Crítica de Álvaro Cabezas del recital de Jakub Jósef Orliński en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Poca música, pero mucho espectáculo
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 15-4-2026. Michał Biel (piano) y Jakub Jósef Orliński (contratenor). Programa: "Voi che udite" y "Coronato il crin d'alloro" de Agrippina, "Un Zeffiro spiro" de Rodelinda, "Siam prossimi al porto" de Rinaldo y "Furibondo spira il vento" de Partenope de Georg Friedrich Haendel; Cuatro sonetos de amor de Tadeusz Baird; "Sweeter than roses", "What power art thou" de King Arthur, "If music be the food of love" y "O, lead me" de Bonduca de Henry Purcell; "Idzie na pola", "Smutną jest dusza moja", "Skąd pierwsze gwiazdy", "Po szerokim morzu", "Mów do mnie jeszcze", "Rdzawe liście" y "Czasem gdy długo" de Mieczysław Karłowicz.
Repasando la crítica que escribí para CODALARIO el 3 de abril de 2023 sobre la última visita del contratenor Jakub Jósef Orliński al Teatro de la Maestranza (en esa ocasión acompañado por Il Giardino d'Amore en el marco de la XL edición del Festival de Música Antigua de Sevilla), he encontrado bastantes puntos de encuentro entre las sensaciones que me produjo entonces y las que experimenté el pasado miércoles. Por ello he decidido titular esta crítica de forma muy similar y reproducir un extracto de la misma, que puede muy bien aplicarse a esta comparecencia en la que el cantante sólo estuvo acompañado por el pianista Michał Biel en el que constituía el inicio de su gira europea por los escenarios de Toulouse, Burdeos y Viena: "...el fenómeno fan que trae el intérprete consigo, que consigue congregar un público ávido y hambriento de este tipo de estrellas que son más bien meteoritos que deslumbran durante muy poco tiempo y de los que se teme perder el reflejo de luz desprendida. Uno asiste a este tipo de espectáculo siempre a la expectativa, porque nada está escrito ni totalmente determinado, donde siempre cabe la sorpresa y la admiración, también la imprevisibilidad, pero donde casi nunca hay hueco para la emoción y mucho menos para la reflexión intelectual. Siempre parece flotar en el ambiente una expectación nerviosa, como si de un espectáculo de circo se tratara y hay quien se pregunta si el contratenor dará todas las notas y conseguirá desplegar toda su coloratura, pero nunca parece existir un debate sobre el contexto de comprensión de estas obras".
Aunque, como he apuntado más arriba, este concierto no se presentaba como espectacular –el escenario vacío de aditamentos, el acompañamiento elegante del teclado y la sobriedad con la que apareció Orliński, incluso parte del programa elegido (compositores polacos y perfectamente desconocidos como Tadeusz Baird y Mieczysław Karłowicz) hacían pensar en ello–, nada más aparecer el cantante ya se puso de manifiesto el cariño de sus partidarios por el rumor provocado sin haberse emitido aún ni una sola nota, algo que me hizo pensar que, si acaso, Orliński haya heredado parte de los seguidores itinerantes de una Gruberova o de una Bartoli y que, probablemente, haya reclutado nuevos públicos muy jóvenes y entusiastas que parecen acercarse a la música sólo o por primera vez ¡a través del Barroco!, en vez de, como sucedía antaño, gracias al clasicismo o al romanticismo. Que exista ese fenómeno es gracias a la expansión de los conjuntos historicistas, a los festivales temáticos de música antigua y, por supuesto, al interés que suscitan intérpretes como Orliński. Pero, como es natural, no se puede pedir a ese tipo de público ninguna actitud crítica hacia la música desplegada por su cantante, haga lo que haga este, ni siquiera puede planteársele ninguna consideración objetora sin que alguno responda con malas caras y exagerada defensa de su ilusión particular. Es totalmente cierto que el arte necesita de cierta dosis de histerismo para probar su verdad y esto lo hubo con Orliński a raudales. Sin embargo, la emoción o la meditación estética brillaron por su ausencia.
