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Crítica: Josep-Ramón Olivé en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

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Autor: Óscar del Saz
24 de marzo de 2022

El barítono español Josep-Ramón Olivé debuta en el Ciclo de Lied coproducido por el Teatro de la Zarzuela y el CNDM, acompañado al piano por Victoria Guerrero

Josep-Ramón Olivé

Debutantes muy bien preparados

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 21-III-2022. Teatro de la Zarzuela. XXVIII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM]. Recital 5. Obras de Ludwig van Beethoven (1770-1827), Franz Schubert (1797-1828), Gabriel Fauré (1845-1924) y Richard Strauss (1864-1949). Josep-Ramón Olivé (barítono), Victoria Guerrero (piano).

   Un Ciclo de Lied no sería completo si en él no se va convocando a nuevas figuras que puedan ir convirtiéndolo en «perenne» desde el punto de vista de su continuidad. A nadie se le escapa que las figuras de relumbrón actuales fueron en su día cantantes por consagrar. Sólo el buen hacer de cada uno de ellos les ha convertido en lo que son y les ha permitido llegar -e, incluso, repetir- en lugares de tanta solera, prestancia y fama como lo es este Ciclo, perteneciente al Centro Nacional de Difusión Musical, dirigido por gestores tan señeros y legendarios como Antonio Moral y -actualmente- Francisco Lorenzo, firmes creyentes de que esa renovación generacional también ha de realizarse, como es el caso, si se puede contar con figuras con el «apunte de maneras» imprescindible del firmamento nacional.

   Así ha sido para los dos protagonistas de la velada, el barítono barcelonés Josep Ramón Olivé y la pianista jerezana Victoria Guerrero, sobre el papel perfectamente preparados para acometer un jugoso y difícil programa en este Ciclo, que integró el opus 98 de Beethoven, An die ferne Geliebte [A la amada lejana], compuesto por seis obras que se cantan sin solución de continuidad; el opus 61 de Fauré, titulado como La bonne chanson -sobre nueve poemas de Verlaine-; seis canciones de Schubert, cinco de ellas sobre poemas de Rückert; y finalmente seis obras de Strauss de los opus 27 (dos obras), 10 (una obra) y 19 (tres obras). 

   A nuestro juicio, un verdadero ‘tour de forcé’ en el cuál quizá se pretendió con acierto -nos gustó mucho este diseño de recital, cuyo hilo conductor es la temática amorosa- mostrar un «menú degustación» para demostrar capacidades de buen liederista, una aproximación a la evolución histórica del Lied (una de las infinitas formas que hay de hacerlo), pasando por un cambio de idioma -el francés- y el valor añadido de que dicha obra de Fauré nunca se hubiera interpretado en el Ciclo de Lied, así como tampoco dos de las canciones de Strauss (Wozu noch, Mädchen, soll es frommen, op. 19, n.º 1 y Breit’ über mein Haupt dein schwarzes Haar, op. 19, n.º 2 (ambas de 1888)).  

Josep-Ramón Olivé y Victoria Guerrero

   Otra cosa es que la intención arriba mencionada -brillar en un debut con repertorios de distintos momentos históricos del Lied-, se lograra llevar a buen puerto, desde el punto de vista de la diferenciación en la estilística que debe aplicarse a cada compositor -todos ellos muy distintos-, tanto en el plano vocal como en el pianístico.

   Para nosotros, eso es lo que no funcionó en este recital, ya que se hizo una lectura demasiado homogénea de todo el repertorio puesto en juego utilizando los mismos resortes vocales y pianísticos que pueden darse por buenos para Schubert y Fauré -si obviamos el cambio de idioma, y que el colorismo de la interpretación ha de ser distintivo en Fauré en los instrumentos vocal y pianístico-, pero no para Beethoven y no -sobre todo- para Strauss. El resultado o la consecuencia de todo esto fue que el recital se convirtiera en algo pesado y «aburrido», una suerte de «menú de platos parejos en sabor y color». Lo mismo, o análogo, puede decirse de la pianista, donde no vimos los estilos que dan tratamiento específico al piano en Beethoven y Strauss, aunque la cosa fue bastante mejor a la hora de dibujar el intimismo de Fauré. 

