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Crítica: Recital del pianista José Menor en el Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
26 de febrero de 2018

Messiaen de altos vuelos

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Teatros del Canal. 18-II-2018. XXVIII Festivalinternacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. José Menor, piano. Selección de las Veinte miradas sobre el niño Jesús de Olivier Messiaen. Sonata para piano nº 32 en do menor Op. 111 de Ludwig van Beethoven.

   Se celebra estos días en Madrid el XXVIII Festivalinternacional de Arte Sacro. El festival, uno de los más antiguos de su género, actualizó su planteamiento hace 3 temporadas, y el cambio se ha notado en el aumento de la cantidad y calidad de los espectáculos. Hay conciertos en espacios de todo tipo. Los más tradicionales se dan en varias de las iglesias más representativas del centro de Madrid, pero también hay programas en la Capilla del Palacio Real, en el Real Coliseo de San Lorenzo de El Escorial, en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, en salas de teatro como La cuarta pared, e incluso, uno de los conciertos será en el Congreso de los Diputados.

   Cuatro recitales de jóvenes pianistas españoles se han agrupado en el ciclo Piano místico, que se lleva a cabo en la Sala negra de los Teatros del Canal. Cuando el festival se presentó a los medios, llamó la atención el del catalán José Menor. Como dicen los taurinos, se “encerraba” con una de las obras más grandiosas de la literatura para piano del siglo XX: Las veinte miradas sobre el niño Jesús de Olivier Messiaen. El primero de sus grandes ciclos para piano, compuesto en 1944 para Yvonne Loriod, es una obra de dimensiones descomunales, exigente, variada, de enorme complejidad técnica y expresiva, difícil de construir y con detalles de todo tipo. La posibilidad de verla en directo en su integridad es tan remota que salvo error por mi parte, en Madrid solo el pianista indonesio Ananda Sukarlan la interpretó en mayo del 2000 en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo de La música de nuestro tiempo de Promusica.

   Hasta entonces y desde entonces, solo hemos podido disfrutar de alguna de ellas de manera individual, o de alguna pequeña selección por parte de pianistas de la talla de Jean-Yves Thibaudet, Jean Pierre Dupuy o Pierre-Laurent Aimard, aunque estos dos últimos, tocaron el ciclo completo en diferentes ediciones de la Semana de Música Religiosa de Cuenca.

   Sin embargo, días después, cuando se distribuyó el libro oficial del Festival, nuestro gozo en un pozo. Las veinte miradas se habían convertido en solo nueve, mientras la última de las sonatas de Beethoven completaba la segunda parte. El programa seguía teniendo interés, pero evidentemente, ya no era lo mismo. Las nueve miradas elegidas fueron la del Padre, la de la estrella, la de la Virgen, la del Hijo sobre el Hijo, la de los ángeles, el beso del Niño Jesús, la palabra todopoderosa, la primera comunión de la Virgen, dejando para el final la más conocida e interpretada, la del Espíritu de la Alegría.

   José Menor se acercó a la obra con una madurez encomiable y demostró haber hecho un trabajo intenso y concienzudo. Brilló más en las miradas más tiernas y sencillas como la del Padre –llevada a un tempo muy lento, captando el carácter enigmático de la misma–, la de la Virgen –preciosa y suave describiendo sus misterios con varios cambios de color–, la del beso del Niño Jesús –a la que le dio un adecuado reposo– o la del Hijo sobre el Hijo, tocada a una velocidad lentísima, solemne a mas no poder.

   Algo más problemáticas fueron las miradas de mayor sonoridad y bravura como la de los ángeles o la palabra todopoderosa, con algunos momentos borrosos en la parte grave del teclado. Tanto por su dificultad técnica como por la dificultad de construcción debemos resaltar la labor del pianista si cabe aún más en El beso de Niño Jesús o en la del Espíritu de la Alegría, llenas de detalles, muy musicales, con variedad de ataques y atención permanente a los pedales. Realmente admirables.

   El problema de una obra como ésta, es que tras ella, no suele haber lugar para más, ni para intérprete ni para público. Es prácticamente imposible sumergirse en otra música, y más si la programada, es nada menos que la última de las sonatas de Beethoven, obra de complejidad tal que incluso hoy, a casi 200 años de su estreno, sigue siendo música mucho más moderna que toda la “supuesta moderna” de nuestros días. Tras un Allegro inicial, llevado a buen tempo donde echamos en falta un color más oscuro y unos acordes algo mástenebrosos, el Sr. Menor se la jugó en la Arietta. Comenzada a un tempo muy lento, no llegó a darle la intensidad e inspiración que en estas páginas nos han dado intérpretes como Grigory Sokolov, Ivo Pogorelich o Krystian Zimerman. En cualquier caso, meritoria interpretación de la que destacamos su fraseo cuidado y su alta musicalidad.

   El público no fue muy numeroso, pero aplaudió con calor el gran trabajo del pianista. Nos ha dejado con ganas de seguir su evolución, y esperamos verle algún día tocando las Veinte miradas.

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