Me explicaré con ejemplos, empezando por el análisis de su voz. En las alocuciones que el cantante hizo entre aria y aria se pudo comprobar que es –además de un consumado actor que capta inmediatamente la atención y lleva, corporalmente, la música al auditorio con su posmoderna gestualidad (corazones sobre el pecho, paso de break dance, sonrisas y lanzamiento de besos)–, un perfecto baritenor, ya que posee una voz hablada de barítono, con una oscuridad natural que hace cuestionar si no habría sido esa su tesitura lógica antes de optar por el falsete. Eso también se percibió en determinadas arias: los graves estaban mejor colocados que los agudos, donde no siempre controlaba ni el vibrato ni la emisión de manera limpia. El falsete se mostraba artificial y nada bello, aproximándose más al sonido de una mezzosoprano de agilidad, requerida para papeles de gran dificultad como el de Angelina en La Cenerentola, la marquesa Melibea de Il viaggio a Reims o la Rosina de Il barbiere di Siviglia –todas de Rossini–, que a ninguna otra cosa. Por ello, resulta problemático escuchar así partes de Purcell, Haendel o las canciones de Baird y Karłowicz, quienes no escribieron para contratenor. Al forzar estas obras en una emisión de falsete, se produce un falseamiento de la fuente original: la trasposición de las piezas no es sólo una cuestión de altura, sino una pérdida de la verdad tímbrica que hace que el recital carezca de sinceridad artística. Por tanto, ¿qué nos estaba dando Orliński con una actuación como esta, tan contradictoria y falta de honestidad estética? Posiblemente una mera excusa para exhibir su histrionismo, capacidad actoral y versatilidad canora, contentar a sus fans y hacer caja.
Analizando ahora las piezas interpretadas quizá se deba reparar antes en la de los compositores polacos, que Orliński trajo con cierta reivindicación propia. Sin embargo, las canciones de Baird eran confusas, poco trascendentes y parecían acabar inconclusas. Algo más redondas sonaron las de Karłowicz, más cortas y efectivas. Las canciones y arias de Purcell trajeron cierto frío a la sala, pero fueron perfectamente prescindibles, excepto la impactante "What power art thou" de la ópera King Arthur: una gradación pianística llena de misterio sobre la que el cantante parecía gemir entre escalofríos cercanos a la muerte. Esto provocó una importante reacción del público antes del descanso.
Con respecto a las piezas de Haendel, Orliński inició el recital con la melancólica y un tanto oscura "Voi che udite" de Agrippina. El resto sonaron más o menos igual todas, incluso parecían imbuidas de cierto automatismo, como si de un ejercicio profesoral se tratara, además de que "Furibondo spira il vento" de Partenope ya la había cantado en su concierto de tres años atrás. Donde sí hubo cierta heroicidad y gusto fue en la titulada "Coronato il crin d'alloro" de Agrippina, donde el cantante pudo recrear el ambiente áulico, los afectos y el carácter más bien triunfal de cierto tipo de Barroco.
Como era de esperar, la fiesta continuó con las propinas, algunas especialmente deseadas por el público como "Ombra mai fu" de Serse de Haendel, que creó primero un revuelo y luego una explosiva ovación que se coronó con palmas por sevillanas que parecieron encandilar a Orliński que, más afectado en la voz de la cuenta a esas alturas, volvió a Purcell con "Music for a while" y "Strike the viol". Y, aunque no cantó lo que todo el mundo apetecía en el teatro –la icónica "Lascia ch'io pianga" del Rinaldo haendeliano–, Orliński culminó su actuación en Sevilla de la mejor manera posible, por inesperada, cautivadora e inolvidable. No deja de asombrar que un cantante que provoca tanto aprecio, pero también que resulta tan cargante y hasta insoportable por momentos para los no fans, nos legara un momento intenso, mágico y maravilloso como el del tema principal de La princesa Mononoke de Joe Hisaishi. El contratenor lo emitió con dulzura y encanto, casi a media voz, matizando más que otras veces, compartiendo así con nosotros la alegría por un nuevo descubrimiento musical que aún le ilusiona. Es posible que en un mundo programado con tanta antelación como el de la música clásica de los grandes circuitos, Orliński, a pesar de haber abandonado hace poco la juventud, se muestre ya algo viejo y ajado en lo vocal, hastiado de cantar siempre lo mismo, aquello por lo que se hizo viral y que el público espera y demanda. Por eso, en programas como estos en los que introdujo música polaca de los siglos XIX y XX o que quisiera despedirse con una japonaiserie como la de Hisaishi, demuestra que aún tiene cuerda para rato y hasta ilusión por seguir adelante en ese proceloso mundo en el que, fuera del personaje que se ha creado, debe perseverar en el estudio de nuevas obras o, incluso, en el de nuevos registros vocales que puedan traer aportaciones y revelaciones musicales al mundo del canto.
Fotos: Guillermo Mendo / Teatro de la Maestranza
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