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Crítica: DiDonato protagoniza 'Maria Stuarda' en el Liceo

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26 de diciembre de 2014

EL VASO MEDIO...

Por Alejandro Martínez

23/12/2014 Barcelona: Gran Teatro del Liceo. Donizetti: María Stuarda. Joyce DiDonato, Silvia Tro Santafé, Javier Camarena, Michele Pertusi, Vito Priante, Anna Tobella. Orquesta y Coro del Gran Teatro del Liceo. Maurizio Benini, dir. musical.

   Sobre todos y cada uno de los elementos de esta producción cabe una doble ponderación: una más optimista y otra más severa. El vaso medio lleno o el vaso medio vacío. Ya nos habíamos pronunciado aquí sobre la Stuarda de Joyce DiDonato, al hilo de las representaciones londinenses de hace unos meses en las que se estrenó esta misma producción de Leiser y Caurier que nos ocupa. Lo cierto es que nuestra valoración no ha variado un ápice: el papel protagonista sobrepasa claramente la vocalidad de la mezzo norteamericana. Estamos, no cabe la menor duda, ante una artista esmerada, con entrega, si bien un punto histriónica, enfática en demasía a nuestro parecer. Sea como fuere, compone una Stuarda plausible en el plano actoral y escénico, pero la voz no le acompaña con igual fortuna. Y no porque atraviese un mal momento ni porque tuviera una mala noche.

   En su Stuarda hay frases cinceladas con indudable fortuna y verdad, sobre todo en los recitativos, con una fuerza teatral genuina, pero hay también sonidos ingratos, fijos algunos, de afinación dudosa otros. Así las cosas, DiDonato no termina de manejar con soltura y virtuosismo los recursos básicos que articulan el hacer de una intérprete belcantista. Viendo el vaso medio lleno, no es menos cierto que el trabajo de DiDonato se antoja meritorio, valiente, incluso un punto osado. Y es que quizá sea un atrevimiento empecinarse en cantar, ya por cuarta vez, tras Houston, Nueva York y Londres, un rol que no termina de cuadrar con sus condiciones vocales. Pero DiDonato es sin duda honesta al mostrarse con sus armas y sus limitaciones en escena, sin trucos ni artificios, desnudando su instrumento con sus luces y sus sombras. DiDonato, por cierto, ejecuta la versión que estrenase Maria Malibran en Milán en diciembre de 1835, recuperando por primera vez el libreto original de Maria Stuarda, tras su estreno en octubre de 1834 en Nápoles, transformada por la censura en Buondelmonte. En este sentido DiDonato se sitúa, lo quiera o no, en la estela de Janet Baker, aunque sin un instrumento tan depurado como el de aquella.

   La mezzo valenciana Silvia Tro Santafé brilló muy notablemente como Elisabetta, hasta el punto de eclipsar por momentos a la protagonista americana. Es curioso que no termine de tener el reconocimiento que su buen hacer merece. Su actuación en esta ocasión apenas admite reproche: apenas alguna leve tirantez en el sobreagudo y un regusto particular en su vibrato, un tanto agrio de tanto en tanto. No es la suya una voz de caudal voluminoso, aunque se antoja bien timbrada, homogénea y corre con facilidad, merced a una proyección ejemplar. Se mueve como pez en el agua en el belcanto, cuyos recursos domina con soltura. En escena plasmó una Elisabetta con la dosis justa de frialdad, impasible y calculadora, sí, pero también airada, vulnerable, con un orgullo herido que pugna por ocultar.

   En estas funciones el tenor Javier Camarena afrontaba el reto de un nuevo debut, con la parte de Leicester, un tanto a modo de tentativa antes de afrontar el gran caballo de batalla que Donizetti escribiese para los tenores, el Edgardo de Lucia di Lammermoor. Camarena ofreció un canto bien medido, ligero, franco, cargado de lirismo, sin excesos. Aunque quizá más cauteloso en el primer dúo con Talbot, dosificando sus recursos, lo cierto es que se fue creciendo durante la función, con un canto siempre sul fiato, saliendo más que airoso de una parte ciertamente ingrata, extensa y de escritura incómoda, constantemente sobre la notas de paso. La parte de Leicester transita apenas por el tercio agudo donde realmente brillan las dotes del tenor mexicano. Salvando todas las distancias que ustedes quieran y evitando comparaciones que serían injustas para ambas partes, lo cierto es que por momentos Camarena nos recordó aquí al joven Pavarotti, con ese canto natural, capaz de jugar a placer con dinámicas e intensidades en la emisión, siempre atento al libreto. Encontramos intachable la labor del resto de solistas, destacando especialmente el magisterio de Michele Pertusi en su pequeña parte como Talbot. Anna Tobella y Vito Priante rindieron también con una profesionalidad inatacable.

   Tras haberla visto ya en Londres, la producción de Moshe Leiser y Patrice Caurier nos volvió a defraudar grandemente, por su banalidad e inconsistencia. Es una propuesta vana, sin atractivo alguno para nosotros, ni por su escenografía ni por su dirección de actores. Abucheada en su estreno en el Covent Garden, estamos ante un trabajo mediocre, sin fuerza teatral, que sin duda presenta más interés para los propios intérpretes que para el público. Viendo de nuevo el vaso medio lleno, cabría apuntar que esta producción asume el carácter por lo general bastante estático de la obra, con un libreto que se sostiene de hecho sobre la fuerza dramática de sus protagonistas, en las que recae de hecho aquí el peso mayor de la representación.

   El trabajo de Maurizio Benini en el foso, aunque mostró un indudable oficio y un buen pulso concertador, adoleció de un ánimo levemente pesante, a menudo no tan vibrante y arrebatado como cabía esperar y como de hecho la música de Donizetti dispone en no pocas ocasiones. Le encontramos mucho más atinado en el acompañamiento a los solistas durante las páginas más henchidas de lirismo, cuajando asimismo una muy notable lectura de la escena final. A la orquesta titular del Liceo se le ven a menudo las costuras cuando aborda partituras belcantistas. Ya sucedió con el pasado Barbero de Sevilla que abría esta temporada y volvió a suceder con esta Stuarda. A la cuerda le faltó vuelo, un lirismo más genuino y natural, y el metal sonó por lo general destemplado. El coro titular del teatro, aunque discreto en su primera intervención, ganó enteros en sus intervenciones en el último tercio de la representación. El público respondió con tibieza durante la función, con un entusiasmo muy medido.

Fotos: A. Bofill / Gran Teatro del Liceo

Autor:Alejandro Martínez
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