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Crítica: 'La bohème' de Puccini en el Teatro Campoamor de Oviedo bajo la dirección de Marzio Conti

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Autor: Aurelio M. Seco
1 de febrero de 2016

ADIÓS CON LA BOHÈME

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. 31/II/16. Teatro Campoamor. Giorgio Berrugi, Manel Esteve, Miguel Sola, Erika Grimaldi, Damiano Salerno, Andrea Mastroni, Carmen Romeu, Pedro José González, José Lauro Ranilla, Javier Ruiz, Gonzalo Quirós. Dirección musical: Marzio Conti. Dirección de escena: Emilio Sagi. Oviedo Filarmonía. Coro de la Ópera de Oviedo.

   Concluyó la temporada de ópera de Oviedo con uno de los títulos más frecuentes y famosos de la historia de la lírica, La bohème de Puccini, clásico entre los románticos que a todo el mundo gusta y arrebata y una garantía de éxito para cualquier temporada, pues es difícil no emocionarse con esta obra genial y nada cursi, que ciertos intelectuales de baja cuna rechazan y que los melómanos de siempre aman como pocos títulos porque, quién no añora los tiempos vividos en la inconsciencia de la juventud o no ha temido perder a la persona amada como Rodolfo pierde a Mimí al final de esta ópera, o incluso llora al ver cómo se le va la vida a la protagonista.

   La producción era la ya muy familiar de Emilio Sagi con escenografía de Julio Galán e iluminación de Eduardo Bravo, una propuesta bien ordenada en sus movimientos que se dejó ver a gusto porque respetó los lugares y situaciones que marca el libreto, cosa que se agradece. Hubo un aspecto en la confección del personaje de Mimí más que discutible. Mimí es una mujer entrañable, de personalidad cálida y tímida, y no creemos que pueda mirar a Rodolfo con la picardía que lo hizo en el primer acto. Esto nos pareció inapropiado y dotó al personaje de un tinte que no le va. A Mimí hay que dejarla con su hermosura interior, candor, modestia y, además, fragilidad física y emocional, pues así es el personaje que adora y quiere proteger Rodolfo. El reparto resolvió con acierto sus respectivos papeles sin hacer brillar la partitura.

   Nosotros no hubiéramos elegido a Erika Grimaldi para encarnar a Mimí. Es una cantante que puede hacer el rol perfectamente, como se demostró en la producción y se ve en su agenda profesional. Sin embargo, creemos que su timbre no refleja bien la dulzura inherente al personaje, y su manera de interpretar, nada propensa al canto ligado, dúctil y templado desde la ternura, se alejaron un poco de la imagen canora que tenemos de Mimí. Quizás por ello y por la manera de dirigir la obra de Marzio Conti, la versión resultó bastante fría y tardó en conectar con el público. Fue a partir del tercer acto, con una magnífica participación de la soprano, cuando la función comenzó a adquirir cierto interés interpretativo y empatía dramática. Efectivamente, Marzio Conti no acertó acompañando ni con el estilo de la obra. Sí se percibe en su trabajo un esmero por cuidar la afinación y sonoridad de la orquesta, la Oviedo Filarmonía, algo que se agradeció y que resulta positivo, pero es obvio que Conti tuvo problemas para respirar con los cantantes, que notaron la falta de apoyo desde el foso. Esto generó cierta inconsistencia métrica de fondo que lastró la función. También hubo cierta sensación de superficialidad y precipitación. Los fragmentos y situaciones musicales deben llegar a su debido tiempo y estar expresados con claridad. Al contrario, la música de Puccini se mencionó como de pasada, sin profundizar en su sentido dramático. Después también estuvo el estilo, al que pensamos que le faltó calidez y romanticismo, y le sobró un contraste dinámico demasiado brusco. Demasiadas veces sentimos los cambios dinámicos como verdaderos fogonazos. Creemos que con una dirección musical más estable, homogénea y profunda la versión habría mejorado bastante.

   Cómo son las cosas, nos acordamos de Beatriz Díaz durante la función, soprano a quien hace demasiado tiempo que no oímos, pero a la que recordamos por su alma de Mimí. Qué grato hubiera sido verla debutar el papel en Oviedo. Era lo que tocaba hace años, pero hasta en esto no se ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Y Díaz va que ni pintada al papel, por voz y físico. Mejor que Grimaldi, desde luego. Nos gustó mucho la voz del tenor Giorgio Berrugi (Rodolfo), un cantante de estilo elegante que pasó algunos apuros en el registro agudo de su personaje. No hay que olvidar que estamos ante un papel muy difícil de cantar, en el que incluso los más grandes han tenido problemas. En cualquier caso nos pareció un Rodolfo interesante y de un potencial mucho mayor que el que mostró el día del estreno. Damiano Salerno fue uno de los que más problemas tuvo en su comunicación con el foso. Fue un Marcello aseado y consistente. Manel Esteve interpretó con acierto a Schaunard. Correcto el Benoit de Miguel Sola y realmente atractivo el Colline de Andrea Mastroni, un cantante que posee una preciosa y muy personal voz de bajo, que supo templar con buen gusto y a la vez actuar maravillosamente en escena. Un gran intérprete Mastroni. Carmen Romeu dio mucho más en el papel de Musetta actuando que cantando. Vocalmente se puede decir que resolvió con acierto el rol desde sus cualidades líricas, que nunca hicieron brillar a Musetta como debiera. A su actuación le faltó una línea de canto más dúctil y refinada. Tampoco era la cantante más adecuada para el papel. Pedro José González, José Lauro Ranilla, Javier Ruiz y Gonzalo Quirós resolvieron con acierto sus roles. El Coro de la Ópera de Oviedo tuvo una buena participación, sobre todo en la cuerda femenina. El coro infantil estuvo brillante y, la Oviedo Filarmonía, a buen nivel.

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