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Critica: Kirill Petrenko dirige obras de Elgar y Sibelius en Múnich

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Autor: Alejandro Martínez
7 de octubre de 2015

SUMA Y SIGUE

Por Alejandro Martínez

Múnich. 06/10/2015. Bayerische Staatsoper. Elgar: Concierto para violín. Sibelius: Sinfonía No. 5. Julia Fischer (violín). Dirección musical: Kirill Petrenko.

   Tras su nombramiento como nuevo titular de la Filarmónica de Berlín, Kirill Petrenko volvía a subirse a un podio en Múnich, para enfrentarse a un repertorio sinfónico y después el que presumiblemente haya sido su último paso por Bayreuth, a menos que cambien mucho las cosas por la citada colina. Planteado de alguna manera como un concierto que pone inicio a su despedida al frente de la que es todavía hoy su orquesta titular en la Bayerische Staatsoper, Petrenko quiso honrar en su programa a Sibelius en el 150 aniversario de su nacimiento, junto a una exigente partitura de Elgar, compositor que le es especialmente querido. En concreto, se nos presentaban dos obras separadas por apenas cinco años de diferencia en su composición: por un lado el concierto para violín de Elgar, estrenado 1910, y posteriormente la Sinfonía No. 5 de Sibelius, cuya primera versión data de 1915.

   La joven alemana Julia Fischer (1983), nacida precisamente en Múnich, era la solista a cargo del concierto para violín de Elgar, estrenado en su día por el mítico violinista Fritz Kreisler, para quien fue concebido, a sugerencia del propio violinista y con el respaldo e la Royal Philharmonic Society de Londres. Fue el segundo intento de Elgar por alumbrar un concierto para violín, tras una primera tentativa frustrada, por insatisfactoria, en 1890. El concierto en cuestión conoció una temprana y célebre grabación con el propio Elgar a la batuta y un jovencísimo Yehudi Menuhin en 1932, cayendo un tanto en el olvido durante las décadas centrales del pasado siglo XX, hasta su más reciente recuperación por distintos solistas. Seguramente su amplia duración (casi una hora) y su exigente partitura hayan tenido mucho que ver en ese relativo olvido. Ciertamente estamos ante una obra extensa y desigual, hermosa e inspirada, pero no siempre redonda, muy exigente en términos de fraseo y en el manejo de su elaborada orquestación.

   Fischer es una solista austera, de expresividad concisa y sentimentalismo cauteloso y medido. No es una virtuosa deslumbrante pero es firme y segura, quizá algo inane por momentos en su expresividad, más meditada que fantasiosa, pero de una solidez evidente. Donde más convenció fue en el movimiento central, un Andante expuesto con hondura y naturalidad, sin forzar las costuras. Aquí Petrenko adoptó un rol menos protagonista, buscando sobre todo respaldar a Fischer y al frente de una partitura que por momentos parecía no llegar a dominar como quisiera, como si fuera consciente de que aún podía encontrarle una última vuelta de tuerca a la obra. El resultado fue un Elgar algo complaciente, armado más con certezas que con hallazgos.

   Muy distinto fue el desempeño de Petrenko con la Sinfonía No. 5 de Sibelius, verdaderamente valiente aquí, curioso e indagador, ahondando en un tono expositivo cargado de fantasía, casi telúrico. Petrenko disecciona la obra con minuciosidad pero con alma, como quien desbroza un tronco de madera hasta darle la forma de una escultura inusitada, solo intuida de forma preclara por su autor. La batuta de Petrenko posee una seguridad abrumadora y su mirada y su sonrisa parecen habitadas por una magia singular: hábil constructor de tensiones y climax, destacó sobremanera el tono entre irónico y grazioso que tradujo durante el segundo movimiento, lo mismo que el pulso rítmico, casi teatral, que imprimió al final del primer movimiento. Sobresaliente, en fin, la tensión que supo condensar durante el tramo final de la sinfonía, hasta desatar esa resolución genial prevista por Sibelius, con los seis acordes de la cadencia final separados entre sí por un silencio. Con enfoques como el destapado en torno a esta Quinta de Sibelius, Petrenko suma y sigue, confirmando que es una batuta genial, dotada de forma sobresaliente. No cabe duda de que el tiempo que le queda al frente del foso de Múnich y su posterior titularidad en Berlín nos van a deparar grandes momentos de música con mayúsculas. 

Fotos: Wilfried Hösl

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