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Crítica: Javier Perianes presenta programa en el Teatro Villamarta de Jerez

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Autor: José Antonio Cantón
26 de octubre de 2020

Javier Perianes presenta programa en Jerez

Por José Antonio Cantón
Jerez, 24-X-2020. Teatro Villamarta. Recital de piano de Javier Perianes. Obras de Ludwig van Beethoven y Frédéric Chopin.
  
   Entre la programación dedicada a la llamada música clásica de la presente temporada del Teatro Villamarta, hay que destacar la actuación del pianista onubense Javier Perianes, que ha aprovechado para presentar algunas de las obras que han de surtir los distintos programas que va a interpretar próximamente en diferentes escenarios del mundo. Dos obras de Beethoven, la Sonata núm. 12 en la bemol mayor, op. 26 y la Sonata núm. 31, op. 110, en la misma tonalidad, encuadraban la Segunda sonata en si bemol menor, op. 35 de Chopin, todas ellas bajo el epígrafe de «Adioses y Retornos» como revelador título entre la vida y la muerte, de algún modo, dicotómica idea inspiradora de estas magistrales obras para piano.


   La solemnidad que Perianes dio a la presentación del tema del primer movimiento de la duodécima sonata de Beethoven hacía presagiar un alto nivel de concentración por su parte, estado mental que se fue corroborando a lo largo de su actuación. Es así como distinguió los distintos caracteres emocionales que presentan las diferentes variaciones de su primer movimiento, destacando el carácter siempre difícil de los sforzati de la tercera, o los leves staccati de la cuarta, ambos casos muy bien trabajados. Con una tensa ligereza expuso el Scherzo, buscando siempre el balance dinámico que piden sus partes extremas a diferencia del más convincente sentido quedo y dulce que dio al trío. En un manifiesto estado de tenso recogimiento, el pianista se adentró en los pentagramas de la Marcia funebre dejando entrever un sentimiento trágico a la vez que heroico de su discurso musical, como queriendo transmitir la irracionalidad de la muerte que refleja esta genial creación músico-emocional de Beethoven. Siguiendo el patrón-pulso de una ligera tocata, definió el mensaje del Allegro final en una clara intención de contrastar con la luminosa tristeza del movimiento anterior.

   Volviendo a un estado de ánimo de trascendente gravedad, Javier Perianes abordó los cuatro compases de presentación de la Sonata, Op. 35 de Federico Chopin, anticipando condensadamente la multiplicidad de emociones que contiene esta admirable obra. La agitación se apoderó de la cinética corporal del intérprete definida en unas electrizantes manos en una búsqueda constante de perfección en articulación y fraseo, aspectos que alcanzaba en los pasajes más serenos del primer movimiento. Hizo una interpretación del Scherzo ajustándose a cánones tradicionales, destacando en la expresiva lentitud determinada en su trío, llegando a una sonoridad sugestiva de efecto envolvente, sólo trastornada de alguna manera por las irregularidades de sus contrastantes rubati. Un ceremonioso y a la vez meditativo sentido dramático dio a la famosa marcha fúnebre que se percibía reforzada por el entrecortado canto de sus partes extremas, destacando así de la melodía del trío central, otro de los momentos señeros del recital. Con oleadas de desesperante furia expuso el Presto final dejando una violenta sensación de sinuosa respuesta, lejos de la homogeneidad dinámica y regularidad mecánica con que suele interpretarse y entenderse esta, para la época, vanguardista página de Chopin.


   Para finalizar la actuación quedaba la obra más relevante desde el punto de vista fenomenológico, entendida su recreación como una profunda experiencia personal, dada la libertad que permite Beethoven al intérprete desde la variedad de su estructura. Esto exige a quien se propone hacerla sonar ir más allá de los aspectos puramente musicales, teniéndose que adentrar en ella con una determinante riqueza espiritual antes de llegar a su fuga central, pasaje en el que Javier Perianes manifestó sus recursos contrapuntísticos con claridad de voces. Se manifestaba así su deseo de volver a la vida después de dos marchas fúnebres de aplastante efecto emocional, teniendo su contraste más significativo en el doliente Arioso que le sigue, momento estelar de la actuación antes de los diez acordes que le permitían entrar en la fuga final con arrebatada vitalidad hasta concluir la ejecución de la sonata de manera exultante, como si de un poema sinfónico para teclado se hubiera tratado.

   Deseando complacer a un público lleno de admiración, Perianes tocó de primer bis Quejas o La Maja y el Ruiseñor, cuarto número de la colección Goyescas de Enrique Granados con nostálgico arrobamiento, distinguiendo los sutiles aspectos descriptivos de corte impresionista de algunos pasajes de la obra, lo que significó otro de los momentos estelares del recital. Concluyó definitivamente con una idiomática lectura de una mazurca de Chopin con la que justificó la maestría de este compositor en la idealización pianística de esta danza polaca.

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