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Crítica: Josu De Solaun inaugura las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» de Oviedo

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22 de noviembre de 2019

Un recital memorable

Por F. Jaime Pantín
Oviedo. 15-XI-2019. Auditorio Príncipe  Felipe. Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Josu De Solaun , piano. Obras de Schumann, Brahms, Granados, Chuliá, Debussy, Falla y Enescu.

   El nombre de Josu de Solaun resultaba prácticamente desconocido para la mayor parte del público que el pasado viernes se congregó en el auditorio Príncipe Felipe en una tarde invernal y desapacible. Tras las dos horas que duró su intenso recital, es seguro que ninguno de los presentes podrá olvidar ese nombre, como no habrán podido hacerlo quienes lo descubrieran a través de su antológica grabación en tres volúmenes de la obra integral para piano de George Enescu, probablemente una de las aportaciones más importantes de los últimos tiempos al mundo de la fonografía pianística.

   Definir la personalidad artística, intelectual y humana de un pianista como Josu de Solaun supone una labor muy compleja, prácticamente inaccesible en el marco de una crónica de concierto. Se trata de un artista difícilmente clasificable dentro de los patrones imperantes en un panorama pianístico como el actual, tendente al encasillamiento en determinadas tradiciones estéticas, prejuicios de escuela y modelos inamovibles conducentes a la repetición pertinaz de determinados repertorios en los que los caminos parecen estar trazados de antemano, resultando función del intérprete de turno proporcionar nuevos cumplidos a unas ideas ya determinadas desde hace tiempo.


   Lo primero que llama la atención en Josu de Solaun pudiera ser el eclecticismo de un repertorio en el que, además de las grandes obras que se supone que un gran pianista de concierto debe tocar, está representada la música de épocas y autores sumamente interesantes y fértiles- como lo es el propio Enescu- música que no siempre cuenta con el apoyo de una tradición interpretativa previa y en la que la investigación y la proyección individual se hacen imprescindibles.

   El culto al virtuosismo como herramienta de expresión inseparable del colorido y vehículo de transmisión de ideas a las que se llega a través de procesos de lucidez intelectual de alta complejidad; cultura histórica, filosófica y, por supuesto, pianística son otras de las señas de identidad de un músico que- independientemente de su evidente brillantez- destaca netamente por su capacidad para emocionar y conmover al público, tanto por la riqueza y la fuerza conceptual de sus ideas como por la pulsión magnética de un temperamento de enorme intensidad que permite la entrega sin restricciones en cada interpretación, aportando una inmediatez creativa desconocida a través de  un proceso casi ritual en el que los acontecimientos parecen ir generándose constantemente, con una aparente espontaneidad bajo la que subyacen el rigor intelectual y el conocimiento profundo.

   Estas características esenciales se pudieron apreciar claramente en un programa centrado en la música española -con el contrapunto impresionista de Debussy y Enescu- y en el último Brahms, presentado por Schumann, cuya Arabesca de apariencia inocente alcanza en manos del pianista valenciano niveles de fuerza dramática novedosos, con cotas de sublime intensidad poética en un final que parece renunciar al adiós merced a su enlace repentino con los intermezzi brahmsianos. Música de soledad que Brahms parece reservar para sí mismo y que probablemente haya supuesto el momento cumbre del recital. Josu de Solaun parece transcender de lo contemplativo, ampliando los límites de la expresión e intensificando el elemento pasional, a la búsqueda de una concepción dramática en la que el conflicto prima sobre la resignación.


