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Crítica: Un 'imponente' Jorge Luis Prats triunfa en el Auditorio de Oviedo

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Autor: F. Jaime Pantín
1 de mayo de 2018

Imponente

   Por F. Jaime Pantín
Oviedo. 28-IV-2018. Jornadas de Piano "Luis G. Iberni". Auditorio Príncipe Felipe. Jorge Luis Prats, piano, Lucas Macías, director. Oviedo Filarmonía

   Nuevo concierto del ciclo Jornadas de Piano Luis G. Iberni, que en esta ocasión presentaba por primera vez en Oviedo al gran pianista cubano Jorge Luis Prats acompañado de la Oviedo Filarmonía, dirigida por Lucas Macías, en un programa muy atractivo que concitó la asistencia, si no masiva, sí nutrida de un público que disfrutó intensamente de una velada que se prolongó en el tiempo merced a la generosidad de un pianista al que se podría haber seguido escuchando durante horas.

   Comenzó el concierto con el estreno del Nocturno para orquesta del compositor local Omar Navarro, obra de belleza sutil y refinada, que el autor dedica precisamente a la Oviedo Filarmonía. Construcción de inteligencia musical impecable, con una orquestación muy cuidada y excepcional fluidez en el desarrollo de unos ambientes sonoros que evitan el estatismo en virtud de un tempo en constante movilidad. Fue muy grato escucharla en la lectura minuciosa, atenta y sensible de Lucas Macías, quien consiguió extraer de la OFIL sonoridades muy matizadas, en un lúcido entendimiento de la inspiración romántica y nocturnal que parece estar en la génesis de esta obra.

   Las buenas impresiones continuaron con la interpretación de la Sinfonía nº 2 op. 73 de Brahms, en la que el director español obtuvo de la orquesta un rendimiento excepcional, evidenciando un trabajo meticuloso de las distintas secciones, con un viento a su máximo nivel y una cuerda de empaste muy logrado, en una obra especialmente cálida que parece rehuir de manera deliberada las tensiones dramáticas para aportar lirismo relajado y belleza directa dentro de un visible equilibrio clásico, perfectamente entendido por un director que supo mantener el difícil pulso de la obra, con fluidez dentro de la cuadratura, un fraseo impecable y una exposición transparente.

   La presencia de Jorge Luis Prats como solista del Concierto nº 1 de Tchaikovsky suponía el aliciente estelar de la velada. Prats es una de las figuras con mayor sello personal en un panorama pianístico como el actual, en el que la rutina sustituye con demasiada frecuencia a la creatividad  o ésta se intenta conseguir potenciando aspectos que nada tienen  que ver con la música.

   Virtuoso de excepción, con una sonoridad que recuerda la de grandes pianistas del pasado, y muy difícil de encontrar hoy día, Prats basa su técnica en una búsqueda incesante de la vocalidad, en un instrumento que parece oponerse a ella, pero sólo en apariencia. Recordemos que  cuando el gran Arthur Rubinstein escuchó a María Callas, exclamó: qué bien canta, parece un piano. Los registros tímbricos que Prats consigue del instrumento le sitúan entre los grandes coloristas que hayamos podido escuchar. Con una gama dinámica tan amplia como flexible, el pianista cubano exprime al máximo las posibilidades del piano, en un despliegue extraordinario de fuerza, delicadeza, fantasía y precisión. Su interpretación del Concierto en si bemol del compositor ruso resultó apoteósica a la vez que novedosa, algo realmente sorprendente e inusual en una obra que casi todos los pianistas del mundo -con mayor o menor fortuna- han tocado y cuyas directrices parecen repetirse de manera casi invariable.

   Pianismo ciclópeo el exhibido por Prats, que más allá de las octavas apabullantes, la velocidad vertiginosa o la facilidad con la que aborda las dificultades enormes, parece convertir el piano en una verdadera orquesta, donde la sugerencia tímbrica se sucede en un muestrario inagotable de exuberancia lisztiana, cantábile chopiniano, percusividad bartokiana o magia raveliana, conformando un Tchaikovsky de riqueza desbordante, en el que la pasión convive con la ternura, la brillantez y el lirismo, en una versión tan humanamente intensa como espectacular en su ejecución, provocando el entusiasmo de un público que seguramente habría seguido disfrutando con el arte de un pianista que como colofón inundó el Auditorio  con el sabor, el color, los ritmos y la gracia de ese pianismo cubano del que probablemente es intérprete insuperable.

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