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Crítica: Juanjo Mena y Nikolai Lugansky inauguran la temporada de la OCNE con obras de Rachmaninov y Ravel

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18 de septiembre de 2018

Comienzo de altura

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 14-IX-2018. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Nikolai Lugansky, piano. Director musical, Juanjo Mena. Concierto para piano y orquesta n°3 en re menor, opus 30 de Sergei Rachmaninov. Daphnis et Chloé de Maurice Ravel

   Con el cartel de “no hay billetes”, el viernes 14 se levantó el telón a la nueva temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. De nuevo a mediados de septiembre, algo insólito durante muchos años en que había temporadas que empezaban a mediados de octubre, pero un hecho ya en las últimas temporadas –desde que David Afkham es su director principal– del que nos alegramos. Una temporada con veinticuatro programas, que se va a extender cerca de 10 meses –hasta el último fin de semana de junio–, repleta de programas interesantes y de intérpretes de primer nivel de la que iremos dando cumplida referencia.

   Dos obras clave del gran repertorio las de este concierto inaugural, compuestas en fechas paralelas por dos músicos prácticamente contemporáneos –Rachmaninov nació un par de años antes que Ravel y le sobrevivió siete– aunque con lenguajes e intereses musicales muy distintos. Ambos fueron autores de parte del corpus pianístico más importante del S.XX, pero sus caminos divergieron. Mientras podemos considerar al ruso el último de los grandes románticos –el virtuoso del piano más famoso de su tiempo y un maestro en el tratamiento orquestal– el francés fue una de las figuras clave del comienzo del S.XX, con una influencia enorme en toda la corriente neoclásica que, entre otros, representaron Igor Stravinski o el “Grupo de los seis”.

   Teníamos también dos nombres de prestigio. Juanjo Mena –actual director asociado de la OCNE– a la batuta, en uno de sus primeros conciertos tras haber terminado este verano en los PROMS londinenses, de la manera más brillante posible, su titularidad al frente de la BBC Philharmonic, y Nikolai Lugansky, uno de los grandes pianistas del momento.

   La velada se abrió con el Concierto para piano y orquesta n° 3 en re menor del ruso. Tras el éxito apabullante que obtuvo en 1901 con su Segundo concierto, Rachmaninov sumó a su condición de pianista excepcional, la de ser un compositor plenamente reconocido. Su primera gira como concertista por EE.UU. estaba prevista para 1909 y quiso componer un nuevo concierto para la ocasión. Lo estrenó él mismo al piano el 28 de noviembre en Nueva York junto al mítico Walter Damrosch –un mes después lo interpretó con Gustav Mahler a la batuta– y fue recibido con grandes aclamaciones. El triunfo se repitió casi a diario durante la gira y desde entonces, lleva más de un siglo convertido  en una de las obras favoritas del público.

   Nikolai Lugansky, heredero de la gran Tatiana Nikolayeva, llama la atención por su brillantez, su poderío, y por una técnica superlativa que le permite solventar cualquier tipo de dificultades. Siempre ha mantenido una pose algo hierática y una cierta frialdad natural, pero concierto a concierto, recital a recital, nos demuestra que no solo tiene dedos, sino también una musicalidad innata que ejerce con sutileza y con una pulsación clara, precisa y transparente, marca de la casa. Si a todo ello le sumamos su gran conocimiento de la obra de Rachmaninov, y su facilidad para construir y desarrollar las obras a las que se enfrenta, las expectativas eran altas.

   Lugansky no defraudó. Todo lo contrario. Es verdad que hubo un punto de rigidez en el precioso tema inicial, aunque poco a poco se fue soltando, y ya en la primera escala descendente, su poderosa mano izquierda nos avisó de que “ya estaba aquí”. Por su parte, Juanjo Mena y la orquesta perfilaron una transición muy cuidada al segundo tema, donde Lugansky se soltó del todo. A partir de ahí, la obra fluyó con una naturalidad pasmosa. Al discurso brillante de Lugansky, con acordes y escalas primorosas, respondían de igual manera el Sr. Mena y la orquesta. Una poderosa cadenza, de gran introspección y donde huyó de toda sensiblería, puso el punto culminante al Allegro ma non tanto inicial. Todas estas virtudes se repitieron en el hermoso Adagio intermedio, donde el Sr. Mena marcó un tempo quizás excesivamente lento, las cuerdas cantaron con lirismo y los solistas de viento de la orquesta demostraron su valía. Lugansky “reapareció” refulgente y nos llevó flotando al Finale: Alla breve. Ahí se tiró definitivamente a la piscina. Con un fraseo brillante, claro, transparente, con escalas y unosacordes marca de la casa –y también algún pequeño fallo normal en una obra de esta dificultad– y un gran control del pedal, nos dejó una interpretación inolvidable con la que el público cayó rendido a sus pies.

