismo romántico italiano, siendo la última ocasión en la que se ofreció a los aficionados bilbaínos en un ya lejano septiembre de 1995, con un cast protagonizado por dos solistas sicilianos, la soprano Lucia  Aliberti y el tenor Marcello Giordani, paradigmas del estilo en aquellos momentos. Esta vez, el haber contado como pareja protagónica con la rumana Elena  Mosuc y el tinerfeño Celso  Albelo no puede calificarse de otra forma que de acierto absoluto, el cual ha sido refrendado por las calurosas ovaciones con las que el respetable salpicó la función, algo especialmente reseñable en un público tradicionalmente asociado con la frialdad, la exigencia y cierta falta de entusiasmo. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ABAO ha reunido un reparto que puede compararse por calidad global (con sus matices) al que próximamente se podrá presenciar en el Met, a pesar de que los nombres elegidos en el escenario  neoyorkino gocen de mayor aparato mediático.

    Así como anteriormente hemos lamentado y reprochado sustituciones de baja calidad sobre los repartos inicialmente previstos que parecían no corresponderse con el elevado precio que paga el socio por sus localidades (aunque haya circunstancias en las que el margen de maniobra es mínimo) en esta ocasión debemos descubrirnos ante la solución propuesta tras la cancelación de la inicialmente prevista Aleksandra Kurzak. De hecho, en nuestra opinión, el error estaba en el reparto inicial, mejorando notablemente el sustituto al sustituido.

 

   Vuelve a presentarse sobre un escenario (con alguna que otra modificación) la producción de Amigos de la Ópera de A Coruña con dirección escénica de Alfonso Romero que ya se estrenara allí en agosto de 2009 contando precisamente con Albelo como Arturo y con Desirée Rancatore como Elvira en unas funciones especialmente mágicas que han quedado grabadas en la memoria de muchos aficionados. La propuesta de Romero ofrece una transposición temporal de la obra hasta la Primera Guerra Mundial, con la que el director busca un acercamiento emocional al espectador y un mayor impacto dramático de los personajes acentuando la cercanía de los mismos al horror de la guerra, especialmente en lo que a Elvira se refiere, quien vive el día a día de la sinrazón de la masacre y la destrucción como enfermera de campaña hasta tal punto que su amor incondicional hacia Arturo es el único y frágil hilo que dota de sentido a su realidad y que la separa de la locura y la desesperación. Es indudable que Romero cuida con detalle el trabajo escénico, actoral y gestual de los solistas aunque con un diseño dinámico de las masas corales que termina por convertirse en demasiado previsible y repetitivo.

   En una obra que en tantas ocasiones se nos ha presentado con un estatismo exasperante y cuasi cómico se agradece sin duda la intensidad que Romero consigue infundir en escenas tan notorias como el “A te o cara”, que ya no se convierte en un mero vehículo de exhibición canora sino también en un sobrecogedor reencuentro. La resolución en dos niveles que se utiliza para el dúo Elvira/Giorgio resulta eficaz aunque está ya demasiado vista (sin ir más lejos recuerda en exceso a la Forza verdiana presenciada hace unos meses) y la iluminación de Eduardo Bravo durante el primer acto, que recrea el amanecer, aunque bien lograda termina por resultar anodina por su inmovilismo y falta de evolución. El rincón en el que Elvira se refugia y huye del mundo que la rodea consiste en un elemento escenográfico en forma de escalera de caracol a ninguna parte que, cuanto menos, resulta bastante incómoda para la solista que la recorre en varias ocasiones.

    Apenas acallados los ecos del gran éxito de Elena Mosuc como Gilda en las funciones de Rigoletto del pasado mes de octubre hemos podido volver a disfrutar sobre el mismo escenario de su magisterio vocal. La solvencia de Mosuc en este repertorio es incuestionable. Poseedora de un instrumento aterciopelado y homogéneo de dimensión lírica y notable proyección es capaz de dotar de significado dramático a cada frase, a cada palabra, y ello de forma totalmente ajena a la estridencia vocal. La soprano denota una sólida formación belcantista y una obsesión por la pureza en la emisión del sonido, siempre sul fiato, con un dominio excelso de los mecanismos reguladores de la intensidad del aire lo que le permite abarrotar su discurso de sorprendentes messe di voce, pianissimi, filados y sonidos flotados que prueban su extraordinaria capacidad técnica. La Mosuc salió indemne de todos y cada uno de los riesgos que afrontó, que fueron muchos. Ni un amago de rotura ni de quiebro en unos diminuendi que parecían no tener fin, siendo capaz de hacer regulaciones sobre notas trinadas y con variaciones en su cabaletta “Vien diletto” de inmejorable gusto y soberbia resolución. Sobrada de medios se permitió incluso cerrar el primer acto con un impactante fa sobreagudo.

