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Crítica: José Miguel Pérez Sierra dirige 'Madama Butterfly' en Torre del Lago

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Autor: Aurelio M. Seco
4 de agosto de 2014

CON PÉREZ SIERRA EN TORRE DEL LAGO

Por Aurelio M. Seco

Italia. Festival de Torre del Lago. 25/7/14. Madama Butterfly (Puccini). Micaela Carosi, Renata Lamanda, Rame Lahaj, Giovanni Meani, Luca Casalin, angelo Nardinocchi, Paolo Battaglia, Pedro Carrillo, Velthuer Tognoni, Francesca Romana Tiddi. Dirección de escena, escenografía y vesturario: Renzo Giacchieri. Director musical: José Miguel Pérez Sierra

   La primera vez que viajé a Torre del Lago para asistir a su festival de ópera y de paso ver la casa de Puccini y su tumba, decidí que no volvería. Se juntaron varias cosas; la primera, mi convicción de que, con alguna excepción, las temporadas líricas veraniegas que se desarrollan al aire libre, con o sin amplificación, no resultan enriquecedoras desde el punto de vista artístico. Si se amplifica, mal y, si no se amplifica, el sonido llega lejano, sin matices, el de la orquesta y los cantantes. Cuando pasan unos minutos uno acaba por acostumbrarse a la lejanía, pero sin dejar de tener la sensación de que es el show, el espectáculo por el espectáculo, veraniego y de postín, lo que soporta estas funciones, más que su interés artístico, que se percibe desde lejos y no pocas veces esbozado a brochazos rudos o rutinarios. Tampoco ayudó la calidad de aquella función que, por cierto, también fue de “Madama Butterfly”, ni la triste visita a la casa de Puccini, enterrado a pocos centímetros de los visitantes de un chalet diseñado para ganar dinero pero no, desde luego, para la gloria de uno de los más importantes compositores de la historia.

   En esta ocasión fue una experiencia horrorosa comprobar la mala educación de parte del público ante la función, molestando con luces, teléfonos, fotos o comentarios; o escuchar los gritos de los jóvenes haciendo botellón a lo lejos. Seguramente, muy pocos asistentes sabían que al lado se encontraba el cuerpo inerte de Puccini, pero qué elegancia y glamour desprendían bajo el fulgor de las estrellas. Qué problema el de nuestro tiempo.

   Volvimos al festival sólo por un motivo: la presencia del joven director español José Miguel Pérez Sierra, un artista cuya trayectoria conocemos desde hace años y queríamos seguir viendo evolucionar, en uno de los festivales más conocidos de la oferta lírica veraniega en Europa. Una razón más que suficiente, desde luego, para acudir a las gradas del teatro all´aperto de Torre del Lago, donde nos encontramos alguna que otra cara famosa, como la del periodista deportivo Josep Pedrerol.

   Pero antes de hablar del trabajo de Pérez Sierra, hablemos de algunas limitaciones organizativas del festival.  Tanto glamour tiene la ópera en Torre del Lago, tanta importancia institucional algunos de los invitados –se trataba de la jornada de apertura del Festival-, que algunas de las organizadoras parecían estar tan encantadas con su labor de protocolo como para  olvidar hacer de manera seria su trabajo. Es difícil encontrar buenos profesionales de comunicación y protocolo. Los hay, pero en Torre de Lago Puccini no tienen a los mejores, esto lo podemos asegurar. Hay otro problema congénito del festival, como es la cuestión del aparcamiento, que no se explica cómo no se arregla, con lo sencillo que sería hacerlo.

   Tanto antes como después de la función, las colas de coches y autobuses que se forman en los espacios  improvisados a tal efecto resultan insoportables. Las veces que hemos acudido al lugar se han dado numerosos problemas de retrasos e incluso situaciones tensas por permitir aparcar, en un espacio muy reducido, a autobuses y coches. Es realmente lamentable observar la llegada y marcha de los asistentes, muchos de los cuales casi ni esperan a que termine la ópera para salir corriendo del edificio, conocedores de la dificultad que conlleva salir con su coche del escondite inglés que la organización tiene previsto en un lugar cercano. ¿Cómo no se le ha ocurrido a nadie separar los coches de los autobuses? Las situaciones desagradables que se dieron por este motivo en el aparcamiento no parecen aceptables.

