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Crítica: Karina Canellakis debuta con la Orquesta y Coro Nacionales de España

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
24 de octubre de 2017

LA OCNE SE MARCA UN TANTO CON EL DEBUT EN ESPAÑA DE ESTA DIRECTORA QUE, A DÍA DE HOY, ES MÁS QUE UNA PROMESA.

UN TANTO PARA LA OCNE

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 20-X-2017. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Edgar Moreau, violonchelo; Olga Pudova, soprano; Alexey Dolgov, tenor; Alexander Vinogradov, bajo. Directora musical, Karina Canellakis. Polednice (La bruja del mediodía), op. 108 de Antonín Dvorak. Variaciones sobre un tema rococó, op. 33 de Piotr Ilich Tchaikovski. Kolokola (Las campanas), opus 35 de Sergei Rachmaninov

   Desde hace unos años, en España hemos adoptado la costumbre europea y americana de darle un título a cada concierto. El del quinto de abono de la OCNE era significativo y llamaba la atención: “Poderosa Karina”. No se refería a ninguna de las obras programadas sino a la joven directora neoyorquina Karina Canellakis. Afortunadamente, hace tiempo que ya no es noticia el que una mujer se sitúe al frente de una centuria musical. Lejos están los tiempos de Nadia Boulanger, y afortunadamente, nombre como los de Eve Queler, Marin Alsop o Simone Young, y más recientemente la finlandesa Susanna Mälkki, la canaria Gloria Isabel Ramos, la mejicana Alondra de la Parra o la portuguesa Joana Carneiro, con mayor o menor suerte se han abierto o se van abriendo paso en el panorama musical.

   Tras el concierto del viernes podemos incluir en dicho grupo a Karina Canellakis. Violinista de formación, pasó por las aulas del Curtis Institute y de la Juilliard School. Grandes directores como Simon Rattle o Alan Gilbert le animaron a dar el salto al podio, y desde hace tres años, tras un debut de última hora en Dallas, se ha situado ya delante de varias orquestas de cierto nivel como Lyon, Toronto o Milwakee.  En este verano ha subido un peldaño más debutado con bastante éxito tanto en los PROMS londinenses con la BBC Symphony Orchestra, como con la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles en los conciertos veraniegos del Hollywood Bowl. Con el debut de este fin de semana en Madrid, la OCNE se apunta un tanto y sería deseable la posibilidad de establecer un vínculo a futuro con esta joven directora que o mucho nos equivocamos, o dará que hablar.

   La primera parte comenzó con el poema sinfónico “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak. Su exitosa experiencia americana había terminado en abril de 1895. Tras su regreso a Praga y su estancia veraniega en la casa familiar de Vysoká, Dvorak se enfrascó en sus dos últimos cuartetos de cuerda y en adentrase en la composición de un género extraño para él: el poema sinfónico. BedrichSmetana, el padre de la música checa, había compuesto bastantes, destacando entre todos ellos los seis que completaban la obra nacional checa por excelencia, “Mávlast – Mi patria”. Sin embargo, era una forma musical que Dvorak, que entonces contaba con 55 años y ya había compuesto sus 9 sinfonías, aún no había probado. La bruja del mediodía es el segundo de ellos, y parece una sinfonía en miniatura. Comienza con un Allegretto alegre y jovial, para irse adentrando en tiempos mas lentos cuando aparece la brujay posteriormente el padre. La parte final, cuando se consuma el drama, es de gran dramatismo.

   Karina Canellakis, con un gesto redondo, amplio y elegante, hizo una lectura clara y diáfana de la obra, de gran belleza, aligerando texturas y dejando que la música fluyera por si sola. El fraseo fue natural, ágil y cálido, salvo en el crescendo de “la aparición del padre”, donde aceleró más de la cuenta. Las maderas volvieron a brillar con luz propia, en especial el clarinete bajo y el fagot, tan importantes en la obra. Sacó de las cuerdas, sin esfuerzo aparente, un sonido rico y empastado, así como uno de los mejores pianísimos que he escuchado a esta orquesta.  

