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Crítica: Ian Bostridge y Julius Drake en el Ciclo de Lied del CNDM

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20 de febrero de 2015

EL TRIUNFO DEL PIANISTA

Por Silvia Pujalte
16 / 02 / 2015. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXI Ciclo de Lied. Obras de Liszt, Strauss y Schumann. Ian Bostridge y Julius Drake.

   Ian Bostridge y Julius Drake volvían al Teatro de la Zarzuela y lo hacían con un programa que incluía lieder de Liszt, Strauss y Schumann. Si estas obras se hubiesen interpretado en el orden inicialmente previsto los tres lieder de Liszt hubiesen tendido un puente entre Schumann (de quien fue amigo) y Strauss (quien tanto bebió de sus Lieder), pero al cambiarse el orden Liszt se convirtió en telonero de lujo. Además de comprobar que Ian Bostridge y Julius Drake estaban en plena forma tuvo su interés escuchar "el otro" Im Rhein, im heiligen Strome, que más tarde escuchamos la célebre versión de Schumann en Dichterliebe, y uno de los lieder más conocidos de Liszt, el sentimental Es muss ein Wunderbares sein que, confieso, no imaginaba en el repertorio de Bostridge.

   Tras Liszt, Strauss. En la difusión del recital en las redes sociales se había destacado que el tenor iba a interpretar por primera vez lieder de Strauss pero no se daba tanta importancia a la obra elegida para este primer encuentro, nada más y nada menos que Krämerspiegel. Nada más y nada menos por varios motivos. En primer lugar porque es una obra que apenas se escucha en los recitales; por preciosos que sean los pocos lieder de Strauss que se suelen interpretar siempre es estimulante escuchar algo diferente. En segundo lugar porque la obra es una rareza, uno de las escasas muestras de humor del género; Strauss, que apenas escribió ciclos, dedicó éste con toda su mala intención a sus editores, con los que se llevaba entre regular y mal. Y en tercer lugar porque a priori Krämerspiegel parecía encajar perfectamente con la expresividad de Bostridge, como así fue.

   El punto de partida de la obra son los ácidos versos de Alfred Kerr (es muy de agradecer que en el programa de mano Luis Gago completara las traducciones con notas al pie que aclaraban qué editor era el destinatario de cada lindeza). Con esos textos Strauss compuso doce canciones con música tan variada como sorprendente; lo mismo se acerca al cabaret que se pone trágico o envuelve de lirismo los versos más caústicos, con citas a obras tanto propias como ajenas. La línea vocal es a menudo ingrata, con amplios saltos y notas extremas o con exageradas declamaciones que recuerdan los trazos marcados de una caricaturas. Bostridge renunció a su refinamiento habitual cuando hizo falta y echó mano de sus muchos recursos expresivos para componer su mordaz narrador de cuentos al servicio de lo que, en el fondo, es una gamberrada de un señor tan serio como Richard Strauss; buenas muestras fueron, por ejemplo, sus versiones de la segunda canción del ciclo, Einst kam der Bock als Bote, o de la novena, Es war einmal ein Wanze. La interpretación que hizo Bostridge del ciclo fue estupenda y arrancó unas cuantas sonrisas, sonrisas en ocasiones con regusto amargo porque entre puya y puya, según escuchábamos los malos tratos a los que eran sometidos los músicos pensábamos que cien años más tarde las cosas no son tan diferentes (y no me refiero al gremio de editores, con el que no tengo el placer de tratar); el espíritu del Krämerspiegel es, por desgracia, muy actual.

   ¿Y el pianista? Fácil, una palabra basta para describirle: sensacional. Julius Drake estuvo tan bien, pero tanto, que, por decirlo en términos teatrales, le robó la escena a su cantante. No descubriremos a estas alturas su talento ni que es uno de los mejores acompañantes de la actualidad pero el pasado lunes encandiló a los asistentes al recital. Krämerspiegel es un ciclo en el que el piano tiene un peso muy importante, muchas de las canciones tienen largos preludios o postludios y pasajes especialmente complejos que Drake bordó; el diálogo entre voz y piano es siempre fundamental pero en este caso es imprescindible para que los recursos humorísticos funcionen, y fue un diálogo perfecto. Por descontado que fue cosa de dos, no hubiera funcionado tan bien como funcionó de otra manera, pero los cambios de humor dependían a menudo del piano y Drake hizo que las transiciones parecieran fáciles y naturales. Por poner sólo un ejemplo mencionaré la octava canción, Von Händlern wird die Kunst bedroht, con un bellísimo y arrebatador preludio que casi hizo que olvidarnos de los editores, hasta que empezaron a interrumpir (y no sólo a través de la voz) e intentar imponerse a la belleza. Por una vez, el pianista fue el triunfador de la noche, algo nada fácil cuando la interpretación del cantante está a un nivel muy alto.

  En la segunda parte volvimos a la ortodoxia de un recital de lied comme il faut con una exquisitez, Dichterliebe. Con cantantes con la trayectoria de Ian Bostridge y obras con tantas posibles lecturas como el ciclo de Schumann el interés está, sobre todo, en ver cómo nos la acerca. Bostridge optó por no enfatizar la ironía que desprende el ciclo y presentó a un poeta dolido y enfadado; no recuerdo haber escuchado antes un Ich grolle nicht tan rencoroso (¡qué gran canción y cuántos matices permite!), lo mismo que Das ist ein Flöten und Geigen, y en las últimas canciones el poeta de Bostridge se fue ensimismando para acabar con un resignado y triste Die alten, bösen Lieder. Todo esto de nuevo en impecable diálogo con un Julius Drake que continuaba en estado de gracia. Y para acabar dos propinas también de Schumann, Die beiden Grenadieren y Mondnacht, ¿se puede acabar un recital con mejor sabor de boca?

Fotografía: Chris McAndrew

Autor:Sílvia Pujalte
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