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Crítica: Julian Rachlin y Pablo González con la Sinfónica de RTVE

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Autor: Raúl Chamorro Mena
29 de noviembre de 2021

El violinista Julian Rachlin y el director Pablo González interpretan obras de Saint-Saëns y Shostakóvich en la temporada de la Sinfónica de RTVE

Julian Rachlin

Grande Rachlin

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 25-XI-2021, Teatro Monumental Cinema. Temporada Orquesta y Coro RTVE. Concierto para violín nº 1, op. 77 (Dmitri Shostakovich). Julian Rachlin, violín. Sinfonía nº 3 «con órgano», op. 78 (Camille Saint-Saëns). Juan de la Rubia, órgano. Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión española. Director: Pablo González.  

   Después de finalizar las inmensas penurias sufridas por Dmitri Shostakovich en el cerco de Leningrado por parte de las tropas Nazis, a lo que se unió el prestigio ganado con su Séptima sinfonía, poco le duró la tranquilidad al genial compositor, pues las acusaciones hacia su música de formalismo filoburgués en contra del realismo socialista, le colocaron en el ojo del huracán al constar expresamente -junto, entre otros, a Prokofiev, Myaskovsky y Khachaturian- en el llamado Decreto Andréi Zhdánov, a la sazón consuegro de Stalin, de febrero de 1948 .

   Lo cierto es que el Concierto para violín número 1 se gestó en ese mismo año, pero no se estrenó hasta 1955 por parte del dedicatario de la misma, el eximio violinista David Oistrakh, «el gran David», uno de los más grandes de la historia. La obra, una combinación de técnica descollante, hondo virtuosismo y profunda carga expresiva enaltece la grandeza artística del violinista nacido en Odessa y no puede desligarse de la misma. Desde luego, la interpretación que ofreció en el concierto que aquí se reseña un Julian Rachlin de técnica superdotada, sonido espléndido, acentos apasionados y honda autoridad musical, fue sobresaliente y con una prestación orquestal a la altura, hubiera alcanzado una cima memorable.  

   Primorosa, plena de expresividad y de acentos, con una gama dinámica y de claroscuros deslumbrante, fue la exposición del sublime nocturno por parte de Rachlin, que en este primer movimiento sí contó con un acompañamiento cómplice y colaborador por parte de Pablo González y la orquesta, adecuadamente recogida al planteamiento del solista, que llegó al susurro en su control de la intensidad del sonido y juntos transmitieron el profundo misterio del fragmento. El contraste, marca de la casa, con ese sarcasmo e ironía tan propios de Shostakovich, llegó en el segundo movimiento, con un Rachlin pletórico de sonido, de técnica, de pulso rítmico, de garra y temperamento, que incluyó pisotones en el escenario y gesto encendido. A diferencia de los grandes conciertos para violín románticos, en los que se sitúa en el primer movimiento, Shostakovich colocó la cadencia en el tercero, la Passacaglia, y se trata de una de las más largas y exigentes virtuosísticamente de todo el repertorio. Después una Passacagiia intensísima, de profunda expresividad, que demostró la capacidad del solista para crear clímax, así como su jerarquía musical, qué decir de la manera delumbrante en que Rachlin reprodujo la referida cadencia en una apasionante mezcla de rotunda técnica, concentración y temperamento dramático.

   En el último movimiento, Burlesque, la exigencia virtuosística se mantiene y Rachlin la reprodujo con la facilidad propia de los elegidos, sin que decayera la intensidad y la pátina de colores que surgía del Stradivarius del violinista lituano, en esa lucha solista-orquesta que plantea Shostakovich con esa apariencia de ironía sarcástica con fondo amargo, que encierra este capítulo final del fabuloso concierto. Si en el primer movimiento, González y la orquesta colaboraron plenamente con el solista, plegando la orquesta a la gama dinámica, intensidad expresiva y primoroso lirismo del violín de Rachlin, en los siguientes, lamentablemente, reinó la grisura, la falta de contrastes, el aparato sonoro estridente y superficial ayuno de inspiración. 

   La segunda parte constituía un homenaje a Camille Saint Säens en el centenario de su fallecimiento, con la interpretación de su bellísima sinfonía con órgano, pero la empresa aparecía fallida de raíz, pues se interpretaba una obra en que el órgano tiene un papel fundamental, precisamente, en un recinto que carece del mismo. El «apaño» no funcionó y los pocos momentos que pudo escucharse el órgano se apreció el talento de Juan de la Rubia, que mostró un concepto de fraseo muy superior al de la batuta, que no empastó con él en ningún momento, más bien le sepultó en un ruidoso marasmo sonoro sin articulación, ni la transparencia y calidad de sonido que puede ofrecer la orquesta de RTVE. El precioso adagio no tuvo vuelo alguno, la orquesta no cantó debidamente, el órgano no tuvo el protagonismo requerido y no encauzó el desarrollo de la obra, que discurrió plana, anodina, plúmbea y sin detalle alguno. Uno espera, eso sí, escuchar esta sinfonía al talentoso organista Juan de la Rubia en mejores circunstancias y, sobre todo, en una sala que cuente con un órgano como Dios manda. 

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