 

   Celso Albelo no ha frecuentado en exceso el temible rol de Arturo desde que lo debutara en Bolonia en enero de 2009 alternándose en cartel con Juan Diego Flórez. La vocalidad del Albelo que retoma este papel ha indudablemente evolucionado en estos cinco años, con un instrumento más robusto, más sólido y de mayor madurez interpretativa que parece vislumbrar en un futuro no muy lejano nuevos retos en un repertorio más lírico. En términos de volumen no es para nada un tenorino y su registro agudo emerge desde el si bemol con una intensidad superior a la de otros colegas como el mismo Flórez o John Osborn además de contar con notas graves de mayor consistencia. La prestación de Albelo debe calificarse de sobresaliente a pesar de que la exigencia del rol y el cansancio acumulado por un tercer acto temible evidenciaran algún ascenso de menor frescura a las notas más exigentes del “Credeasi misera” o del “Vieni fra queste braccia”. No obstante Albelo está en posesión de un re natural perfectamente colocado que ha crecido en volumen y expansión tímbrica como pudo demostrarlo en la nota final con la que junto a la Mosuc coronó los últimos compases de la obra aunque quizás el instrumento del canario precisa de una mayor preparación a la hora de intercalar esas notas agudas. El “A te o cara” resultó magistralmente cantado con un do sostenido amplísimo y timbrado así como de gran intensidad su dúo posterior con Enrichetta y el duelo con Riccardo.

   Debutaba en Bilbao el joven barítono italiano Gabriele Viviani quien vuelve a sus inicios con una nueva incursión en el repertorio belcantista tras ser compositores como Verdi o Puccini los que pueblan mayoritariamente su agenda. Precisamente Viviani compartió escenario con Albelo en aquéllas funciones de Bolonia e incluso en la última ocasión en la que el tinerfeño interpretó a Arturo, en Salerno, hace tres años. Si tuviéramos que destacar una cualidad de este artista probablemente sea la pastosidad y suntuosidad de su instrumento en el que prevalece el terciopelo sobre el metal, la redondez de la emisión sobre los sonidos con mordiente y punta, todo ello acompañado de unos modos canoros de óptima escuela, con una dicción incisiva y un más que resuelto sentido del legato. En el debe surge un registro grave en exceso débil, cierta monotonía interpretativa y una zona aguda demasiado castigada para su edad, resuelta a base de empuje y que a punto estuvo de darle algún susto.

    El menorquín Simón Orfila, a pesar de su juventud, puede sentirse orgulloso de su ya extensísima carrera y de haber construido ésta paso a paso midiendo muy bien los riesgos. Muchos ponían en duda su clasificación vocal como bajo al inicio de su carrera (incluso algunos siguen haciéndolo) aunque el paso de los años ha situado a Orfila en un envidiable momento de forma, con una desenvoltura en las notas inferiores del pentagrama que para sí querrían voces más oscuras. No debemos olvidarnos que una de las figuras ya históricas de la ópera como es Samuel Ramey ha desarrollado una carrera que guarda no pocas similitudes con la de Orfila tanto en lo referente al repertorio inicialmente escogido como en cuanto a gozar de una amplia extensión vocal con un color baritonal en sus inicios. Orfila alcanzó su mejor momento en el fragmento “Suoni la tromba” donde prácticamente eclipsó al Riccardo de Viviani a base de decibelios. Ya antes había ofrecido un “Cinta di fiori” modélico por musicalidad y matices, coloreando el instrumento y terminando en una eficaz media voz. Más frío estuvo en el dúo con Elvira del primer acto donde se apreciaron sonidos más duros y algo más retrasados de posición, especialmente en las vocales “e” así como en la “i”.

 

 

   La mezzo Giovanna Lanza defendió con oficio y escuela su cometido como Enrichetta di Francia, haciéndose oír sin excesivas dificultades en todo momento. Sonoro y solvente el Gualtiero del ya veterano, a pesar de su juventud, Fernando Latorre y justo de medios el Bruno del Alberto Núñez, empujando la voz en exceso y con déficit de proyección.

    Especialmente desabrido y carente de empaste sonó el Coro de Ópera de Bilbao, algo a lo que suponemos ha contribuido lo abierto de la producción, la disposición desperdigada sobre el escenario y las dudas y falta de seguridad que se evidenciaban por la fijación visual con la que sus miembros seguían al maestro así como por los no pocos desajustes con el foso. Mal compensados los internos, especialmente de las mujeres, totalmente inaudibles en más de una ocasión.

   El maestro José Miguel Pérez Sierra, al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra, pecó de morosidad y excesivo sosiego durante muchos momentos de su discurso, especialmente en los números corales (notable tedio en el inicio del segundo acto). Faltaron pues ataques más vivos y un mayor dinamismo en páginas como el duelo “Ferma, invan” aunque tampoco se nos escapa la parte de responsabilidad de los propios solistas en el empleo de dichos tiempos ya que en no pocas ocasiones resultó notorio que la verdadera batuta estaba sobre el escenario, lo cual no es en sí negativo, ya que hablamos de belcanto aunque, como comentamos, se hubiera agradecido algo más de chispa y ritmo.

Foto: E. Moreno Esquibel

 

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