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Crítica: «La bohème» en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
18 de diciembre de 2021

Ermonela Jaho, Michael Fabiano, Ruth Iniesta, Lucas Meachem, Joan Martín-Royo, Krzysztof Baczyk, Vicenc Steve y Roberto Accurso protagonizan La bohème de Puccini en el Teatro Real bajo la dirección musical de Nicola Luisotti y escénica de Richard Jones.

Ermonela Jaho y Michael Fabiano

La bohéme vuelve al Real por Navidad para hacer caja

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 15-XII-2021, Teatro Real. La bohème (Giacomo Puccini). Ermonela Jaho (Mimi), Michael Fabiano (Rodolfo), Ruth Iniesta (Musetta), Lucas Meachem (Marcello), Joan Martín-Royo (Schaunard), Krzysztof Baczyk (Colline), Vicenc Steve (Benoit), Roberto Accurso (Alcindoro). Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Richard Jones. Responsable de la reposición: Julia Burbach.  

   Vuelve al Teatro Real por Navidad la inmortal La bohème de Giacomo Puccini con la misma producción que lo hiciera en 2017 por estas mismas fechas. Ciertamente, se trata de una oportunidad de hacer caja con una obra maestra indiscutible y que goza del eterno cariño del público desde su estreno turinés de 1896, lo cual me parece legítimo, pero uno lamenta el constante desfile de Toscas y Bohémes en el coliseo de la Plaza de Oriente, mientras magníficas creaciones puccinianas como Manon Lescaut y La fanciulla del West llevan ausentes de Madrid desde 1978 y 1983, nada menos, respectivamente. 

   Giacomo Puccini, logra con su cuarta ópera y después del gran éxito de Manon Lescaut [1893] asentarse definitivamente en el Olimpo de los compositores para el teatro, asumiendo la sucesión, dentro de melodrama italiano, del «grande vecchio» Giuseppe Verdi y encarando el cercano siglo XX en la cumbre. El profundo instinto teatral del genio de Lucca emergió y se impuso con rotundidad, cuando con apenas 16 años caminó hasta Pisa para ver Aida de Verdi. La impresión fue tal, que tuvo claro que sería un compositor para el teatro. Y uno de los más grandes. 

  Basada en Escenas de la vida bohemia del dramaturgo francés, Henri Murger, este canto a la alegría de vivir, a la juventud despreocupada, que disfruta intensamente la vida a pesar de la miseria y que alcanza de golpe la madurez mediante la tragedia final con la muerte de Mimi –ese golpe seco de la orquesta cuando llega Musetta con Mimi moribunda en el último acto nos expresa claramente «Hasta aquí. Se acabó la fiesta»-, pues la felicidad plena es tan fugaz como la propia juventud, ejemplifica tanto la inspiración melódica y capacidad para la orquestación del genio de Lucca, como su proverbial sentido teatral y capacidad de conmover al espectador en una obra que permanece desde su estreno como la más representada del repertorio.  La bohème, además, da nombre al club que fundó el Maestro Puccini junto a un grupo de amigos para fomentar el esparcimiento, la conversación abierta y desenfadada, y, sobretodo, el juego, el buen comer y el mejor beber, pues el genio de Lucca, fue un gran devoto de los placeres de la vida. Experto cazador, admirador irredento del «eterno femenino» y amante de todo tipo de vehículos a motor, obtuvo uno de los primeros carnets de conducir coches expedidos en Italia. Esta vez esta obra maestra tan emblemática de la historia de la ópera estuvo mejor servida que en las Navidades de 2017 y sin llegar a nada especialmente brillante, sí resultó una función aseada, digna.

Ruth Iniesta

   De menos a más la dirección de Nicola Luisotti, director titular de repertorio verdiano y pucciniano en el Teatro Real, que obtuvo buen rendimiento de la orquesta -espléndidas especialmente las maderas durante toda la función- que sonó mucho más aquilatada, con articulación más flexible y mayor finura que en la Tosca del pasado verano. Cierto es que la batuta de Luisotti se mostró demasiado morosa -incluso letárgica diría yo en pasajes como los archifamosos monólogos -más que verdaderas arias tradicionales «de proscenio»- «Che gelida mannina» y «Si mi chiamano Mimi», además de un tanto brusca en el final del segundo acto, pero tercero y cuarto resultaron estimables, faltando si acaso ese punto más de emoción. Bien el coro, aunque no salió a saludar ni después del segundo acto ni al final. 

   Como cabía esperar, la Mimi de Ermonela Jaho se basó en el aspecto interpretativo, en la búsqueda de conmover al espectador con una criatura frágil, desvalida, que transmite desde el primer momento el destino trágico del personaje. En lo vocal, el canto sensible y musical, la habilidad de la soprano albanesa para introducir aquí y allá filados -no muy timbrados, ciertamente-, compensan en cierta medida el timbre pobretón, sin brillo, justísimo de presencia sonora -grave inexistente, falta de anchura en el centro, agudo sin punta y atacado muchas veces con portamento di sotto- , incapaz de imponerse en los típicos momentos de despliegue vocal pucciniano y condenado a desaparecer en la multitud del segundo acto. Lo mejor de su prestación hay que buscarlo en el cuarto, pues logra conmover en la escena de evocación de su gran amor por Rodolfo y posterior fallecimiento de Mimi.

   El papel de Rodolfo parece adaptarse mejor que otros a la vocalidad y temperamento del tenor Michael Fabiano, otro habitual del Teatro Real. La emisión resultó más suelta que en la última Traviata, el timbre con algo más de brillo y si su canto no destaca por especiales sutiliezas, sí se adapta bien al canto conversacional pucciniano con un fraseo más elocuente y ardoroso que aquilatado. 

   Exuberante y desenvuelta, quizás demasiado, la Musetta de la soprano aragonesa Ruth Iniesta, un tanto pasada de rosca, bien es verdad, y sin librarse de algunas gotas de vulgaridad, pero que se hizo dueña del escenario desde su entrada en el acto segundo con su chispeante y comunicativa creación. En lo vocal, el habitual sonido bien timbrado y proyectado de Iniesta, de mayor riqueza que el de la protagonista, corrió sin problemas por la sala, pero la franja aguda resulta abierta y acusa cada vez mayor acritud.

«La bohème» en el Teatro Real

   Empático y cordial el Marcello de Lucas Meachem, sonoro vocalmente, aunque engoladísimo y gutural de emisión, además de exhibir una borrosa y mejorable pronunciación del italiano. Digno el Colline de Krzysztof Baczyk. La pobreza sonora del timbre de Joan Martín Royo le hace cargar las tintas en el aspecto escénico, pero la simpatía que logra despertar en el público en el primer acto, se desvanece en el segundo con su ridículo intento de bailar con los soldados, previsto por la dirección escénica, al final del segundo.

   La producción de Richard Jones ya vista en 2017 resulta poco atractiva visualmente con una minúscula buhardilla en primer y cuarto acto, un caótico segundo donde las masas están torpemente movidas y un tercero con decorados propios de una función infantil en una escuela de pueblo. La nieve constante ampara un montaje muy modesto, pero eficaz en su objetivo primordial de atraer a un público más amplio en estas fechas, pues discurre sin extrañas dramaturgias alternativas, permite a todo el Mundo seguir el devenir de los jóvenes bohemios y emocionarse con la tragedia final. 

Fotos: Javier del Real / Teatro Real

Ermonela Jaho
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