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Crítica: Iván Martín y la Orquesta de Córdoba cierran el Festival de Piano Rafael Orozco

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Autor: José Antonio Cantón
29 de noviembre de 2021

Concierto de clausura del Festival de Piano «Rafael Orozco» de Córdoba con el pianita Iván Martín y la Orquesta de Córdoba bajo la dirección de Andrés Salado

Iván Martín

Resolutivo Chopin de Iván Martín

Por José Antonio Cantón
Córdoba, 25-XI-2021. Gran Teatro de Córdoba. Orquesta de Córdoba [OC]. XIX Festival de Piano Rafael Orozco. Solista; Iván Martín (piano). Director: Andrés Salado. Obras de Frédéric Chopin, Marcos Fernández-Barrero y Gharles Gounod.

   Como viene siendo habitual en las últimas temporadas, la Orquesta de Córdoba [OC] dedica uno de sus conciertos a la clausura del Festival de Piano ‘Rafael Orozco’. Para tal evento ha contado con la intervención del pianista palmense Iván Martín, que ha interpretado una de las obras concertantes más atractivas del periodo romántico como es el Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa menor, Op. 21 de Chopin bajo la dirección del maestro madrileño Andrés Salado, invitado para esta ocasión.

  La primera obra del programa, Nocturno sinfónico del compositor barcelonés Marcos Fernández-Barrero venía precedida de cierta curiosidad ya que resultó ganadora de la IX Edición del Premio de Composición de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas fallado el año 2017, teniendo una destaca aceptación del público desde que se estrenara en Santiago de Compostela en marzo de 2019. En sus aproximados doce minutos de duración, el compositor refleja el mundo onírico con una especie de balanceo ondulante de sonidos que en su escucha generan una sensación de fascinante y flotante levedad. Esta intención fue acertadamente entendida por el director, transmitiéndola a la orquesta con fluido gesto en detalles de marcación y dinámica, que iban revelando la «licuescente» sonoridad que contienen sus pentagramas.

   La seguridad técnica y la fiabilidad artística del pianista canario Iván Martín se manifestaron con gran prestancia en la interpretación de la música de Frédéric Chopin. Su preponderancia sobre la orquesta fue manifiesta desde el primer momento en un constante pulso del que siempre sobresalía como decisivo elemento dialogante, demostrando una intuitiva adaptación al acompañante discurso de la formación instrumental con claro y permanente virtuosismo. Esa fue la principal cualidad que exhibió en el primer movimiento de la obra, para hacer suyo el carácter recitado del segundo con un gran sentido poético que fue muy bien contrastado con una vehemencia expresiva  bien controlada en su episodio central, en el que Andrés Salado sacó mejor resultado de los tremolantes músicos, generando un dramatismo más acorde con el apasionamiento que surgía del piano. Hay que valorar este pasaje como lo más significativo de la interpretación, al quedar el espíritu del autor reflejado en su singular creatividad.

   El Allegro vivace final fue llevado a esa dinámica folclórica que determina la alegría que Chopin quiere transmitir en sus notas, destacando la tensión creciente dada a su final implementada por una determinante capacidad de articular y ornamentar del pianista desarrollada con manifiesta limpieza en los exigentes límites de ritmo de mazurca, que en su avance muta a una cada vez mayor dificultad de mecanismo. En su final quedó de manifiesto la unión de técnica y estética de la que hace gala Iván Martín, demostrando en el teclado un fino sentido polifónico de orquestal enfoque. Fue el movimiento en el que ambos elementos concertantes funcionaron mejor en equiparable grado de realce expresivo junto al ya mencionado pasaje central del segundo tiempo. Quedaba por disfrutar una impecable interpretación de la Sonata en si menor, K 27/L 449 de Domenico Scarlatti que el pianista ofreció como bis después de su actuación. El sentido hispano que imprimió al aire de danza y zapateado que contiene prevaleció en su exposición con enorme gusto y manifiesta gracia. Sin duda, fue el momento más elocuente de la velada.

   Ésta terminó con una lectura de la Segunda Sinfonía en mi bemol mayor de Charles Gounod en la que el maestro Salado se adaptó a sus referentes alemanes, Mendelssohn, Schumann y, cómo no, Beethoven, que se percibe casi plagiado en el primer movimiento. En el segundo y por su gestualidad, trató de contrastar sus dos motivos temáticos sin especial distinción por parte de la orquesta, que no fue más allá de un correcto y profesional repaso. Hubo mayor intensidad expresiva en el tercero, un scherzo marcado con mayor alegría y determinación, y que fue mejor contrastado en la serenidad que desprende su trío central en el que la sección de madera destacó del resto. La ligereza determinó el sentido que quiso dar el maestro al último movimiento, establecido explícitamente así en la partitura por el autor, apareciendo algún reflejo de sonoridad francesa tan echado en falta en la inspiración demasiado teutónica de esta sinfonía. Y es que no se puede cambiar ni mejorar el resultado estético mucho más de la intención de Gounod al desear definirse con estos postulados venidos de más allá del Rin.

Foto: Paco Casado

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