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Crítica: James Conlon dirige 'Macbeth' de Verdi en el Teatro Real

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19 de julio de 2017

"Gran éxito con largas ovaciones especialmente centradas en el incombustible Plácido Domingo, toda una fuerza de la naturaleza".

EL MILAGRO PLÁCIDO DOMINGO

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 17-VII-2017. Teatro Real. Macbeth (Giuseppe Verdi). Plácido Domingo (Macbeth), Maria Pirozzi (Lady Macbeth), Brian Jadge (Macduff), Ildebrando D’Arcangelo (Banquo), Airam Hernández (Malcolm), Raquel Lojendio (Dama de compañía), Fernando Radó (Un médico). Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Director musical: James Conlon. Versión concierto semiescenificada.

   Que Plácido Domingo es un mito de la ópera es algo indiscutible. Que reúne una legión de seguidores procedentes de todos los confines del mundo, también. Que es un caso insólito dentro del mundo lírico al estar abordando una “segunda carrera” en la cuerda de barítono llenando los más importantes teatros, después de haber batido records de papeles interpretados en la de tenor, también es un hecho. Fiel al coliseo de su ciudad natal, se anunciaba esta vez con otro de los papeles baritonales que viene asumiendo, una de las más grandes creaciones verdianas -y son muchas- para esta cuerda, el Macbeth, primera de sus óperas basada en una tragedia de su venerado Shakespeare.

   Se comprenden y son legítimas las críticas que puedan realizarse al hecho de que un tenor, cuando ya ha perdido las notas más agudas propias de su tesitura, afronte una segunda carrera como barítono, pero no es menos cierto, en primer lugar, que todo el mundo sabe, empezando por él mismo, que no estamos ante un barítono sino ante Plácido Domingo cantando papeles escritos para barítono. En segundo lugar, que no puede dejar de sorprender -y valorar- hasta al más acérrimo de sus detractores, la insólita integridad tímbrica que mantiene el cantante madrileño después de tantísimos años de carrera y no pocos excesos. Aunque aún es más asombrosa la exhibición de energía y vitalidad que a sus 76 años de edad y más de 3900 representaciones a sus espaldas, sigue obsequiando sobre los escenarios. El que suscribe ha visto más de 50 actuaciones en vivo a Domingo, nunca ha sido seguidor incondicional e incluso en una época de rivalidades “tifosísticas” Kraus-Domingo entre la afición madrileña, mi trinchera siempre fue la del tenor canario, lo que nunca obstó para que disfrutara y jaleara las buenas actuaciones de Domingo cuando se producían.

   De un tiempo a esta parte, en la situación actual de la lírica universal que yo denomino, con tristeza, “edad de hojalata del canto”, se acrecienta cada vez más la figura de un ilustre representante de épocas en que la ópera aún se escribía con mayúsculas y se enriquecía con destacadas personalidades.

   Ante todo, hay que resaltar con toda la fuerza posible que el Sr. Domingo, lejos de refugiarse en una versión concierto “convencional”, en que tiesos como una vela, los intérpretes cantan con la partitura delante –algo que debería desterrarse para siempre-,  se implica en una versión semiescenificada con la orquesta en el foso y en que desarrolla un gran trabajo escénico y una entrega sin tasa. Resulta una mezcla de agradable sorpresa y placer, como pasados los años, el público encuentra, desde el primer momento, a ese Plácido Domingo de siempre, dueño de la escena, carismático, intenso y entregadísimo, además de en un estado vocal insólito, que redondeó la mejor actuación que le ha visto el que firma estas líneas en los últimos años.

   Si hay una ópera en que es bienvenida una versión concierto semiescenificada, en que los cantantes interactúan y se cuenta con iluminación de representación y algunos pequeños objetos escénicos como la corona, las espadas, unos pañuelos de diversos colores para el coro… esa es Macbeth, una creación en que el genio verdiano avanza a pasos agigantados en pos de la tan anhelada verdad dramatica. Imaginen lo que podía significar en 1847, año del estreno de la versión original de la obra en Florencia, que un compositor de melodrama proclamara que los artistas debían servir antes al literato que al músico.

   En el apartado vocal, los abundantes pasajes de declamato de la partitura favorecen a Domingo, pues le permiten exhibir sus acentos vibrantes, la intensidad de su canto concitato (encendido, apasionado) y un buen puñado de sonidos de gran belleza, penetración y calidad tímbrica, pues la voz se expandió, sonora y pletórica por toda la sala, lo cual contrasta con tanto cantante joven sin proyección, ni riqueza tímbrica alguna que se escucha a diario en los escenarios actuales. Destacables fueron en este contexto el monólogo del puñal del primer acto y el aria “Fuggi regal fantassima” del tercero, así como toda la escena del brindis del acto segundo en que el espectro de Banquo se le aparece a Macbeth.

