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Crítica: Josu De Solaun en el ciclo «Clásicos en Verano» de la Comunidad de Madrid

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30 de julio de 2019

El profeta ya está en casa 

Por Francisco Zea Vaquero
Navalcarnero (Madrid). 28-VII-2019. Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. Franz Joseph Haydn: Sonata en do menor nº 33 Hob XVI: 20. Robert Schumann: Davidsbündlertänze op. 6. Frederic Chopin: Nocturno en si mayor, op. 62 nº 1. Claude Debussy: Suite Bergamasque. Franz Liszt: Vals Mefisto. George Enescu: Carrillón Nocturno, op. 18, nº 6. Josu De Solaun  (Piano).

   Por segundo año consecutivo comparece el pianista español Josu De Solaun en el certamen Clásicos en Verano, que se desarrolla en pequeños municipios de la Comunidad de Madrid desde hace más de 30 años cada mes de julio. El número de conciertos es ambicioso; casi setenta en cuatro fines de semana. Aunque los medios de tan hercúlea labor son escasos, y ello redunda, puntualmente, en condicionantes para la música (acústicas, y espacios complejos para la audición, escasa difusión) y su interpretación (precariedad organizativa en la reserva de estos espacios). Sin embargo, hay que alegrarse de la buena salud y larga vida de esta convocatoria, que permite a aficionados y paseantes, disfrutar de maravillas arquitectónicas conocidas sólo de los habitantes, apenas de los madrileños en general. Por supuesto, los músicos españoles más jóvenes, o menos conocidos en las grandes salas de conciertos de nuestras ciudades, encuentran aquí un entorno donde darse a conocer, en algunos casos, o donde explotar cómo virtuosos todas sus capacidades artísticas. Este último es el caso del protagonista de la velada.


   Antes de hablar de programa concreto, o de obras maestras habría que empezar diciendo que nos hallamos en presencia de un músico integral en su disciplina: el Piano. En nuestros días es fácil escuchar o leer que este, o aquel famoso, son grandes artistas, o por demás, geniales. La cosa se ha desvirtuado tanto, que hoy en día una carrera musical se hace más en internet, con un buen trabajo de red social, o en televisión, a base de reseñas en telediarios, u otros espacios menos recomendables incluso. Desde este punto de vista el rasero está tan bajo, que un artista, y genio seguro (cómo no!) puede ser el último rapero del momento, o alguien de la tele, o Beethoven, o un pianista con padrinos poderosos, y buenos técnicos de sonido. Si miramos atrás, al tiempo de la edad de oro del piano, al siglo XX, las carreras profesionales eran progresivas, y cadenciosas, de profundo estudio y preparación, y sólo en algunos casos de rasgos geniales con dotes excepcionales. Por segunda vez vuelvo a cerrar el párrafo con nuestro compatriota, el valenciano De Solaun. Está claro el porqué.

   Su pensamiento pianístico es poner al servicio del compositor todos sus recursos técnicos; un sonido verdaderamente notable en calidad y volumen, una técnica de aparente fácil mecanismo y relajada percusión (como resultado trinos, acordes y arpegios siempre limpios), completa independencia de manos, pedales infalibles, y un estilo de fraseo y acentuación, expansivo y ambicioso, que da magnitud al repertorio todo. Las gamas dinámicas mostradas son completas; desde el Fortissimo restallante y metálico, nunca abierto el sonido, hasta los pppp que exigen algunos compositores, o bien, la coherencia del intérprete cuando ensancha el tempo hasta el infinito posible. La aparente facilidad de resorte procede del antebrazo que le permite con relajación atacar desde la tercera y cuarta octavas todo el teclado, y sólo en momentos puntuales de paroxismo virtuosístico utilizará la técnica corporal completa para moldear el sonido. Este gesto técnico relajado, y una profunda concentración le permiten alcanzar cúspides sonoras, grandes arcos de respiración, o el clímax expresivo que jalona sus interpretaciones.

   Cuando este pianista prepara un programa, salta a la vista, lo hace de forma muy intensa en su preparación. Se intuyen muchísimas horas de trabajo, y por ello entendemos que sus enfoques tengan éxito. Los expansivos discursos sobre el tempo marcado inicialmente en partitura nos llevan a multiplicar las facultades de las obras en atril. Sin embargo, ello sería imposible sin una gran preparación de la materia sonora, conocimiento del espacio físico del concierto, y un profundo conocimiento de la literatura pianística. Cómo vulgarmente en el argot de aficionado se dice, las obras «se caerían», y por el contrario vuelan hasta sus últimas consecuencias expresivas. Un mundo en cada nota, suspensiones sonoras, febril emoción, llámenlo cómo quieran. Todo esto es el Arte del Piano redivivo ¿Que más se puede pedir?

   Un programa de pianista puro de concierto, sin rollos manidos de veraneo, con repertorio macizo, y sin concesiones. Empezando con el repertorio clásico (Sonata nº 33 de Haydn) pero sin corsetería estilística. Extrayendo ya toda la belleza sonora que en hay en esos trinos y figuraciones, virtualmente repetitivas, pero que el músico supo atacar con imaginación y variedad. Este era el Haydn que Richter quiso en su madurez. Anchura expresiva y nobleza.

