CODALARIO, la Revista de Música Clásica
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Crítica: Khatia Buniatishvili interpreta sonatas de Beethoven en el Auditorio Nacional de Madrid

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Autor: Francisco Zea Vaquero
2 de noviembre de 2019

El Diablo y Khatia

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 29-X-2019. Auditorio Nacional de Música (sala sinfónica). Ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Beethoven. Sonata nº 17 en re menor op. 31, nº 2 «La tempestad», Sonata nº 14 en do sostenido menor op. 27, nº 2 «Claro de Luna», Sonata nº 8 en do menor op. 13 «Patética» y Sonata nº 23 en fa menor op. 57 «Appasionata». Khatia Buniatishvili (Piano).

   Khatia Buniatishvili es una pianista ya muy reconocida y afamada, completamente convencida de su estilo personal y forma de interpretar. La forma, (el corsé estilístico) no es lo suyo, tiene talento a raudales y nunca aburre (el concierto fue vibrante y entretenido toda la velada), pero se intuye a una pianista de pieza corta, de repertorio libre. Contra las ideas preconcebidas no es músico para pirotecnia, aunque en ocasiones la busque, se luce mucho más en el discurso que en la proeza técnica, está mucho más cómoda en el fraseo puro que en la planificación de estilo, en la rapsodia que en la sonata, en las sombras taciturnas que en lo luminoso y festivo. Hoy la famosa pianista georgiana se ha peleado con «el género», con el «western» del piano. La Sonata, esa forma omnipresente, reina de los conciertos, te exige rigor y medida, reflexión y conocimiento. La sonata es un todo, una esfera perfecta que no se puede romper, o deformar a tu gusto. Hay un enorme catálogo de las mismas, incluso dentro del corpus Beethoveniano ya las tenemos casi todas. Rígidas y juveniles, maduras y flexibles, de estructura clásica, o de grandes desarrollos, de cuatro movimientos (herencia Haydniana), de tres (la clásica perfección), o de dos tan sólo, concentrando todas las esencias y elementos en estructuras atomizadas de puro Beethoven.


   Debe ser muy estimulante iniciar la gira de otoño, al inicio de la temporada con el programa del 250 aniversario, y con las joyas de la corona, pero… cómo hemos visto había repertorio de sobra para elegir, incluso no siendo estas tan traídas y llevadas sonatas «famosas».

   Por alguna extraña razón se decide moldear el programa colocando las sonatas más maduras en los extremos del mismo. Este enfoque de la Op. 31, nº 2 habría dado mucha más emoción al final de la primera parte, debió pensar que lo mejor sería acabar en punta. Un convencionalismo discutible e innecesario cuando nos movemos en este magno repertorio. (Los diablos comienzan a rondar, o ¿solo trata de seducir?).

   Se propone un contraste brutal entre el lento y el allegro del primer movimiento de la sonata en re menor, transformándolo en un «con fuocco» ya desde las primeras estrofas. También se aprecia desde ese momento la necesidad de aclarar texturas. Sin embargo, el Adagio es emocionante y ya nos revela sus propósitos en este programa Beethoven, usar sus mejores armas de seducción: hondo fraseo y control de dinámicas para llevarnos al huerto. El amplio suministro del pedal y filtrado de sonoridades es soberbio, esto ya nos va preparando para el vaivén emocional que nos espera. No es un Beethoven de estilo, esto es claro, pues los adornos no son en absoluto ortodoxos. Ella prefiere siempre más legato que stacatto. En esta primera sonata separa muy descaradamente entre las estructuras clásicas y lo que ha de venir, el Beethoven futuro de claroscuros y más arpegiado, apoyándose en unos graves profundos y bien acabados con su sonido aterciopelado. Parece que la Tempestad hoy se nos revela cómo un punto de inflexión en la producción de Beethoven, donde empieza el largo vuelo hacia el grueso de su producción gloriosa.


   Algunos caprichos aparecen ya, como su proverbial capacidad de canto, combinada con alguna ralentización exagerada que le resta a la obra su poder y tensión hipnótica en el movimiento final. Cómo justificación de estos sucesos interpretativos, la Buniatishvili se atreve a adentrarse en el impresionismo vía Liszt, con algunos momentos muy felices en la introducción y el Adagio. ¿Fantasía? ¿Creatividad? A lo largo de la velada vamos comprobando que Khatia juega con fuego (o ¿es cierta fatuidad?) y en ocasiones se quema. De momento el público la acogió con cierta frialdad, cómo si no hubiese habido conexión.

   Aunque en estas primeras sonatas tiene aciertos impresionantes en realidad, le van mucho menos, pues la elección de los tempi es dudosa, y las estructuras se resienten más que sus hermanas mayores, más libres y biográficas.