   En los cantabile, evidentemente, la falta de aire penaliza su interpretación, pues el madrileño no pudo resolver, ni rematar convenientemente las largas frases verdianas, obligándole a veces a “comerse” sílabas, acomodar palabras o incluso sustituirlas por otras más favorables, pero siempre con ese reconocido fondo e inteligencia musical que posee. Como inalterable es esa personalidad y carisma arrollador del ya mítico cantante, que aún conservó fuerza y arrestos para sacar adelante la escena final de la obra con el aria “Pietà rispetto amore” y la muerte de Macbeth con una muy emotiva “Mal per me che m’affidai”, pieza de la versión de 1847 que Verdi sustituyó en la revisión de París 1865 por la fuga final, pero que en este caso se intepretó también y previamente a la misma, aunque se ofreció, como es habitual, la versión de 1865 con el ballet del acto tercero incluido.  

   El papel de Lady Macbeth es, ciertamente, temible, propio de un soprano assoluto, vocalidad rara, excepcional, que desarrollaron algunas legendarias cantantes en el Ottocento y que ha desaparecido, siendo, prácticamente, su única defensora en el siglo XX, Maria Callas y si acaso alguna otra, más por temperamento que por estricta vocalidad, como Leyla Gencer. La divina sólo cantó Macbeth en una serie de funciones en el Teatro alla Scala de Milán en 1952 con Victor de Sabata en el podio. Una grabación en vivo de una estas representaciones más las tres arias que grabó en estudio con dirección de Nicola Rescigno en 1958 se constituyen en referencias absolutas de la interpretación del papel.

   Un tanto decepcionante resultó la labor de la soprano Anna Pirozzi. Fue extraño apreciar tal falta de calor y de garra en una cantante italiana. En lo vocal, la voz resulta desguarnecida en la franja centro-grave, pero gana mucho timbre y metal en la centro-aguda con sonidos restallantes en esa franja, aunque las notas más extremas resultaron abiertas y un tanto estridentes. Cercano al grito fue el Re bemol 5 conclusivo de la escena del sonambulismo. La agilidad, tanto la di forza de la cabaletta “Or tutti sorgete” o la del dúo del acto tercero, como la intrincadísima del brindis, se resolvió de forma muy trabajosa. El fraseo, y es algo muy grave en un papel como este, -tanto como la falta de garra y de grinta-, fue mortecino, sin vida, sin contrastes, ni incisividad. No se puede decir, ni mucho menos, que la soprano italiana cante mal. Tiene un buen concepto de la línea, pero es un canto monótono, sin acentos, ni claroscuros, ni aristas, que selló una aburrida intepretación de papel tan tremendo y de tanta fuerza teatral. Sólo la famosa “hambre de tenor” que tiene el público cuando llega en el último acto el aria de Macduff “Oh figli miei… Ah la paterna mano” puede explicar la ovación que recibió el tenor neoyorquino Brian Jadge, de timbre escasamente atractivo, emisión gutural y agudos apretados, aunque, al menos, mostró esa preparación musical que suelen tener los cantantes estadounidenses. Tampoco pasó de discreto el Banquo de Ildebrando D’Arcangelo que cantó bien, como es habitual en él,  pero sin especiales detalles como fraseador y cuyo material, falto de rotundidad, caudal y amplitud, es más propio de Mozart o Rossini, que de Verdi. Entre los secundarios destacó la sonoridad de Fernando Radó y la finura de Raquel Lojendio.

   Notable el trabajo de James Conlon, acreditado director de ópera, que suele venir al Teatro Real a dirigir funciones en concierto para las que cuenta con pocos ensayos y al que a algunos nos gustaría ver conduciendo una serie de funciones de alguno de los títulos representados que conforman la temporada del recinto madrileño. Una dirección musical la del ya veterano director norteamericano, presidida, desde el preludio, por el pulso, el nervio, el sentido del ritmo, la tensión teatral y la incandescencia, tan verdianas, que culminó en franca progresión, con una flamígera fuga final. Buena factura, asimismo, la del sublime concertante final del acto primero y la del ballet del tercero. Mucho mejor el coro en esta ocasión –potente y poderoso -, que en la reciente Butterfly. Gran éxito con largas ovaciones especialmente centradas en el incombustible Plácido Domingo, toda una fuerza de la naturaleza.

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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