Crítica de Álvaro Cabezas del II International String Biennale 2026 de Sevilla
El futuro de la música pasa por Sevilla
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 10-IV-2026. Teatro de Capitanía General en Plaza de España. Orquesta Cervantes (Albacete), L'Intèrpret (Lleida), Camerata Piccolo Violín (Orihuela), Ecole d'Art Musical (París), Studio Forcada (Henley-on-Thames) y Joven Orquesta Barroca (Sevilla). Obras de Bohm, Philips, Telemann, Monti, Butterworth, Bach, Hisaishi, Fibich, Frolov, Hasse y Wartberg.
Resulta verdaderamente reconfortante comprobar cómo, apenas despojada Sevilla de sus túnicas y silencios de Semana Santa, no permite la ciudad que se haga el vacío, sino que emprende una carrera sin fin de eventos culturales, musicales, taurinos y deportivos que constituye a la antigua Híspalis como el mejor destino turístico posible para vivir la primavera española. En plena octava de Pascua, cuando el pulso cultural está plenamente activo (en la misma semana se han celebrado toros, conciertos de la Sinfónica y de la Orquesta Joven de Andalucía), la II International String Biennale 2026 ha emergido como un oasis de excelencia pedagógica y convivencia artística, con unos resultados que entusiasman y esperanzan. Esta iniciativa, que ya sembró una semilla prometedora en su edición inaugural de 2024, se consolida ahora bajo el amparo de la Asociación PupitreLab como un encuentro de referencia internacional, uniendo a más de ciento cincuenta jóvenes de entre diez y dieciocho años en un ejercicio de fraternidad que trasciende fronteras. No se trata únicamente de una sucesión de conciertos, sino de una auténtica declaración de intenciones: un foro donde el progreso técnico se da la mano con el desarrollo humano.
Al observar a estos músicos –procedentes de rincones tan diversos como el Studio Forcada del Reino Unido, la Ecole d'Art Musical de París, o agrupaciones nacionales de la talla de la Joven Orquesta Barroca de Sevilla, L'Intèrpret de Lleida o la Camerata Piccolo Violín de Orihuela–, uno comprende que la música de cuerda es aquí el lenguaje común de una Europa que se reconoce en su patrimonio musical. Bajo la dirección de una figura de la solvencia de Claudio Forcada, la Biennale articula un programa que es, a un tiempo, exigente en lo artístico y generoso en lo social y, sobre todo, muy emocionante a la hora de evaluar unos resultados desplegados por niños y adolescentes –algunos llamativamente pequeños–, que son capaces de, sobreponiéndose a las esclavitudes de su edad, centrarse en interpretar música con seriedad y dedicación. Durante estos días de convivencia, trabajo y estudio intensivo en sedes de una carga histórica abrumadora –que también extienden su propio discurso histórico-artístico–, estos chicos no sólo pulen su técnica o preparan los resultados que tuvimos la suerte de presenciar en el Teatro de Capitanía General, sino que además están, en realidad, construyendo una red de afectos y valores que asegura el futuro de nuestra cultura. Es, en esencia, un regalo para la ciudad ver cómo estos jóvenes intérpretes entienden la música como una herramienta de transformación social, a pesar de las modas que nos atenazan.
Tras las palabras de bienvenida de Rocío Reyes Rodríguez, directora general de ACCEPTUS y de Amparo Graciani García, presidenta de la Asociación Victorias Aladas, comenzaron a desfilar los grupos, cada uno con sus maestros y repertorio particulares. Primero la Orquesta Cervantes de Albacete, muy numerosa y dividida en dos grupos. Tirando de ritmo, supuso un buen inicio la Sarabande de Bohm (que incluyó una parte cantada) y la Danza española de Philips, que contuvo castañuelas y percusión de reminiscencias manchegas. L'Intèrpret de Lleida fue el único conjunto que, en vez de extractos, se atrevió con una obra completa, como fue el Concierto para cuatro violines en sol mayor, TWV 40:201 de Telemann. La Camerata Piccolo Violín de Orihuela puso el momento entrañable de la tarde, primero porque incluía a los que quizá eran los más pequeños de todos los integrantes de la Biennale y, también, porque interpretaron, seguramente pensando en ellos piezas tan tiernas como Sh! Sh! de Butterworth, aunque también hubo momentos para la intensidad con el poema El niño yunquero de Miguel Hernández musicalizado. La Ecole d'Art Musical de París empezó con una pieza divertida –La pequeña bruja de Hisaishi–, y luego se metió en la arena con el primer movimiento del concierto para dos violines en re menor de Bach. Studio Forcada, proveniente de la localidad Henley-on-Thames de Oxfordshire interpretó el Poema de Fibich y el Divertimento de Frolov. Para concluir, la Joven Orquesta Barroca de Sevilla interpretó los dos primeros movimientos de la Sinfonía en sol menor de Hasse y demostró un nivel de empaste y formas interpretativas históricas llamativamente aseadas y esperanzadoras con respecto al futuro que tiene por delante la formación sevillana en el universo de la música antigua. El colofón final constó de tres partes. Con todos los integrantes de los grupos sobre el escenario, se tocó la Canción de los ángeles de Wartberg primero, luego el himno de Andalucía –que contó con la voz de la histórica cantante de flamenco María José Santiago–, y, por último, con el de España, solemne, rotundo y empastado.
Más allá del protocolo y la solemnidad finales, lo que queda de esta cita en Capitanía es el valor del trabajo bien hecho. En una semana donde Sevilla se muestra al mundo como nunca en el año, ver a estos jóvenes de media Europa convivir, ensayar y hacerse un hueco en el panorama cultural con esa seriedad es el mejor síntoma de que la pedagogía musical goza de buena salud. Eso y el esfuerzo de profesores y familias por dar respuesta y desarrollo a los dones con los que han sido agraciados sus hijos. La iniciativa de PupitreLab no sólo nos ha regalado un puñado de conciertos gratuitos en espacios privilegiados, sino que ha demostrado que, cuando se les da el soporte adecuado, los músicos más jóvenes responden con una madurez que ya quisieran para sí algunos profesionales. Al final, entre el frío del arco y el calor del aplauso, Sevilla se despide de esta Biennale con la tranquilidad de saber que hay cantera, que hay ganas y, sobre todo, que hay música para rato.
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