   La segunda parte del programa estaba reservada para el ballet Daphnis y Cloe. Ravel empezó su composición también en 1909, terminándola tras varias revisiones en 1912. Estrenada por el mítico Nijinsky en el Teatro del Chatelet de Paris, con Pierre Monteux a la batuta es estricta contemporánea del Preludio a la muerte de un fauno de Claude Debussy, estrenada en el mismo teatro un par de semanas antes. Ambas son obras que marcaron el devenir de la música a partir de entonces.

   Daphnis y Cloe, para gran orquesta, de casi una hora de duración,es de una belleza apabullante y de una riqueza orquestal marca de la casa. Consta de tres escenas, y durante muchos años, lo más habitual era programar la Suite n°2, que abarca los 3 números de la última escena. La suite ha permitido mantener la obra en los escenarios, pero en esta ocasión, afortunadamente, tuvimos la partitura completa. En ella vemos más claros los distintos temas que nos transportan por el bucólico mundo del compositor vasco-francés. La presencia del coro, que susurra sin palabras en distintos momentos de la obra, complementa la tímbrica y crea una espiritualidad única. En fin, una partitura para exprimir al máximo las bondades de una orquesta, y para evaluar lo que un director es capaz de hacer con ella.

   Y el resultado fue de un alto nivel. Juanjo Mena, que ya había interpretado la obra anteriormente con la BBC Philharmonic se manejó con conocimiento y soltura, extrayendo lo mejor de los profesores de la Orquesta Nacional. Planteó una versión con vida propia, donde las danzas de la escena inicial se sucedían unas a otras, y donde Mena bailaba –literalmente sobre el podio–, hacía bailar a la orquesta, y nos llevaba de su mano a bailar en nuestros asientos. Hubo momentos preciosos como la transición entre las Danzas de Dorcon y Daphnis, el gran crescendo que hay en ésta con la entrada del coro, o toda la Danza de la ninfas. La Danza guerrera tuvo toda la intensidad necesaria, aunque quizás faltó pulir algo más el sonido. Tanto en el Amanecer como la Bacanal final nos acercaron al éxtasis.

   Gran versión por tanto de Juanjo Mena en la que predominó el sentido narrativo sobre el refinamiento tímbrico, pero donde hubo el calor, y la belleza y la intensidad necesarias. La Orquesta Nacional se mostró en gran forma, con una cuerda cálida y embriagadora, y con unas maderas y unos metales atinados y precisosen una partitura donde están expuestos de principio a fin, y fue justamente recompensada con grandes ovaciones por un público que se rindió a ellos.

   En resumen, un gran concierto inolvidable en lo musical, y que a punto estuvo de serlo también por otro triste motivo. El grado de irresponsabilidad y de falta de educación que mostró parte del público alcanzó niveles inauditos. Ya no es que sonara algún móvil, no. Es que en la primera parte, sonaron tres. Es que el Sr. Mena tuvo que empezar el acorde inicial del Daphnis SIETE veces, siete. En cada una de ellas, ruidos de móviles, alarmas y voces lo impidieron. Si yo hubiese sido él, me habría ido sin dudarlo al camerino. ¿Fue solo eso? No. Aun hubo al menos otros cuatro móviles sonando en el Daphnis. Lamento escribir esto, pero creo que hasta que no se expulse a estas personas de los auditorios y se les impida entrar durante una buena temporada, seguirán campando a sus anchas, molestándonos a todos. Si en los estadios de futbol se han ido eliminando a los ultras, no entiendo por qué en teatros y auditorios no se empieza al menos a intentarlo.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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