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Crítica: Recital de Juan Jesús Rodríguez en el Teatro de la Zarzuela

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Autor: Óscar del Saz
29 de diciembre de 2025

Crítica de Óscar del Saz del recital ofrecido por Juan Jesús Rodríguez y Graciela Moncloa en el Teatro de la Zarzuela, con la orquesta del teatro dirigida por José Miguel Pérez Sierra

Juan Jesús Rodríguez

Emociones que vuelan sobre la técnica


Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 28-XII-2025. Teatro de la Zarzuela. Concierto con el título «Voces del Alma. Con Alma de Zarzuela». Obras de Reveriano Soutullo (1880-1932), Juan Vert (1890-1931), Jacinto Guerrero (1895-1951), Gerónimo Giménez (1852-1923), Amadeo Vives (1871-1923), Ruperto Chapí (1851-1909) y Federico Moreno Torroba (1891-1982). Juan Jesús Rodríguez (barítono), Graciela Moncloa (soprano). Orquesta de la Comunidad de Madrid. José Miguel Pérez-Sierra (director).

   Según comentó Isamay Benavente, directora del Teatro de la Zarzuela, sobre el escenario y de forma previa al comienzo del concierto, «Voces del Alma» constituye una iniciativa del Teatro para grabar en directo, para la posteridad, fragmentos de zarzuela interpretados por las mejores voces actuales, comenzando en este caso por la voz de barítono -predominante en la zarzuela-, y habiendo pensado para la ocasión en el barítono onubense Juan Jesús Rodríguez (1969), al que le seguirá -el próximo 27 de enero- la mezzosoprano María José Montiel.

   Largo y tendido se podría escribir sobre las cualidades de referencia de Juan Jesús Rodríguez, que ha paseado por los mejores teatros del mundo, a tres décadas de su debut, con voz de barítono dramático, viril, robusta, muy adecuada para un extenso repertorio estrictamente verdiano -aunque también para el verismo o para ciertos papeles mozartianos-, con centro grave, amplio registro vocal y medios suntuosos en armónicos, densidad en el metal, timbre resonante, agudos poderosos y metálicos, potencia siempre bajo control, con excelente giro y proyección para superar las orquestas, con emisión igualada arriba y abajo y dicción irreprochable, además de ser creíble actoralmente. 

   Todo ello, gracias a albergar una sólida técnica de canto, firme y sin fisuras que le ha permitido madurar artísticamente de forma sobresaliente. En la zarzuela, obviamente, destaca en cualesquiera de los papeles escritos para su vocalidad, y en cuanto al canto, su línea transmite gran expresividad, siempre de forma directa, auténtica, sin afectamientos, como lo hace también al expresarse públicamente. Destacamos que el Teatro de la Zarzuela siempre cuenta con él para los papeles clave de su cuerda, y no siempre los acostumbrados, ya que por ejemplo recordamos, no hace mucho, su meritoria contribución al «Juan José», de Pablo Sorozábal.

   El programa que nos ocupa, completado con la intervención de la muy eficaz soprano Graciela Moncloa resultó un viaje por las emociones y la técnica y, como también comentó el maestro José Miguel Pérez-Sierra, hubiera puesto de acuerdo a todo el público en una votación sobre el contenido de éste: tan delicioso como exigente para intérpretes y orquesta, es decir, un mosaico de cambios continuos de contexto, añadiendo el virtuosismo y la entrega máxima en los pocos minutos que dura cada número.

   Comenzando por las piezas solo orquestales, con entrega absoluta en todas ellas del maestro Pérez-Sierra y de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, que entienden la zarzuela como «espejo del alma española», y que el maestro lleva por todo el mundo, reivindicando sus contrastes entre lo popular y lo refinado, lo íntimo y lo heroico elevado a categoría universal, comenzó con el intermedio de «La leyenda del beso», que abrió el concierto, con una muy bien conseguida atmósfera romántica, colorista y con control en las dinámicas, así como un fraseo ‘legatísimo’. Muy empastadas sonaron las cuerdas graves y agudas, a la par que las maderas aportaron el ingrediente sensual. 

   El intermedio de «La boda de Luis Alonso» resultó con un inicio muy impulsivo, un pelín precipitado, brillando maderas y percusión, con una rítmica siempre adecuada y cohesionada, con los ‘tempi’ seleccionados de forma correcta, por lo que se transparentó fielmente toda la orquestación de Giménez. 

   Un poco más lento de lo que a nosotros nos gusta, y abriendo la segunda parte, resultó el fandango de «Doña Francisquita», porque entonces el ritmo de fandango pierde algo de brillantez, si bien hubo contrastes dinámicos adecuados. Las cuerdas estuvieron ágiles y los metales sonaron festivos. 

