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Crítica: Kent Nagano dirige 'Las bacantes' ('The Bassarids') de Hans Werner Henze con la Orquesta y Coro Nacionales de España

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19 de junio de 2018

"Es absolutamente imprescindible la existencia de sobretítulos para que el espectador pueda seguir la obra y “adentrarse” en la interpretación de la misma".

Solo los Dioses son sagrados y lo que quieren hacer, lo hacen

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 15-VI-2018, Auditorio Nacional. Ciclo Orquesta y Coro Nacionales de España. The Bassarids -Las bacantes (Hans Werner Henze). Sean Panikkar (El extranjero-Dionisos), Franco Pomponi (Penteo), Mark S. Doss (Cadmo), Mihoko Fujimora (Ágave), Marisol Montalvo (Autónoe), Sara Fulgoni (Beroe), Nikolai Schukoff (Tiresias), Daniel Belcher (Capitán). Orquesta y Coro Nacionales de España. Dirección musical: Kent Nagano.  Versión concierto.

   Dentro de la abundante producción del compositor alemán Hans Werner Henze (1926-2012) destaca el apartado dramático con un ramillete de títulos que conforman una creación de gran importancia dentro del repertorio operístico del siglo XX. Entre ellos se encuentra The Bassarids (Las bacantes) basada en la tragedía de Eurípides, obra que pudo verse representada en el Teatro Real de Madrid el año 1999, coliseo que también programó L’Upupa (La abubilla) en 2004 -participando como coproductor en el encargo realizado por el Festival de Salzburgo- y contando en ambos casos con la presencia del propio compositor que afirmó en el primero de los casos, que Las bacantes era su obra más querida.

   Aunque esta ópera se estrenó en Salzburgo en 1966 con una traducción alemana bajo la dirección de Christof von Dóhnanyi, su libreto original -a cargo de Wystan Hugh Auden y Chester Kalman- está escrito en lengua inglesa y así se ofreció en este concierto del ciclo de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Ante todo, hay que efectuar un claro reproche. Hoy día y sobretodo ante títulos no habituales y de un repertorio que sigue siendo, en principio, “difícil” para gran parte del público, es absolutamente imprescindible la existencia de sobretítulos para que el espectador pueda seguir la obra y “adentrarse” en la interpretación de la misma. Además, es algo totalmente posible, ya que por ejemplo, las óperas que se han ofrecido en el mismo recinto dentro del ciclo Universo barroco del CNDM los tienen. Así las cosas, si ya el Auditorio Nacional presentaba algunos huecos (concurría, además, el debut de España en el Mundial de fútbol), las deserciones en el descanso fueron abundantes. Una pena, porque la composición de Henze tiene sumo interés, especialmente la orquestación, absolutamente fascinante. La obra se fundamenta en una monumental construcción sinfónica estructurada en cuatro movimientos, que no pudo tener mejor oficiante que el Maestro norteamericano Kent Nagano, en este caso todo un acierto su contratación para este evento. El músico californiano demostró su total afinidad y dominio del repertorio del siglo XX con una labor primorosamente organizada, que aseguró el perfecto equilibrio de esta colosal arquitectura, al mismo tiempo que, de menos a más, y en inexorable progresión dramática condujo al clímax del final de la obra. Ese conflicto entre la pasión, el desenfreno sensual, los placeres y el libre albedrío que representa Dionisos con su séquito de mujeres adoradoras, las bacantes, frente al control racional que simboliza Penteo, rey de Tebas, que finaliza con el triunfo del primero y el asesinato del segundo a manos de su propia madre Ágave y su hermana Autónoe. Nagano garantizó una concertación de gran factura, puso de relieve, con toda su brillantez, los colores y tímbricas de la espléndida orquestación sin olvidar la claridad y limpieza en las texturas, nada fácil ante una orquestación tan compleja y lujuriosa, además de obtener un gran rendimiento de la orquesta y del coro, espléndido especialmente el femenino, empastado y dúctil, capaz tanto del más embelesado canto piano como de las más rotundas explosiones sonoras.

   En cuanto al elenco vocal, lo primero que hay que valorar es la enorme dificultad que supone enfrentarse a una orquestación tan voluptuosa con la centuria situada detrás, a su altura. Dicho esto, es justo destacar en primer lugar al tenor norteamericano de origen cingalés Sean Panikkar, que ya desde su primera intervención impactó por la nítida y franca proyección de un sonido de gran atractivo tímbrico, que llenó el recinto y resultó ideal para encarnar al Dios de las bacanales y los placeres, un papel que interpretará este mes de Agosto en el Festival de Salzburgo a las órdenes nuevamente de Nagano. A destacar el envolvente lirismo y pujanza tímbrica con el que dotó a sus magníficos monólogos del final del segundo movimiento “I found a child asleep” y a la conclusión del cuarto “Yes, I am he: I am Dionysus”. Llevaba tiempo sin escuchar a la ya veterana mezzo japonesa Mihoko Fujimura y me sorprendió su apagada prestación vocal en la primera parte. Quizás se reservó para la segunda, en la que escanció esos sonidos potentes, restallantes, que recordaba de aquellas Branganias que le había visto hace años en la Opera de Viena junto a las Isoldas de Waltraud Meier y Deborah Voigt. Fujimura se mostró, además, muy emotiva en el terrible desenlace cuando se da cuenta que ha participado en el asesinato y descuartizamiento de su propio hijo. Notable, asimismo, Marisol Montalvo, soprano norteamericana especialista en repertorio contemporáneo, que afrontó el sobreagudísimo papel de Autónoe con una asombrosa facilidad y fondo musical, emitiendo el rosario de notas agudas con tanto desahogo como precisión. Mucho más discreto y plano, dentro de la dignidad, además de apechugar con una escritura más árida, el Penteo de Franco Pomponi, así como el Tiresias de Nikolai Schukoff, tenor que aún siendo más renombrado y con una ya importante trayectoria a sus espaldas se vió claramente superado por su colega de cuerda Panikkar. Tan duro y desigual de emisión, como dislocado de línea canora y de timbre escasamente noble, el Cadmo de Mark S. Doss. Muy discreta con una emisión retrasada y de escasa presencia sonora Sara Fulgoni como Beroe, e igualmente gris y de escaso relieve el capitán de Daniel Belcher.

Autor:Raúl Chamorro Mena
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