   También están las inclemencias del tiempo, aunque esto, obviamente, no es culpa de la organización, que podría haber aprovechado para construir un moderno teatro de ópera en el lugar de seguir manteniendo la antigua estructura al aire libre; nada del otro mundo, a decir verdad. Otra vez ha predominado la idea romántica y glamurosa sobre la opción artística saludable. Por eso ya no volveremos a Torre del Lago a ver ópera, salvo que vuelva a dirigir Pérez Sierra u otro interesante director español. La primera vez que tuve la oportunidad de entrevistarle me llamaron la atención tres cosas de él: la seguridad en si mismo que mostró, una característica necesaria en un intérprete, su talento natural para dirigir y su pasión, que dota a su gesto y versiones de una energía y fuerza inusual, algo que no es fácil de encontrar y que se agradece. Pérez Sierra ha sido y sigue siendo un director apasionado, al que la energía le sale a raudales, desde la cabeza hacia el brazo, pasando por la batuta y trasladándose a los músicos con singular eficacia. Con el paso de los años, su técnica gestual se ha ido puliendo en matices, sin perder un ápice de fuerza expresiva. Qué talento tan natural de director de orquesta tiene Pérez Sierra. Dirigió Madama Butterfly dando una sensación de autoridad total encima de la tarima. Y no debe ser fácil dirigir al aire libre una de las óperas más bellas que se han escrito. El día del estreno, el retraso por la lluvia llegó a una hora, pero el director español no solo no se descentró, sino que hizo un gran trabajo y se convirtió en el principal aliciente de  la función. La versión estuvo llevada de manera solida, y aunque no encontró el perfume pucciniano en todos sus matices, se dejó oír a gusto por bien ordenada y expresada.

   Qué duda cabe que Pérez Sierra se ha convertido, a pesar de su juventud, en un gran maestro concertatore. Su técnica gestual es notable y, aunque a veces excesivamente ostentosa, siempre va más allá de la mera eficacia hasta resultar reconfortante. El siguiente paso que debe dar Pérez Sierra, que es muy generoso con las orquestas cuando dirige, es el de influir en los músicos más con menos, el de aspirar a la belleza de la partitura con la pasión y el gesto justos, a encontrar, en fin, el perfume de Puccini y de la más bella Butterfly por el camino único de la musicalidad, del fraseo propio y los matices delicados. La oportunidad de dirigir en Torre del Lago y las conquistas artísticas que este director está cosechando en su juventud son admirables y le han convertido en uno de los jóvenes directores españoles de éxito que también están desarrollando una interesante carrera fuera de nuestras fronteras. 

   La propuesta escénica era una coproducción del Festival de Torre del Lago con la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera, un trabajo poco estimulante, de trazos gruesos,  de Renzo Giacchieri, que desarrolló una puesta en escena pasable con ínfulas de cierta espectacularidad, que no se logró, pero que consiguió extraer gestos de exclamación del público ante un bonito y repentino cambio de escena, color y vestuario. Fue lo único digno de mención de un trabajo algo gris, que dejó falta de naturalidad en los movimientos de los cantantes y un ánimo por epatar y no pasar inadvertido. Tener esta sensación, no nos gusta.

   En el reparto, pocas sorpresas. Micaela Carosi interpretó a Cio-Cio-San exagerando las poses durante toda la representación. Cantando estuvo solvente, sin llegar nunca a hacer volar el canto puro y dramático de la joven protagonista, que en ocasiones resultó pesado y algo brusco, aunque suficiente para garantizar que el trabajo no estuvo mal hecho. Interpretó a Pinkerton Rame Lahaj, un joven tenor de poca voz pero gran amante de las versiones de Plácido Domingo, que cantó el papel con generosidad, musicalidad e interés, pero con una voz pequeña para el personaje, que en volumen siempre dejó qué desear. No estuvo mal, sin embargo, su gusto cantando y su aproximación dramática al personaje de Pinkerton. Más apropiado resultó el Sharpless de Giovanni Meoni, de voz siempre presente y una elegante e intencionalidad dramática. Solvente el Goro de Luca Casalin y notablemente patente Paolo Battaglia como Lo Zio Bonzo. El Coro del Festival Puccini obtuvo una buena participación, obteniendo algún momento especialmente bello en el conocido coro “a bocca chiusa” en el que José Miguel Pérez Sierra estuvo especialmente brillante. 

Foto: Festival de Torre del Lago

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