   Antes del final, sonó el virtuoso preludio de «La revoltosa», con inicio rotundo de los metales y la percusión, que contiene cambios súbitos de carácter, que fueron bien pergeñados, donde las cuerdas sonaron incisivas, el oboe solista ensoñador, amoroso, y los metales y la percusión estuvieron siempre brillantes.

   Juan Jesús Rodríguez apabulló con su primera salida en el concierto -la de Juan, el indiano- en ‘¡Mi aldea!’, de «Los gavilanes», solventando con maestría todas las dificultades en proyección dramática y necesidad de amplio ‘legato’, con mezcla de nobleza y calidez en la emisión para expresar nostalgia por su regreso, y con saltos entre registros medios y agudos muy fluidos, con uno final expansivo que llenó toda la sala del Teatro de la Zarzuela, que tuvo como premio el sonoro alborozo del respetable.

   De igual forma, ocurrió en la «Canción del sembrador», que discurrió con naturalidad y elegancia costumbrista en el canto silábico, donde se atendió a los acentos rítmicos que evocan el trabajo campesino de lanzar la simiente u observar el dorado sol como fuente de vida. Aunque no se llegó a acometer el agudo optativo -Sol natural-, la interpretación fue realmente impactante en todos los sentidos. 

   En ‘Los cantos alegres de los zagales’, de «La del Soto del Parral», la puesta en voz de nuestro barítono sonó sincera, sin afectación, armonizando adecuadamente la tensión entre amor y honor, con línea amplia y sostenida, por mor de un excelente control del ‘fiato’ en las frases largas y final con agudo estratosférico, largamente mantenido.

   Aunque pudiera parecer que el concierto hubiera sido diseñado para único lucimiento del barítono Juan Jesús Rodríguez, no fue tal, porque gracias a la perfecta complicidad de la soprano Graciela Moncloa, los dúos resultaron perfectamente retratados, aunque creemos que en algunas ocasiones la soprano debió abrir un poco más la espita del volumen para resultar más presente cuando cantaba a la vez que el barítono; afortunadamente, supo igualar todos los finales en ‘forte’, equilibrándolos con los de él.

   El dúo ‘¡Otra vez vuelvo a mirarte!’, de «Los gavilanes», resultó con muy buena resolución interválica de ella en ‘¡Juan!’ y fraseos muy bien coordinados por ambos durante toda la pieza. En ‘Ama, lo que usté me pide’, de «La rosa del azafrán», lucieron los rápidos diálogos con precisión y frescura, así como la adecuada dosis de retranca. El dúo ‘Ten pena de mis amores’, de «La del Soto del Parral», se aderezó con la dosis adecuada de expresión doliente y empaste vocal entre la nobleza baritonal y el lirismo sopranil. 

   Muy bien el acompañamiento y la dirección de Pérez-Sierra, que estuvo siempre atento a los cantantes y predispuesto a la creación de atmósferas. Finalmente, se ejecutó ‘¿Por qué de mis ojos los tuyos retiras?’, de «La revoltosa», reflejando a las claras celos y coquetería, y temperamento sin perder elegancia. El acompañamiento, siempre fue ligero y vivo, con figuraciones que sostienen el carácter del toma y daca típico del enfado y reencuentro entre las parejas.

   Después de varias veces a saludar, correspondiendo a vítores y aplausos del respetable, Juan Jesús Rodríguez concedió la romanza ‘Luche la fe por el triunfo’, de «Luisa Fernanda», sello de la firmeza ideológica de Vidal, con una muy buena ejecución en la administración y canto sobre el aire, expresando a la perfección las convicciones políticas y amorosas del personaje -alternando fuerza con momentos más íntimos-, con nobleza y autoridad, atacando los registros agudos de forma plena y sin tensión. El agudo final, en su sitio, como siempre, expandido, potente y exhuberante. Para finalizar, se interpretó sin orquesta y a dúo -en castellano- el villancico «Blanca Navidad», del ruso-estadounidense Irvin Berlin, invitando al público a acompañar cantando a los dos protagonistas.

   Todo un acierto para esta nueva idea del Teatro de la Zarzuela el contar con Juan Jesús Rodríguez, artista íntegro y que, en un plano más personal, y comprometido con la sociedad, ha utilizado su visibilidad para denunciar la precariedad del sector artístico en España y defender a nuestros cantantes, su precariedad, y la negación por parte de algunos teatros españoles, al rechazar el premio al «Mejor Cantante Español» en una gala (Ópera XXI), denunciando la falta de apoyo institucional y la precariedad laboral que sufren los artistas-cantantes en España. 

   También ha demostrado una clara afinidad con proyectos solidarios, como su colaboración con «Ópera sin Fronteras, pediatría e integración en África» y «Kiva India», que pone en valor la educación y la cultura como transmisores de integración y empoderamiento. 

   Desde estas líneas, deseamos a los amables lectores una venturosa salida y entrada de Año.

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