Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto ofrecido en la Philarmonie de Berlín, por la Orquesta Filarmónica de Berlín [Berliner Philharmoniker] bajo la dirección de su titular, Kirill Petrenko, con la Octava sinfonía de Mahler en el programa
Perfección sin emoción
Por Raúl Chamorro Mena
Berlín, 17-I-2026, Philarmonie. Sinfonía núm. 8 "De los mil" (Gustav Mahler). Jacqueline Wagner (Soprano I, Magna peccatrix), Golda Schultz (Soprano II, Una penitente), Jasmin Delfs (Soprano III, Mater Gloriosa), Beth Taylor (contralto, Mulier Samaritana), Fleur Barron (Mezzosoprano, María Egipcíaca), Benjamin Bruns (Tenor, Doctor Marianus), Gihoon Kim (Barítono, Pater esctaticus), Le Bu (Bajo, Pater profundus). Coro de la Radio de Berlín -Gijs Leenaars, director-. Coro Bach de Salzburgo -Michael Schneider, director-. Coro infantil del Estado y de la Catedral de Berlín -Kai Uwe Jirka y Kelley Sundin-Donig, directores- . Orquesta Filarmónica de Berlín [Berliner Philharmoniker]. Dirección: Kirill Petrenko.
Siempre es un acontecimiento poder ver una obra tan monumental y de tan grandiosas proporciones como la Octava Sinfonía de Mahler, llamada «de los mil» en contra de los deseos del autor. Imaginen verla interpretada por la Filarmónica de Berlín en su sede de la Philarmonie en la Calle Herbert con Karajan 1 de la capital de Alemania.
Gustav Mahler nunca compuso una ópera, pero su interés por la voz humana y el canto se plasmó en diversos ciclos de canciones y en la presencia vocal en cuatro de sus nueve sinfonías, además de La canción de la Tierra, considerada por muchos la décima. En la octava la presencia vocal adquiere una enorme dimensión con la exigencia de ocho solistas, doble coro y coro de niños, que junto al órgano y la copiosa orquesta, expresan el mensaje de la redención por el amor y la fraternidad humana. Resulta fundamental en la composición el impulso del "eterno femenino" en su sentido de ideal puro, sublime e inmutable de belleza y virtud salvadora, desarrollado por Goethe en el final de su Fausto, texto en el que, precisamente, se basa la segunda parte de la Octava Sinfonía.
Sin duda, la Filarmónica de Berlín demostró una vez más su categoría y vitola de mejor orquesta del Mundo. Por su parte, su titular Kirill Petrenko, acreditó su enorme magisterio para concertar tan monumental partitura, así como capacidad de construcción, equilibrio y primorosa claridad expositiva, nada fáciles, desde luego, en obra de tan colosales proporciones. Petrenko huyó de cualquier efectismo, obtuvo una gama dinámica casi infinita de orquesta y coros, escanciando hermosos detalles y delicados nuances. La orquesta respondió con asombrosa precisión a cada gesto, con esplendoroso y refinado sonido, dinámicas infinitas, paleta de colores y contrastes tímbricos. Deslumbrante la cuerda - comandada por el concertino Daishin Kashimoto, magnífico en sus intervenciones solistas - de un empaste, cuerpo, sedosidad y tersura realmente impactantes. Rutilantes, de un brillo cegador, los metales. Capitulo aparte merecen las gloriosas maderas, excelsas todo el concierto, pero que brillaron especialmente en la introducción orquestal de la segunda parte con unas hermosísimas armonías bajo la guía clarividente de Petrenko y las sobresalientes actuaciones del flautista Stefán Ragnar y los veteranos Albrecht Mayer -oboe- y Wenzel Fuchs -clarinete-.
Qué decir de los coros convocados, el de la Radio de Berlín y el coro Bach de Salzburgo. No se sabe si admirar más su prodigioso empaste y amplia sonoridad o bien, la asombrosa ductilidad y una capacidad dinámica que pareció ilimitada. En cuanto al coro de niños, el mejor que he escuchado nunca. Por tanto, una interpretación de la Octava de Mahler sin duda espléndida, basada fundamentalmente en una batuta de gran técnica, clarividencia y hondura musical, así como el virtuosismo de orquesta y coros y que fue coronada por un final debidamente grandioso. Eso sí a ejecución musical tan perfecta le faltó emoción, pathos, exaltación del mensaje espiritual y sentido trascendente, fundamentales en esta composición. No salí con dolor de estómago como corresponde, ni en fase de transfiguración.
En cuanto a los solistas vocales, Jacqueline Wagner lució tanta elegancia como seguridad para solventar una tesitura inclemente, agudísima. Golda Schultz acreditó control en su canto y fraseo cuidado. Deficiente la Mater Gloriosa, la Virgen María, de Jasmín Delfs, que estropeó con una nota fija y desabrida, la magia de su corta, pero sublime intervención. Estimable la participación del tenor Benjamín Bruns por seguridad musical y emisión canónica. Fleur Barron puso en juego su musicalidad y medios muy líricos frente a una Beth Taylor de mayor cuerpo y amplitud de registro, aunque sin poder evitar cierta desigualdad tímbrica. Buena prestación, asimismo, del barítono Gihoon Kim por timbre sano y apropiada emisión. Más flojo el cavernoso bajo Le Bu como Pater profundus.
Foto: Facebook Filarmónica de Berlín
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