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Crítica: John Eliot Gardiner dirige a la Sinfónica de Londres en el ciclo de Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
10 de marzo de 2018

Ni rastro de romanticismo

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 7-III-2018. Auditorio Nacional de música. Ciclo Ibermúsica. Obertura de Genoveva op. 81 (Robert Schumann); Concierto para piano y orquesta Núm 1, op. 15 (Ludwig van Beethoven); Sinfonía núm 2, op. 61 (Robert Schumann). Piotr Anderszewski, piano. London Symphony Orchestra. Director: Sir John Eliot Gardiner.

   Como era justo y no podía ser de otra forma, el concierto se dedicaba ala memoria de Jesús López Cobos, fallecido recientemente y que después de los antecedentes del mítico Ataúlfo Argenta y de Rafael Frühbeck de Burgos, ha sido el director de orquesta español de carrera y reputación más internacional. Descanse en paz el maestro de Toro al que sus titularidades en España (Orquesta Nacional y Teatro Real) no le hicieron bien, se vieron envueltas en cierta polémica y terminaron de manera brusca, pero no se puede discutir su talento e importante reconocimiento internacional.

   La cancelación de la eximia pianista Maria Joao Pires, que parece estar abandonando los escenarios, provocó algún cambio en el programa inicialmente dedicado en su integridada Robert Schumann. Finalmente, se sustituyó el concierto para piano del compositor nacido en Zwickau por el concierto número 1 de Beethoven (figura siempre obsesivamente presente en la vida y trayectoria compositiva de Schumann) a cargo del polaco Piotr Anderzewski, que asumío la sustitución de la Pires. Todo ello bajo la dirección de John Eliot Gardiner al frente de la London Symphony Orchestra, que volvía al ciclo Ibermúsica después de su última doble actuación en el mes de octubre pasado con Bernard Haitink en el podio.

   El concierto comenzó con una discreta interpretación de la obertura de Genoveva, única ópera de Schumann compuesta sobre libreto propio y de Robert Reinick. Más pareció la introducción de una ópera de Gluck o de Vivaldi que la de de un músico emblema del romanticismo. Incluso pudo escucharse un sorprendente (por lo pobre y falto de brillo) sonido de la LSO con una cuerda sin cuerpo ni empaste. Los mismos parámetros presidieron el concierto para piano de Beethoven catalogado como número 1 (Op. 15) a pesar de haber sido compuesto unos meses después de terminar el que lleva el número 2 (Op. 19). A la larga y espléndida introducción orquestal le faltó esa grandeza marca de la casa y ese toque dramático siempre presente en la música del genio de Bonn. Anderzewski desgranó un sonido apreciable por brillantez y presencia, aunque no particularmente bello ni  personal, pero fue el fraseo el que no terminó de asentarse, ayuno de contrastes y de carga expresiva, con frases que dejaban la sensación de quedar sin resolver, sin rematar adecuadamente. La impresión de interpretación desangelada e insulsa continuó en el segundo movimiento en el que, al menos, emergió entre la orquesta el magnífico clarinete de Andrew Marriner. Más vida tuvo el trepidante rondó final,al que la batuta imprimió de brioso pulso al que se sumó la destreza y agilidad en la digitación de Anderzewski.

   Gardiner es un músico de acreditada e indiscutible trayectoria y reputación en barroco y clasicismo, pero en repertorio romántico se muestra fuera de estilo, con una articulación propia de las referidas coordenadas musicales, sin la pasión, énfasis y tensiones internas que tiene esta música. De este modo, la fabulosa Segunda sinfonía de Robert Schumann, una creación compleja llena de contrastes, los propios de una personalidad apasionada, abrumada por la ansiedad, la inquietud, la agitación y la angustia, todo lo cual se refleja en su música, discurrió de forma anodina y fundamentalmente aburrida.

   Con los músicos de la orquesta de pie (exceptológicamente chelos y contrabajos) como era habitual en repertorio barroco, si bien un miembro de la orquesta explicó que Mendelsshon recuperó la práctica en su época de la Gewandhaus de Leipzig, en términos estrictos de sonido, se notó una mejoría respecto a la primera parte, aunque lejos del escuchado a esta orquesta hace unos pocos meses con Haitink. Gardiner planteó una labor objetiva, “racional”, ayuna de calor, dejando de lado cualquier atisbo de pathos romántico, sin contrastes, ni fantasía. El scherzo fue un ejemplo de que rapidez no significa tensión y, en definitiva no fluyeron las geniales melodías de Schumann, que resultaron desdibujadas y sin vuelo, sellando una interpretación aburrida, plana y sin emoción alguna. Como propina se repitió el finale del Scherzo.  

   La última vez que había escuchado en vivo la Segunda de Schumann fue en la Musikverein con Christian Thielemann al frente de la Filarmónica de Viena con un sonido muy vigoroso, arrollador, denso, tocho y pesante, sin flexibilidad alguna. Ni lo uno ni lo otro.

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