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Crítica: Kavacos y Salonen en la temporada de la Filarmónica de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
25 de marzo de 2016

CONCIERTO HETERODOXO

Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. David Geffen Hall  18/3/2016. Temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Nueva York (NYPO). New York Choral Artists, dirigidos por Joseph Flummerfelt. Leonidas Kavakos. Director musical: Alan Gilbert. Concierto para violín y orquesta en re menor, op. 47 de Jean Sibelius. Suite de La edad de oro, op. 22a de Dmitri Shostakovich. Karawane de Esa-Pekka Salonen.

   Si la semana pasada hablábamos de Esa-Pekka Salonen como director de la Sinfonía turangalila, de Olivier Messiaen, ésta nos encontramos de nuevo con él en su faceta de compositor. La NYPO le nombró “Compositor residente” esta temporada y las dos siguientes. Hay por supuesto muchas razones musicales para ello, pero quizás también estuviera entre ellas la intención de “ablandarle” y que se decidiera a aceptar la dirección musical de la orquesta. Pero el finlandés está en estos momentos por potenciar su faceta de compositor.

   Su última composición para orquesta, Karawane, ha sido un encargo de cinco orquestas, entre ellas la NYPO. Cuando se decidió que se estrenara en Zurich, Salonen buscó una conexión con el pasado cultural de la ciudad, y lo encontró en el dadaísmo, movimiento cultural que salió a la luz en 1916 en el Cabaret Voltaire, fundado entre otros por el poeta alemán Hugo Ball. Redactó el “Manifiesto dadaísta” y ese mismo año presentó el primer poema fonético de la historia del dadaísmo: Karawane, que contiene 17 versos de lenguaje “sintético”, consistente en articulaciones de fonemas e interjecciones carentes de sentido. A partir de este “sinsentido”, como el propio compositor lo definió en la charla que mantuvo con el director Alan Gilbert antes de la interpretación de la obra, el Sr. Salonen compuso durante año y medio una obra de gran formato, de cerca de media hora de duración, con muchas caras que fue estrenada por la Orquesta de la Tonhalle en Zurich el 10 de septiembre de 2014. Año y medio después ha llegado a Nueva York.

   El Sr. Salonen vive aproximadamente medio año en la meca del cine, Los Angeles, donde tras su etapa de 17 años como director musical de la Orquesta Filarmónica, ahora es el “Director laureado”. Y musicalmente, Karawane es una obra heterodoxa con influencias del mundo del cine. Compuesta para coro y gran orquesta, con una enorme sección de percusión, comienza con un coro de susurros y zumbidos que van construyendo poco a poco sílabas “más o menos” entendibles del poema, sobre un fondo orquestal creado por las cuerdas en pizzicato. Tarda unos minutos en enganchar, pero una vez pasa el efecto sorpresa, va saliendo a la luz una obra densa, bien construida, con pasajes orquestales brillantes y efectos musicales de primer nivel. Tienes la sensación de una obra de ida y vuelta continua, con ondas sugerentes que no paran.  Hay juegos cuerdas-maderas, a los que se les van sumando metales y percusión de indudable atractivo. El más llamativo es el que dibuja el solista de violonchelo, en una frase cálida con fuerte “rubato”, a quien primero se suma el oboe y luego la percusión sobre el fondo orquestal creado por las cuerdas. Al oyente le viene a la cabeza músicas y ritmos de Prokofiev, de Mahler o de Bernstein, que evocan paisajes y mundos lejanos. Sus cantos y armonías van desde algún momento anodino a otros más complejos y profundos que abren otra ventana al siguiente paisaje. La obra que perfectamente podría ser la banda sonora de una película de aventura, no es rompedora. Deja sin embargo un poso de inquietud, cosmopolitismo y belleza. Tanto orquesta como coro rindieron a un gran nivel de la mano de un Alan Gilbert quien ha trabajado esta semana codo con codo con Salonen.

   Previamente, en la primera parte, el concierto comenzó con el violinista griego Leonidas Kavakos interpretando el Concierto para violín de Sibelius. Si hace unas semanas, dimos cuenta de una versión “ortodoxa” y por momentos “incendiaria” de la obra por Hilary Hahn y la Orquesta de Minesotta, aquí nos enfrentamos a un concepto radicalmente distinto.  Llevo oyendo a Kavakos en vivo, tanto en conciertos como en recitales desde 1992 cuando interpretó en el ciclo de la ONE el Concierto “a la memoria de un ángel” de Alban Berg. Siempre ha sido un solista de un altísimo nivel técnico, con un sonido pleno y un poderío fuera de lo común conjugado con un sentido musical impecable.

   El viernes me sorprendió aún más. Su versión, radicalmente distinta de su grabación de los 90 con Osmo Vanska, fue heterodoxa por los tempi elegidos, mucho más lentos de lo habitual, y por la profundidad de la interpretación. La línea del violín fue transparente de principio a fin. Cálida y poderosa cuando se “enfrentaba” a la orquesta,y de una pulcritud extrema en la “cadenza” y en todo el adagio, donde el fraseolánguido y delicado le llevó a delinear unos pianísimos de quitar el hipo, y donde la delicadeza no estuvo reñida con un nivel de tensión excelso. En el “Allegro ma non tanto” final, volvió el Kavakos de antaño. Con “tempi” rápidos, más “canónicos”, gran poderío y un sonido pleno y arrebatador. Virtuosismo sí, pero no banal, sino al servicio de la obra.

   Alan Gilbert y la orquesta no se limitaron a hacer el típico acompañamiento de rigor. Fue un trabajo conjunto con mayúsculas, conjugando un refinamiento tímbrico de primera, “sin tratar de sobresalir”, en las partes más líricas, y cargando las tintas en los clímax, bien construidos y muy intensos, profundos y elegantes. Es una suerte poder oír en 15 días dos versiones tan distintas y a la vez apasionantes de esta cumbre de la literatura musical para violín.

   Entre medias de ambas obras, la Suite del ballet  “La edad de oro”, de Dmitri Shostakovich. Obra compuesta entre 1929 y 1930, nos trae al compositor vanguardista y heterodoxo de sus primeros años, que coqueteaba conscientemente con las músicas que llegaban tanto de Centroeuropa como de América, y que dieron fruto a obras como las Suites de Jazz, el Tahiti Trot y sobre todo, esa obra maestra que fue su primera ópera, “La nariz” que le traería sus primeros problemas con el régimen soviético. Orquesta y director dieron una versión directa, alegre y divertida, con destacadas intervenciones del concertino y los solistas de saxofón y xilófono

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