   La segunda obra del concierto fueron las famosas Variaciones rococó de Tchaikovsky. Escritas en 1876, fueron dedicadas a su compañero Wilhelm Fitzenhagen, responsable de la cátedra de violonchelo en el Conservatorio de Moscú. De corte claramente virtuosístico, el solista exprime todas las características y cualidades del instrumento a través de siete variaciones sobre el tema inicial más la coda. El solista fue el joven chelista francés Edgar Moreau. A sus 23 años, Moreau desplegó un sonido bello, amplio, ampuloso, de vibrato intenso, que llenaba la sala del Auditorio nacional. Dominó la pieza de principio a fin salvo en una de las subidas a la parte alta del diapasón en la variación central, donde el sonido clareó. Sin embargo mostró un temple enorme cuando el teléfono móvil de turno sonó de manera cruel y atroz en uno de los pianísimos de la penúltima variación.  Continuó como si tal cosa, a pesar de que el maldito teléfono sonaba y sonaba y no paraba de sonar. En fin, hasta que no se tomen otro tipo de medidas, estos impresentables fastidiarán la vida de intérpretes y público. El público reaccionó con evidentes muestras de aprobación y cariño, correspondidas con una propina. Canellakis destacó las líneas clásicas del acompañamiento, y mantuvo con guante de oro a las cuerdas, dándole al solista la cobertura necesaria.

   La segunda parte del concierto fue ocupada en su totalidad por la cantata “Las campanas” de Sergei Rachmaninov. Basada en una traducción rusa del poema de Edgar Allan Poe, es una obra brillante, de gran fuerza expresiva que requiere de orquesta, coro completo y tres solistas vocales. Compuesta en 1913, nos muestra a un compositor que a sus cuarenta años, es un maestro en el tratamiento de la orquesta, capaz tanto de manejar juegos camerísticos entre distintas secciones, como de resolver complejas secciones orquestales con contrastes tímbricos y dinámicos apasionantes. Consta de cuatro movimientos, como si fuera una sinfonía, y el sombrío movimiento final, nos anticipa mucho de lo que veremos un par de años más tarde en su obra maestra“Las vísperas”.

   Si en la obra de Dvorak admiramos la musicalidad con la que la Sra. Canellakis la trató, aquí nos deslumbró con su enorme capacidad para construir un edificio de estas dimensiones. Su lecturafue reveladora, consistente, vibrante pero controlada al mismo tiempo, y muy atenta a los múltiples matices que va desgranando el texto. Fue significativo su dominio de la obra – aunque dirigió con partitura rara vez la miró salvo para pasar páginas – y la aparente facilidad con que manejó a los 184 personas que estaban en el escenario. La orquesta, soberbia en sonoridad e intensidad, le respondió de la mejor manera posible, y el Coro volvió a refrendar el extraordinario nivel que constatamos hace unas semanas en el Réquiem de Fauré.

   El nivel no decayó en toda la obra aunque destacamos los dos últimos movimientos, Presto y Lento lúgubre, que fueron especialmente intensos. El público respondió con vehemencia y entusiasmo a la propuesta de la directora, que para su debut en Madrid, buscó un programa complejo y muy interesante, lejos del repertorio trillado.

   El tenor siberiano Alexey Dolgov fue el solista en el Allegro inicial, que arranca - en plan “La canción de la tierra” - con el tenor en las alturas, aunque aquí no solo enfrentado a la orquesta sino también al coro. Bastante discreto, su voz de poco volumen y su timbre no muy atractivo - lejos de la luminosidad de otros compatriotas suyos – no lució lo que la partitura permite. El fraseo fue algo atropellado y tampoco mejoró en el registro agudo, algo agrio y destemplado cuando canta en forte.

   La soprano Olga Pudova elevó algo el nivel en el Lento posterior, de un lirismo cálido e intenso. Su voz no es impactante pero cantó de manera elegante e intensa todo su alegato sobre las campanas de las bodas.

   En el Lento lúgubre final, el bajo Alexander Vinogradovmostró el mejor material canoro de la tarde. Típica voz eslava, oscura, de gran tamaño y con un timbre central muy atractivo, canta con cierto gusto, pero con un fraseo plano y poco expresivo.  

Foto: Rafa Martín

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