   Allí donde haya belleza sonora encontrareis a De Solaun. Así podría titularse la proeza instrumental que constituyeron sus Davidsbündlertänze, o Danzas de la Cofradía de David de Robert Schumann. No dejó de cantar con sincera emoción cada uno de los momentos poéticos, privados, y nupciales que el maestro de Zwickau nos legó en esta especie de gran fresco de miniaturas de juventud. Éstas representan sus cuitas de amor por Clara, trufadas con la defensa a ultranza del concepto artístico, es decir, su lucha y la de sus colegas contra los filisteos mediocres de la música que no veían más allá de sus narices. Aquí, más que nunca, se acentuaba su dualidad, o bendita esquizofrenia, la de sus dos personalidades; el enamorado y delicado Eusebius, o el fogoso y temperamental Florestán. De Solaun se toma casi 35 minutos para desgranar los 18 fragmentos, y a fe que lo disfruta. Igual canta nobles himnos, que se recoge en la intimidad del pianísimo, arrojado en los sforzandi, y delicioso en el tema de Clara. Su gran maestría le permite cubrir todos los sonidos con el pedal, obteniendo legatos increíbles cualquiera que sea la indicación de tempo. Fundamental en esta obra es la fantasía personal del artista, (dualidad Schumann- pianista) y así llegamos a la penúltima pieza donde se produce el momento favorito del concierto: alquimia sonora en la recapitulación temática, y fusión de los materiales, momento en que un servidor de la mano del pianista se eleva fuera de la sala a su esfera privada con Schumann.


   Habría que hacer aquí un alto para mejora. El único pero que se le puede poner al solista es el problema de las dimensiones del concierto. Para las obras que había en programa, habría hecho falta estar más tiempo en la sala; para asumir por ejemplo los bises, en una, digamos, tercera parte. Con la intensidad con la que toca, con la verdad con que trasciende y se entrega a la música el tiempo se detiene, o no sucede. Pero el hecho es que esas 2 horas totales, sin descanso necesitan públicos más entregados y entrenados, cómo los que había a finales del XIX, o principios del XX. De todas formas, para los creyentes, los que vivimos la música cada día, el recital pasó en un suspiro.

   Sin descanso y ya con el climax alcanzado, parecía difícil una segunda parte en mosaico (Un nocturno, Debussy, el espectáculo del Vals Mefisto, y un secreto privado de su favorito Enescu). Pues bien, De Solaun pone en juego todo su saber interpretativo, e inicia de nuevo un camino ascendente de trascendencia musical. El Nocturno de Chopin vuelve a ser tocado cómo una creación personal, sin ataduras estilísticas, con un legato impecable y unos trinos otra vez conmovedores.

   Con medias voces filtradas de pedal, y una acentuación innata en él, moldea la magia bergamasca de Debussy. Otra exhibición sonora de acordes y arpegios perfectos, milagro de métrica y dinámica. El tempo es tan amplio y los conceptos tan asentados, que el propio Michelangeli, el rey Arturo, estaría satisfecho con esta versión. Se producen las primeras muestras de delirio en el público. Sin querer, la gente se pone en pie y se comienza a manifestar el solaunismo.


   Cómo un tigre, y no ha de ser de otra manera, ataca De Solaun ese delirio sonoro (Vals, poema de Fuego, Danza,…) que es el Vals Mefisto de Franz Liszt, autor esencial para todo pianista. Sin miedo de problemas acústicos, o  fatigas de afinación del piano, se entrega a todo lo que exige la partitura, aquí sí, Liszt inclemente, no permite flaquear en el plano técnico, y no basta la abstracción meditativa de la sección central: debes ser un virtuoso. La dificultad es extrema por las vertiginosas ráfagas fortísimo que dispara el piano en un espacio tan difícil como el crucero de una iglesia, pero de nuevo nos lleva en vuelo diabólico a través del todo o nada de la forma libre. Pieza de bravura, y otra vez éxito clamoroso.

   Y para acabar, más difícil todavía. El misterio se adueña de la sala, la música de las esferas, campanas dentro de una iglesia tañidas por un piano. La soledad sonora. Carrillón nocturno de la Suite pianística de Enescu. Esta es la apuesta personal de Josu con su compositor fetiche, el único español con dominio proverbial de este repertorio. ¿A quién se le ocurriría tocar una pieza anticlimática y nocturnal, tras una exhibición pirotécnica al final de un programa oficial? La respuesta está clara, sólo aquel tan seguro de si, y del dominio del instrumento, que sabe mesmerizar al respetable, y dejarle fascinado, cuando ya no cabe más emoción.

   No hay programa de piano brillante sin un par de buenas propinas, y así fue. El valenciano nos deleitó, manteniendo el nivel, ya con todos entregados, con un collage de 2 preludios de Debussy; Feu d’artifice y Ondine. El refinamiento estilista y la delectación presidió la interpretación una vez más. Entre tanta orgía de sonido, ya nadie se acordaba de la música española, pero Josu sí lo hizo, obsequiándonos con La maja y el ruiseñor de Goyescas de Granados. Sin ninguna afectación, pero con entrega y verdad de pianista español cantó la música más hermosa para cerrar su gran recital. Vimos caras de felicidad, e incredulidad por el hecho musical presenciado. El agradecimiento general se evidenció con la práctica totalidad del público puesto en pie.

   Bueno, pues dicho está, y tras estos dos años de regreso a España, ya se puede decir que es profeta, y pródigo. En las grandes salas del país se está haciendo tarde para contar con este pianista musicológico y apasionado, tal vez pase de largo si los organizadores, agentes, e intendentes no están atentos. Es ya un secreto a voces que Josu De Solaun tiene enorme talento y medios para demostrarlo.

Foto: Facebook Josu De Solaun

Autor:Francisco Zea Vaquero
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