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Crítica: «Il signor Bruschino» en el Festival Rossini de Pésaro

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Autor: Raúl Chamorro Mena
20 de agosto de 2021
Il signor Bruschino en Pésaro

¡De nuevo en Italia!

Por Raúl Chamorro Mena
Pesaro, 18-VIII-2021. Rossini Opera Festival. Teatro Rossini. Il signor Bruschino ovvero il figlio per azzardo. (Gioachino Rossini). Marina Monzó (Sofia) Giorgio Caoduro (Don Gaudenzio), Pietro Spagnoli (Bruschino padre), Jack Swanson (Florville), Gianluca Margheri (Filiberto), Manuel Amati (Bruschino hijo), Chiara Tirotta (Marianna), Enrico Iviglia (Commissario). Filarmonica Gioachino Rossini. Director musical: Michele Spotti. Dirección de escena: Barbe & Doucet.

   Emocionante vuelta a Italia después de este período pandémico y gran alegría por regresar a Pesaro, luminosa, encantadora como siempre, con ese azul del cielo y del mar Adriático, que pugnan por la hegemonía en la espléndida paleta de colores de la ciudad que vió nacer a Gioachino Rossini. Por supuesto que las medidas anti covid se mantienen con la obligatoriedad de mascarilla y exigencia de presentar el Green pass o pasaporte Covid para entrar en el teatro o en cualquier recinto interior. La verdad es que, acostumbrado a un Teatro Real y demás coliseos de ópera españoles instalados prácticamente en la casi normalidad hace meses, me sorprendió ver un Teatro Rossini con la orquesta situada en el patio de butacas y con una gran separación entre músicos junto a la ocupación de apenas un tercio de su aforo.

   Il signor Bruschino es una de las cinco farsas que un jovencísimo Rossini escribió para el Teatro San Moisés de Venecia, recinto especializado en este tipo de obras en una ciudad en que florecieron particularmente. La farsa se caracterizaba por su corta duración, trama sencilla, escenario único, ausencia de coro, orquestación ligera y pocos personajes, entre los cuales eran obligatorias la pareja de enamorados y el dúo de buffos. Uno noble o cantante y el buffo caricato o parlante. Sorprende hoy día el fracaso absoluto de su estreno el 27 de enero de 1813 - la obra se retiró después de una única representación- pues estamos ante una deliciosa creación de genuina comicidad, que discurre ágil y siempre con la elegancia y refinamiento marcas irrenunciables del cisne de Pesaro. Además hay que señalar elementos tan originales como el efecto contenido en la obertura en la que los segundos violines han de golpear rítmicamente el atril con los arcos o el dúo entre Sofia y Don Gaudenzio cuando este último, el veterano con larga vida a sus espaldas, confirma a la candorosa muchacha, que los síntomas que ella le expresa son inequívocamente los propios de una mujer enamorada.

   La puesta en escena que firma Barbe & Doucet cambia el castillo del libreto por una barcaza - que se llama «il mio Castello» , eso sí- amarrada en el muelle. Si no fuera por la radiante iluminación podría decirse que estábamos presenciando un montaje de Il Tabarro de Giacomo Puccini. Más allá de tal circunstancia o del hecho de que Don Gaudenzio parezca Michele o el Jorge de Marina, y que el decorado resulta agradable a la vista, el cambio no aporta nada ni se detecta idea alguna. Asimismo, faltó algo de chispa y dinamismo a una dirección de actores poco más que eficaz y que sirvió para seguir adecuadamente la obra, pero que no potenció su comicidad. 

   La experiencia de tantos años en papeles cómicos, especialmente rossinianos, fue el mejor aliado de Pietro Spagnoli y le permitió completar una buena creación de papá Bruschino, que ve, atribulado, cómo le endosan como hijo a quien no conoce de nada. Spagnoli sacó todo el jugo a su frase cliché, típica en las farsas, «Uh, che caldo!» («Oh, qué sofoco!»), confirió intención a sus recitativos y con ello compensó sus irregularidades vocales y algunos sonidos ingratos de escuchar. Por su parte, Giorgio Caoduro apechugó de comienzo con su complicada aria, propia de buffo noble, «Nel teatro del gran mondo» a la que prestó presencia sonora, además de sacar adelante la intrincada agilidad de la pieza. Sin embargo, fue un Don Gaudenzio el de Caoduro, al que sobraron demasiadas durezas y desigualdades, faltándole nobleza y finura estilística. La soprano española Marina Monzó, de asentada trayectoria en la Academia Rossiniana de Pesaro, resultó ideal tanto vocal como escénicamente para el papel de Sofia, pues acreditó timbre fresco y juvenil, un tanto impersonal bien es veedad, ligereza, agilidad y desenvoltura en la zona alta. Fraseó con gusto su gran aria con hermoso y exigente estilísticamente, oboe obbligato «Ah, donate il caro sposo», resolviendo bien la agilidad, aunque a las notas sobreagudas les faltó algo de expansión y mordiente. En escena, la Monzó fue una protagonista juvenil, enamorada incondicional y candorosa, pero ayuna de un punto de picardía, tan importante en este repertorio cómico. El tenor Jack Swanson mostró buenas intenciones en su canto como Fiorville, pero está técnicamente muy verde. Asimismo, su personaje se diluye despues de sus intervenciones iniciales. Discreta la Marianna de Chiara Tirotta. Sin embargo, noté a Gianluca Margheri más centrado que en anteriores intervenciones en el Festival. Se hizo oir en lo vocal y dotó de relieve escénico y comicidad sin excesos a Filiberto. Cumplieron Manuel Amati y Enrico Iviglia en sus cortos papeles. Dirección en estilo, elegante y con la suficiente chispa por parte de Michele Spotti al frente de la Filarmonica Giaochino Rossini, que dadas las distancias entre músicos, no sonó empastada en ningún momento.

Foto: Festival Rossini de Pésaro

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