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Crítica: Klaus Florian Vogt en el Festival Castell de Peralada

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Autor: Sílvia Pujalte
3 de agosto de 2015


"UNA COSA RARA"


Por Sílvia Pujalte
Peralada. 31/7/2015. Iglesia del Carme. "Festival de Peralada". Obras de Schubert, Mozart, Wagner, Brahms, May, Lehár y Kalman. Klaus Florian Vogt, tenor; Jobst Schneiderat, piano.

   Confieso que al ver el programa del concierto de Klaus Florian Vogt en el Festival de Peralada mi sorpresa fue grande; parafraseando a Martín y Soler: Una cosa rara. En la web del festival se presentaba como un recorrido por la trayectoria del tenor y si bien es cierto que casi veinte años en los escenarios dan para mucho, la elección de las piezas era peculiar; por adornarlo un poco, lo más parecido al programa de un concierto de la segunda mitad del siglo XIX que haya visto esta cronista en un auditorio.

¿Es tan importante el programa como para que de él dependa el éxito de un concierto? A unos oyentes les importará más que a otros cómo está construido, y si esa noche los intérpretes hubieran brillado seguramente no estaría dándole tantas vueltas pero el caso es que no brillaron y el programa no ayudó. El recital se inició con lo que a mi parecer fue un error de cálculo, una selección de lieder de Die schöne Müllerin. Una cosa es seleccionar unas cuantas canciones de un ciclo que no tiene trama interna y otra muy diferente hacerlo con un ciclo que nos cuenta una historia, dejando así las piezas seleccionadas sin contexto; incluso para los cantantes de lied más experimentados (y no era el caso) sería una apuesta arriesgada. Los cuatro lieder sonaron bonitos, no puedo decir lo contrario, pero con esto no basta. El molinero de Vogt sonó joven e inocente, su voz encaja bien con esta visión del personaje y por ese camino hubiera podido construir un relato interesante, pero sonó también falto de entusiasmo y curiosidad en el inicio de su viaje y costaba creer que ese viaje fuera a acabar trágicamente.

Mucho mejor estuvo el tenor en Dies Bildnis ist bezaubernd schön. Cantando Tamino se pareció mucho más al cantante que conocemos, hubo nobleza, musicalidad y expresividad (al menos más de la que había habido con Schubert) y hubo también algo a lo que no siempre damos importancia: una dicción preciosa, las palabras se deslizaron con suavidad y fueron siempre perfectamente inteligibles, en esta aria y a lo largo de todo el concierto.

Las dos piezas siguientes, que cerraban la primera parte del concierto, correspondían a Wagner, terreno en el que el público asistente, al menos el público que frecuentara las temporadas del Liceu, podía tener a Vogt más escuchado. Precisamente por tener un buen recuerdo, Winterstürme fue decepcionante, plano y tan falto de pasión como el molinero unos minutos antes; algo mejor estuvo el tenor en In fernem Land. Y con esto llega el momento de hablar del piano y volver a vueltas con el programa. Acompañaba a Vogt el pianista Jobst Schneiderat, que tras ser víctima al principio de la acústica de la iglesia pudo reconducir la situación y conseguir que el tiempo de reverberación tan largo de la iglesia no emborronara las notas del piano; a partir de ese momento su acompañamiento fue correcto. A pesar de que en esas primeras canciones el acompañamiento no fuera el más logrado, quedó clara la diferencia entre el piano que dialoga con la voz y el piano que se limita a sostenerla cubriendo la ausencia de la orquesta, y aquí hay poca responsabilidad del pianista. Siempre se echa de menos la orquestación cuando se interpreta ópera con piano pero en el caso de Winterstürme el vacío fue enorme. ¿Era la mejor elección?

La segunda parte del concierto empezó con otro aire; cantante y pianista ofrecieron una buena versión de dos lieder de Brahms, Sonntag y Da untem im Tale, canciones estróficas que esta vez Vogt resolvió con soltura, y hubiera estado bien seguir por ahí pero no pudo ser porque llegaba el momento de cambiar nuevamente de género para pasar a la opereta. El tenor parecía más relajado, incluso fue presentando alguna de las obras hablando de su relación con ellas, y ofreció sus interpretaciones más notables; estupenda Es steht ein Soldat am Wolgastrand, de Der Zarewitsch de Lehár (que me sirvió, entre otras cosas, para reconocer al tenor que recordaba) y muy bien Mein Wien, de Gräfin Mariza de Kalman.

El programa oficial, de duración muy breve, acabó casi inevitablemente con una buena interpretación de Dein ist mein ganzes Herz; le siguieron dos propinas, entre ellas una descafeinada versión de Maria, de West Side Story, y ya no hubo tiempo para más porque como si estuviera temporizado al salir de la iglesia caían las primeras gotas de lo que acabó siendo una tormenta impresionante.

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