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Crítica: Josep Pons y Leticia Moreno con la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
6 de febrero de 2024

Crítica del concierto protagonizado por Josep Pons y Leticia Moreno con la Sinfónica de Castilla y León

Crítica de Josep Pons y Leticia Moreno con la Sinfónica de Castilla y León

Bajo el prisma de Pons

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 1-II-2024. Auditorio de Valladolid. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Obras: Stairscape de Rueda, Sinfonía española, op.21 de Lalo y la Sinfonía nº4 en mi menor, op.98 de Brahms. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Leticia Moreno, violín solista. Josep Pons, director.

   Parece que el concierto tenía un hilo conductor, pues Stairscape de Jesús Rueda, con el que comenzó, toma como modelo la Sinfonía nº4 de Brahms, escogida para finalizar. Como reza en las notas al programa, firmadas por Rafael Fernández, Rueda escoge los primeros ocho compases del cuarto movimiento de la sinfonía del alemán, para crear «la sensación similar a la del ascenso por una escalera circular infinita». Y en medio de ambas obras la Sinfonía española de Lalo. 

   Desde la dirección, Josep Pons ejerció como una especie de taumaturgo. El director llevó las obras de tal manera, que, frente a lo global del sonido, enfrentó o sumó el protagonismo de los elementos que la componen, adquiriendo una relevancia considerable. Y ese protagonismo no enturbió ni minimizó el sentido global de las obras. Esto se hizo totalmente palpable en las partituras de Lalo y Brahms. 

   En Stairscape de Rueda impresionan los acordes y la tímbrica, que aparecen inicialmente con una coherencia determinada para irse descomponiendo al tiempo que aumenta el volumen sonoro. Una partitura efectista a la que sirvieron con entusiasmo orquesta y director.

   En la Sinfonía española de Lalo intervino la violinista Leticia Moreno, y ella se entregó de principio a fin, con una sonoridad expresiva, robusta, que tan bien se plegó a los momentos más líricos. Ahí Pons jugó con esa capacidad para que todo se perciba, para que no se pierda el detalle, se oiga perfectamente a la solista y los tutti orquestales, sin que se tenga la sensación de fragmentación. Y el apasionado diálogo entre orquesta y violín fue la constante en la interpretación de Moreno. El ritmo cambiante, con sabor español, popular, ya fuera con carácter más lírico, más exuberante o menos alegre o simplemente melancólico se convirtió en una constante. Fuera de programa la violinista interpretó junto a la arpista de la Sinfónica de Castilla y León, Marianne ten Voorde, una versión muy emotiva de la Nana de Las 7 canciones populares de Manuel de Falla.

   El Brahms de Pons no puede dejar indiferente. Desde el inicio ya se pudo comprobar que la suya iba a ser una dirección muy acentuada, con cambios dinámicos constantes, perceptible casi en un detalle, en un acento. Y lejos de crear una atmósfera de bloque, volvió a sumar al conjunto el protagonismo total de los solos, los detalles, los acentos, con una energía constante. Pudo ser la suya una versión muy personal, de la que se puede discrepar, pero resultó tan poderosa que se presentó como algo palmario. Las alternancias rítmicas y armónicas, la pujanza de la obra, las melodías, la densidad de los colores se hizo palpable. La Orquesta Sinfónica de Castilla y León respondió como un instrumento poderoso y versátil, con intervenciones solistas muy remarcables, como la del flauta Ignacio de Nicolás.  

Foto: OSCyL

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