   A esto que comentamos, aplicar más diferenciación a los estilos del repertorio seleccionado, contribuyó también el tipo de voz de nuestro protagonista, que podríamos encuadrar en la de un barítono muy lírico con ligeros tintes atenorados, con una paleta de colores bastante amplia en una franja suficiente del centro y del centro-agudo, pero un tanto limitada en el registro grave, si bien en el registro agudo posee facilidad para aplicar adecuadamente el falsete reforzado, utilizado como recurso expresivo (cuando no utiliza este recurso, su registro agudo queda desguarnecido y la emisión resulta a veces abierta). Como bonus, tenemos muy en cuenta su gran musicalidad y buena expresividad -con comunicación suficiente hacia el escuchante-, resaltamos su facilidad para los filados, su canto rico en dinámicas, un muy buen control del fiato y una excelente dicción en alemán y francés.

   Destacamos de la sección dedicada a Beethoven la titulada Wo die Berge so blau [Donde las montañas, tan azules], donde se dibujaron adecuadamente los encontrados sentimientos del amor -tristeza versus esperanza- subrayados por una naturaleza desbordante, parajes donde el sujeto quisiera ver crecer su amor. En Schubert nos gustó mucho -tanto en el piano como en la voz- la muy poético-sentimental, muy bien ejecutada, Du bist die Ruh [Tú eres el reposo], con crescendos delineados con maestría camino del agudo final que el cantante resolvió muy apropiadamente. 

   Con Fauré, podríamos resaltar varias que fueron de nuestro agrado, pero destacamos La lune blanche, dibujando muy bien ambos intérpretes un nocturno amoroso en presencia de la luna con modulaciones cambiantes que ambientan esa situación,  y  L’hiver a cessé [El invierno ha terminado], que es un canto a la expectativa de todas las estaciones menos duras venideras. 

   Para terminar, los Lieder dedicados a Strauss, de los que destacamos Heimliche Aufforderung [Invitación secreta], donde sí se expuso adecuadamente el piano de Strauss como instrumento sinfónico en sus composiciones, a través del cual el músico casi siempre adelantaba bosquejos de una orquestación ulterior. También destacamos el último, Wie sollten wir geheim sie halten [¿Cuán secretos debemos mantenerlos?], que permitió lucirse en un final brillante y poderoso que demostró que en realidad Olivé llegó «fresco» vocalmente al final del recital.

   Antes de las dos propinas ofrecidas, el cantante agradeció visiblemente contento la confianza puesta en él por el Centro Nacional de Difusión Musical. La primera de las propinas fue la obra del barcelonés Ricard Lamote de Grignon (1872-1949), compuesta en catalán, titulada Canción del atardecer, envuelta en una suerte de «mediterránea melancolía que no volverá», según palabras del propio barítono, y que le quedó como anillo al dedo. Finalmente, y dada su inminente paternidad, nos regaló la «Nana», de Manuel de Falla porque comentó estaba ensayándola para cantársela a su niña cuando naciera. Un bonito detalle. 

   Como corolario a nuestra crítica, diremos que es evidente que hay que estar muy bien preparado para debutar en un lugar tan paradigmático como el Ciclo de Lied y el Teatro de la Zarzuela. Después, con el tiempo, llegan las tablas, más experiencia y una mayor soltura y personalización de lo que tienes en tu haber técnicamente, sobre todo para ponerlo al servicio de los distintos universos musicales, y que deben tener como único objetivo el poder transmitir en tu interpretación la esencia de lo que fue compuesto, dotando todo el conjunto de los contrastes que sean necesarios para distinguirte de los demás intérpretes y conseguir -en suma- ser un artista de características diferenciales. Creemos que el dúo Olivé-Guerrero tiene muchas posibilidades de alcanzar la distinción y excelencia interpretativas en el sentido comentado, y en verdad querremos comprobar esa evolución más adelante en una nueva ocasión.

Fotos: Rafa Martín

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