   Dulzura infinita en esa Berceuse escocesa que abre el op. 117 tras el prefacio significativo de Johann Herder y que claramente incrementa su luminosidad  cuando se reexpone después de una oscura sección central cuya expresión anhelante el pianista acentúa intensamente. Efectos de pedal que rayan en lo hipnótico, transparencia polifónica y un control asombroso del  sonido nos introducen en una serie ininterrumpida en la que la sonoridad no cesa entre los sucesivos fragmentos, incluso en el cambio de ciclo hacia las 6 piezas de un op. 118 que el pianista parece concebir como continuación del anterior, dotando al conjunto de una cohesión interna que pudiera señalar a Schumann como referente, merced a la vehemencia de un discurso apasionado, de movilidad constante en lo emocional y en lo agógico. Ardor juvenil e ímpetu febril en los arpegios del Intermezzo op. 118 nº 1;  estrecho contrapunto en un nº 4 que De Solaun conduce desde el drama inicial al dramatismo de un final demoledor; ternura, pasión contenida, maestría contrapuntística y ambivalencia del nº 2;  distensión relajada en nº 5, cuya melodía ubicada en la voz central es expuesta con fascinante delicadeza en un clima que recuerda a la berceuse anteriormente escuchada, mostrándose en manos del pianista como la única pieza que realmente aporta distensión al conjunto y cuyo sabor levemente arcaizante y sonoridad sutilmente envolvente en las variaciones rítmicas y ornamentales sobre el bajo en musette de la sección central constituyeron un auténtico disfrute sensorial; empuje irresistible en una Balada más cercana a las Rapsodias que a la lejanas referencias del op 10; concepción pianística plenamente schumaniana en un Intermezzo op. 117 nº2 de vocación monotemática y opresión paulatinamente incrementada en un nº 3 que, partiendo de una letanía monódica de carácter fúnebre, desemboca en un final de amargura y desolación casi definitivas, a la espera de la lectura sobrecogedora que De Solaun realiza de un intermezzo final del op. 118 concebido como un avance hacia lo inexorable y en que su sección central, lejos de buscar la distensión parece exacerbar la protesta conduciendo a una conclusión agónica.


   Cuatro de las páginas más conocidas de Debussy sirvieron como transición al último bloque del programa. Unos velocísimos Fuegos de artificio de vocación lisztiana, de cuya pulsación parecen realmente saltar chispas por momentos, dan paso a una Ondine vaporosa e irreal en la que el tempo fluye en ondulación permanente y el refinamiento sonoro se convierte en protagonista. Minstrels aporta concreción y realismo a una descripción que combina el humor con el contraste, acentuando el cierto desorden latente en la pieza mientras que Claire de Lune nos muestra al Debussy más joven en una obra de vocación verlainiana e intenso romanticismo, nunca estática en la alquimia sonora creada por de Solaun.

   El piano español estuvo representado en este programa desde su vertiente nacionalista por el Mosaico hispano de Vicente Chuliá -interesante muestrario de distintos motivos populares, sabiamente engarzados de manera ininterrumpida, que forman un atractivo conjunto pleno de luminosidad y colorismo-  y por la grandiosa Fantasía bética de Manuel de Falla, además de la pieza final de la primera parte de Goyescas, Quejas o la maja y el ruiseñor interpretada como bis. También de Granados pudimos escuchar su Allegro de concierto, obra que, ubicada en el entorno salonístico, bebe en las fuentes de Liszt y Chopin en lo pianístico y que, tras el intenso clima opresivo del Brahms anterior, supuso una bocanada de aire fresco y una exhibición de bravura y virtuosismo. También en el género de salón se encuadran los siete Valses poéticos del compositor catalán, un probable homenaje a Schubert que en la versión de Josu de Solaun se aproxima más bien al espíritu schumaniano de Papillons o Carnaval op 9 .


   Dedos centelleantes que desgranan velocísimos trazos; humor y evocación sentimental, todo antes del arranque fulgurante de una Fantasía bética antológica, concebida de un solo trazo y en la que  la guajira central, melancólica y sensual, aminora temporalmente una tensión sin respiro que el pianista conduce hasta lo paroxístico, en una versión con vocación de transcendencia en la que su virtuosismo desbordante utiliza todos los recursos a la búsqueda de sonoridades- a veces orquestales, a veces descarnadas- que no excluyen  lo onomatopéyico, la dureza berroqueña o la sensorialidad voluptuosa, conformando un pianismo abrumador como pocas veces se ha escuchado, al servicio de una imaginación y sensibilidad  desbordantes cuya entrega y fuerza esencial impresionaron a un público entregado.

   Las mágicas sonoridades del Carrillón nocturno de un Enescu siempre sorprendente nos trasportan a un universo de campanas a través de  encadenamientos sucesivos de novenas y octavas aumentadas en los registros más agudos. La levedad de una pulsación milimétricamente controlada, la maestría de una pedalización calibrada hasta el límite y esa genuina capacidad para hacer surgir la música como si en el  mismo momento se descubriera conformaron otra versión fascinante que sirvió de cierre a un recital de intensidad inusual que supone la presentación en Asturias de un intérprete que bien podría convertirse en pianista de culto en un futuro no lejano.

Autor:F. Jaime Pantín
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