   Su canto en el Adagio Sostenutto, el legendario Claro de Luna es hondo e íntimo, delicadísimo, e incluso por momentos oneroso. Prácticamente un Largo e mesto. Es Música pura que cobró su propia vida ya fuera de la sonata hace muchos años. Con buenos contrastes dinámicos y de tempo en el Allegretto parece volver al Beethoven de estilo tras el idilio personal con la belleza sonora de los arpegios iniciales. Luego en el Presto agitato pincha al tirar de vertiginosa velocidad, a la que le falta marcar todas las notas cómo es debido. Por ejemplo, la coda nos pide arpegiar en presto, y lo que escuchamos es una nube armónica, una nebulosa tonal más que la perfección esperada. A Khatia, o a sus diablos, no le importa la borrosidad o la usencia de perfección técnica con tal de conseguir la zozobra y ansiedad quiere expresar. Personal y creativa sí, pero fuera por completo del canon Beethoveniano. Estamos en la sala de concierto con una imponente forma, todavía clásica, a la que hay que darle sentido y unidad. La quasi fantasía del editor no dejar de ser sonata al fin.


   La patética tras el descanso, fue de nuevo un trasunto de lo que habíamos oído antes. Nuestra protagonista viene Heroica y acelerada hasta descomponer la figura en el primer movimiento, pero y cercana y cálida nos regala otro bellísimo Andante; mejor en los tonos graves y oscuros cantando con desconsuelo el lied, que en los brillantes remates de las veloces escalas. De nuevo contrastes dinámicos y métricos se extremaron durante esta sonata clásica, lo que al fin no acabó de favorecer la expresividad, ni lógicamente a perfección sonora. No obstante, de los pasajes virtuosos escuchado esta noche, el Rondó resultó el mejor ejecutado.

   Lógicamente el gran reto de la Appasionata era el esperado final. Nos encontramos en una lucha agotadora contra el piano, intentando tocar incluso más rápido de lo que está escrito. La contraposición de humores, y modos que tan bien había manejado en varios momentos anteriormente no llegaron en el tremendo Allegro Assai, que llevó con valores muy cortos y rápidos. La presentación del segundo tema es esencial para equilibrar la tensión ante lo que se nos viene encima, en el desarrollo a nivel de dificultades y armonías. A su estilo de fraseo profundo habría venido muy bien remarcarlo más, pero andaba ensimismada con el ritmo que se había impuesto, y la búsqueda con premura del final que, otra vez, emborronó su buen hacer. Cómo ya hemos visto a lo largo de la velada, siempre se resarce en el los tiempos lentos. El tema con variaciones y nos deleita en belleza sonora y fraseo, aparece el pedal de nuevo, y otros recursos. Ahora parecía el Beethoven macizo y hermoso que la mayoría deseaba. El tobogán de emociones seguía, y nos empuja por una larga pendiente en el Allegro ma non troppo- Presto. Resultado: el espíritu de la obra se acrecienta ante el pulso brutal que marca; obra indómita, furiosa y dramática, inesperado torbellino de sonidos, etc… Sin embargo, todo acaba con una coda desmadrada donde se caen y ensucian bastantes notas. Lo cierto es que las ovaciones ahora fueron rotundas y atronadoras. Hubo de todo en el ambigú. Para unos emocionante y diferente, novedoso y valiente; para otros desconcierto y falta de criterio ante tamaña obra. Aunque he disfrutado de las emociones y sobresaltos, me encuentro entre estos últimos.


   Dicho todo esto muy en el ámbito musical, es bueno recordar la imposible separación del suceso del concierto como acontecimiento socio cultural, del hecho musical último ¿cómo escapar a situaciones cautivadoras en torno a la propia interpretación? Nuestro yo más voluble y humano se deja fascinar; un traje negro precioso de cola grande cómo un piano de concierto, una enorme toalla blanca de baño para limpiar el teclado, la belleza y los continuos besos que se nos ofrecían en las salidas desde el escenario, colas de 100 metros para conseguir un autógrafo o foto, teléfonos móviles que continuamente graban esas colas, incluso un musicológico y sincero programa de mano de Santiago Martín Bermúdez, que a estas alturas de la divulgación musical tiene enorme mérito, y por supuesto, cada uno añadiría algo personal y especial en su velada musical). Desde luego el magnetismo personal y ciertas excentricidades siempre fueron parte del «negocio» del piano. Sin embargo, una amiga joven estudiante de piano, a punto de acabar su carrera, me dijo hace un par de años “cómo se pasa la Buniatishvilli”. Por entonces, sólo la había podido oír en sus hits; algunos conciertos de Rachmaninov, y Prokofiev. Todo me parecía posible y brillante en su repertorio, pero hoy vino a mí de nuevo ese baldón de frase, procedente de la joven pianista esforzada. Son fascinantes los diablos de Khatia, pero la música y el contenido deberán estar primero siempre.

   En las postrimerías de la sesión se manifiesta el músico, e instrumentista de finura y mesura en el fraseo, sencillo e íntimo, con un típico bis de concierto (fetiche de artistas verdaderos, sin artimañas ni imposturas), el Minuet de Haendel perteneciente a una de sus Suites cimeras. Ahí yo creo que nos serenamos y reconciliamos todos en un lugar común. Poesía cantada y sonido bien filtrado, ligando con naturalidad, y dando verdadera dimensión de pianista radiante e interprete entregada. Los diablos los olvidamos, y las debilidades programáticas habrá que ir puliéndolas.

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