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Crítica: Jaime Martín y Behzod Abduraimov con la Sinfónica y Coro de RTVE

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Autor: Óscar del Saz
24 de enero de 2022

Jaime Martín y el pianista Behzod Abduraimov visitan la temporada de la Sinfónica y Coro de RTVE con obras de Brahms, Boulangery Rajmáninov

Jaime Martín

La asombrosa ubicuidad de Jaime Martín

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 21-I-2022. Teatro Monumental. Ecos de la Belle Époque – Las sinfonías de Brahms. Obras de Lili Boulanger (1893-1918), Sergei Rachmaninov (1873-1943) y Johannes Brahms (1833-1897). Behzod Abduraimov (piano). Orquesta Sinfónica y Coro RTVE. Marco Antonio García de Paz, director del Coro de RTVE. Jaime Martín, director.

   Afortunadamente para nosotros, hay conciertos en los que el polo de atracción es múltiple. Es el caso del que nos ocupa, pues teníamos interés en ver en acción de nuevo a Jaime Martín (1965), flamante principal director invitado de la Orquesta y Coro Nacionales de España [OCNE] para la temporada 22-23, dirigiendo una sinfonía tan emblemática como la Segunda de Brahms. Aunque la próxima temporada de la OCNE todavía es una incógnita, imaginamos que guardará para Jaime Martín un repertorio a su altura, como lo fue en septiembre pasado dirigiendo en esta orquesta Schumann (Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54) y Dvorak (Sexta sinfonía). 

   Aunque no lleva mucho tiempo dirigiendo (debutó en estas lides en 2008), su momento como director ha explotado y ese tiempo se corresponde con la actualidad. Es difícil imaginar la gran actividad y la agenda que habrá de tener este director cántabro, que ostenta los cargos de director titular de la Melbourne Symphony Orchestra, director musical de Los Angeles Chamber Orchestra, director titular de la RTE National Symphony Orchestra de Irlanda, director artístico y titular de la Gävle Symphony Orchestra y asesor artístico del Santander International Festival. Sus próximos compromisos en España serán con la Sinfónica de Castilla y León y con la Sinfónica del Principado de Asturias, ambos en febrero próximo. 

   La dificultad de la Segunda de Brahms radica, a nuestro entender, en sacar todo el jugo posible al segundo movimiento -Adagio non troppo-, y diferenciarlo del resto -dos allegros y un allegreto con distinto apellido en los tempi-, de modo que se consiga que este movimiento tenga una distinción propia, y no se convierta la interpretación de la sinfonía completa en un continuo anodino, aunque sí equilibrado. Y así fue, ya que debido al estupendo solista de trompa, que introduce un soporte penumbroso, los meritorios unísonos de cellos -con certeros frotamientos de arco-, y una cuerda estupendamente preparada por el maestro, empastadísima, se consiguió un movimiento muy redondo. 

   El primer movimiento sonó diáfano, transparentando todas las secciones, y nos removió anímicamente el denuedo en las dinámicas y en los matices, marcados en el gesto por Martín con ese «a veces menos, es más», no haciendo falta la hiperactividad corporal para marcar la dirección adecuada hacia la que debe caminar el movimiento, que no es otra que conseguir evocar la belleza presente en los Alpes Suizos (de ahí, su sobrenombre de Pastoral), encuadrada en una visión auténticamente romántica, donde belleza, tristeza o desesperanza pueden ir unidos.  

   El Allegretto grazioso, basado en una bella y elegante danza, se abre con el oboe discurriendo, en la versión de Martín, de forma muy fluida y contemporizada con la siguiente sección, que es mucho más animada. El mérito para llevar a buen término esta sinfonía también consistió en conseguir el desenfado y el donaire adecuados en este movimiento, sin caer en el recargo heroico en el último -Allegro con Spirito-, pero sí demostrando un brío y una precisión muy bien construidos por el maestro Jaime Martín, que se empleó a fondo en toda la obra -y entendemos que, sobre todo, en los ensayos- para conseguir un resultado muy brillante. Verdad es que en algún momento debió recatar los fortes de la orquesta (parece ser éste el eterno «problema» de las orquestas españolas). Su interpretación fue muy bien recibida por el público. 

   El segundo polo de atracción fue disfrutar del joven -pero con la carrera muy encauzada y firme- pianista uzbeko Behzod Abduraimov (1990), enfrentándose a una obra bastante habitual en las salas de concierto, como es la Rapsodia sobre un tema de Paganini para piano y orquesta, op. 43., basada en el último de los 24 caprichos para solo de violín que escribiera el virtuoso músico genovés. Lo curioso de la obra es que Rachmaninov también eligiera 24 variaciones para componer una obra sin solución de continuidad entre cada variación. 

   Nos encontramos ante un gran intérprete que no encontró dificultad alguna en ejecutar de forma admirable todos los vericuetos de esta partitura que alterna momentos en los cuales el instrumento se integra con la orquesta pero en otros se convierte en solista absoluto. Salvo en los momentos iniciales, donde director y solista se buscaron para alcanzar la perfecta concertación, el entendimiento fue perfecto y pudimos disfrutar de intervenciones rítmicas muy bien dibujadas por percusión y piano, secciones de virtuosismo en la digitación por parte de Abduraimov, sin olvidar momentos de melancólica expresividad -con maestría en el legato-, y un final vibrantísimo como colofón a una gran interpretación. Abduraimov consiguió un notable éxito, teniendo que salir a saludar, al menos, en cuatro ocasiones.

   Por último, y como tercer polo de atracción, aunque fue la primera obra del concierto, disfrutamos de la sensible elegancia de la obra titulada Ils m’ont assez opprimé dès ma jeunesse [Me oprimieron bastante desde mi juventud], Salmo 129, para coro y orquesta, de la compositora parisina Lili Boulanger, obra fuertemente influenciada por Fauré -amigo de la familia-, aunque también por Debussy y Massenet, que puede servir como síntesis -y también parábola- de la corta vida de la compositora, acuciada permanentemente por la enfermedad, pero ante la que nunca se rindió. 

   El Coro de RTVE, preparado por su director Marco Antonio García de Paz, y con aproximadamente 43 componentes, realizó una potente versión focalizada en expresar adecuadamente, musical y textualmente, la resiliencia del que sufre -término tan de moda en nuestros días, desafortunadamente-, mediante un muy expresivo y legatísimo canto, un muy bien empastado lamento de las cuerdas de hombres -predominantemente barítonos-, que se integra con una orquesta profusa en mallas sonoras de violines, metales y timbales. El final de la obra tiende hacia la mayor luminosidad de la esperanza, no ausente de misterio, apoyada por un efectivo ‘vocalise’ de las voces femeninas como soporte de las masculinas, conjunto que transmitió de forma muy efectiva, el triunfo del individuo ante la adversidad.

   Entendemos el merecido éxito que está alcanzando Jaime Martín, en este concierto y a nivel internacional, sin duda por sus cualidades de gran músico -en sentido amplio-, que se ha tomado muy en serio desde hace años la dirección de orquesta, y que entiende ha llegado el momento de explotar todo ese talento y rentabilizarlo y divulgarlo, de forma casi ubicua, en todos esos lugares distantes que hemos mencionado al principio. Desde aquí, le damos la enhorabuena por todos esos importantes hitos conseguidos.

Foto: Chris Dunlop

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