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Crítica: Virginia Martínez y Joaquín Achúcarro con la Sinfónica de la Región de Murcia

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Autor: José Antonio Cantón
6 de octubre de 2021

Virginia Martínez y Joaquín Achúcarro protagonizan un concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, con obras de Chaikovski y Beethoven en el programa.

Joaquín Achúcarro

 Esplendorosa Francesca da Rimini

Por José Antonio Cantón
Murcia, 1-X-2021. Auditorio y Centro de Congresos ‘Víctor Villegas’. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia (ÖSRM). Solista: Joaquín Achúcarro (piano). Directora: Virginia Martínez. Obras de Francisco José Andreo Gázquez, Ludwig van Beethoven y Piotr Ilich Tchaikovsky.

   El segundo concierto de temporada de la ÖSRM tuvo el doble aliciente de presentar el estreno absoluto de la obra Púlsar del compositor Francisco José Andreo Gázquez (Puerto Lumbreras, 1989) y la actuación de una de las leyendas del piano de nuestro país como es el maestro Joaquín Achúcarro, interpretando uno de los conciertos más señeros del repertorio concertante cual es el Cuarto concierto para piano y orquesta en Sol, Op. 58 de Beethoven. El programa se prometía más que atractivo, completándose con la fantasía Francesca da Rimini, op. 32 de Tchaikovsky, todo un ejemplo de la enorme capacidad de orquestación de su autor.

   En Púlsar encontramos un ejercicio de instrumentación de gran pretensión en medios y efectos sonoros. Ya desde su mantenido pulso inicial al que se le van agregando distintos instrumentos, genera en el oyente una sensación de estratificada espacialidad acústica que lleva a imaginar la sonoridad física del universo, sólo interrumpida por la aparición de modificadas secuencias rítmicas y determinadas células melódicas antes de una vuelta al discurso inicial implementado con un gran aparato percusivo. Una intervención del clarinete sirve de preámbulo a la parte final de la obra en la que vuelve la característica rítmica cardíaca que la anima en un declive de inesperada conclusión que deja una sensación de alejamiento en el oyente. De interesante orientación programática, esta obra permite que se perciba la capacidad creativa de este compositor que maneja los estratos orquestales con evidente individuación de los instrumentos, manifiesta distinción de sus secciones y gran capacidad de organización del conjunto orquestal. El público se adaptó a su estética y la muy cuidada lectura de Virginia Martínez demostraba cómo ésta se sentía concernida con el valor musical de la obra.

   La figura de Joaquín Achúcarro decanta tal auctoritas en el panorama pianístico que le lleva a estar fuera de cualquier tipo de juicio crítico. Un músico que está más allá del bien y el mal, conectado, en su calidad de didacta de primerísimo grado, con las esencias de las grandes escuelas de su instrumento. Su dilatada carrera como maestro de alta escuela, le llevan a equipararlo con grandes maestros españoles como Franck Marshall, Ricardo Viñes o José Cubiles. La pléyade de soberbios pianistas salidos de su aula de la Universidad Metodista de Dallas es fruto de su alto magisterio.

   Su interpretación del cuarto concierto de Beethoven significó sustancialmente un dechado romántico en sentido estilístico, en el que la siempre oportuna diversidad de sonido, la plenitud polifónica, la capacidad de ornamentación y su articulado fraseo hicieron que toda la atención del auditorio convergiera en sus manos dotadas de un mecanismo y pulsación tan al servicio de la esencialidad musical que admite muy escasas comparaciones. Su arte quedó reflejado en su máxima expresión con el humanismo dialogante que desprende el Andante con moto central, uno de los momentos cumbres de su actuación junto al nocturno de Federico Chopin que ofreció como bis ante la entrega absoluta del público, haciendo gala de un parafraseado y personalísimo rubato.

   La espectacularidad orquestal de la noche quedó reservada a la enorme interpretación que Virginia Martínez hizo del poema sinfónico Francesca da Rimini, logrando que la orquesta diera el máximo de sus posibilidades. Fundamentalmente hay que considerar que asumió con sentido estético el dantesco carácter descriptivo de la pieza sumida siempre en grandes tensiones y contrastadas densidades sonoras en las que supo expresar esa constante, eterna y amenazante atmósfera de un imaginado averno musical expresada con un rutilante esplendor sonoro. La complejidad de montaje de esta obra se percibía superada con creces, fruto de un arduo trabajo que dejaba de manifiesto la potencialidad de la formación murciana ante una conducción intensa de diáfana claridad expositiva.

Foto: Sinfónica de la Región de Murcia

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