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Crítica: Riccardo Chailly dirige 'La fanciulla del West' de Puccini en el Teatro alla Scala de Milán

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Autor: Raúl Chamorro Mena
11 de mayo de 2016

UN GRAN CHAILLY, PERO SIN VOCES

Por Raúl Chamorro Mena
Milán. 6/V/2016. Teatro alla Scala. La Fanciulla del West (Giacomo Puccini). Barvara Haveman (Minnie), Roberto Aronica (Dick Johnson, alias Ramerrez), Claudio Sgura (Jack Rance), Carlo Bosi (Nick Shadow), Davide Fersini (Jake Wallace), Alessandro Luongo (Sonora). Orquesta y coro del Teatro alla Scala. Dirección Musical: Riccardo Chailly. Dirección de escena. Robert Carsen. Escenografía de Robert Carsen y Luis Carvalho.

   La fanciulla del West nunca ha gozado de la popularidad de otras de sus hermanas, pero estamos ante una obra maestra, además de una ópera de gran importancia dentro de la evolución como compositor del genio de Lucca.

   Totalmente consolidada su fama internacional, el maestro buscaba frenéticamente nuevos argumentos para ponerles música eligiendo, finalmente, otro drama del norteamericano David Belasco como había sucedido con su anterior obra, Madama butterfly. Puccini había presenciado The Girl of the Golden West en Nueva York en 1907, lo que unido al gran éxito que había tenido la gira europea del Buffalo Bill’s wild West show, asentó en su ánimo una fascinación por el Salvaje Oeste, por la emotividad de la historia, por esos hombres empujados por la fiebre del oro y, sobre todo y lógicamente en tan grande creador de caracteres femeninos, por el personaje de Minnie, especie de madre, hermana y maestra de todos los mineros y buscadores de oro. Una heroína capaz de desenvolverse en un mundo masculino y rudo, de defender con su vida el barril donde guardan el oro, pero, al mismo tiempo, virgen, inexperta y hasta ingenua en las lides amorosas. La ópera se estrenó en el Metropolitan de Nueva York, donde al maestro no se le niega nada y es tratado como un Rey, el 10 de Diciembre de 1910 con un reparto de ensueño encabezado por Emmy Destinn (Ema Destinová), Enrico Caruso y Pasquale Amato bajo la dirección de Arturo Toscanini. El éxito fue tan apotéosico, que la dirección del MET llegó a pensar, algo insólito, en doblar el precio de las entradas -ya bastante alto-  en las siguientes representaciones.

   La ópera resulta original y diversa dentro de la producción pucciniana en ese momento, tanto en su dramaturgia, como en la escritura vocal y orquestal. Por un lado, contiene por primera vez un lieto fine, la heroína marcha con su enamorado en busca de otra vida y horizontes, además de influir en el western cinematográfico y en el musical americano, aunque está presente, cómo no, esa melancolía y nostalgia tan Puccinianas. Para los mineros y para el Scheriff Rance el final no es tan feliz. Han perdido a Minnie.

   Por otro lado, apenas encontramos arias y piezas cerradas, ni esas melodías de inmediato impacto y alto vuelo lírico, sino un fluido continuum musical con un tratamiento vocal basado esencialmente en el declamato, en al arioso y con influencias del floklore americano. “È musica americana, ma è al tempo stesso Puccini” declaró el propio compositor.  Esta ausencia de números musicales de impresión inmediata (apenas el aria del tenor “Ch’ella mi creda”) es la causa de la menor popularidad de La fanciulla del West frente a otras de las criaturas del genial compositor Toscano.

   Asimismo, el maestro confiere una vuelta de tuerca a su enorme virtuosismo como orquestador, creando un exuberante, elaboradísimo y esplendoroso tejido de porte sinfónico, que provocó la admiración de Anton Webern, de Maurice Ravel (que recomendaba su estudio a sus alumnos de composición) o que el gran director Dimitri Mitropoulos (artífice de una referencial grabación en vivo de la obra con Steber, Del Monaco y Guelfi) llegara a interpretar la partitura en concierto sin voces ni escena.

   No pudo tener mejor traductor tan fascinante partitura en la función Scaligera que aquí se comenta, que  Riccardo Chailly, actual director titular del templo milanés. Se interpretó la versión del manuscrito original, sin las intervenciones que realizara Toscanini antes del estreno. Una labor rigurosamente organizada y construida, con un sonido bellísimo, refinado y transparente que expuso todos los primorosos detalles de la orquestación pucciniana, además de crear los contrastres adecuados. De la intensidad y la vehemencia al lirismo más arrebatador. Todo ello sin olvidar la adecuada tensión y teatralidad. Impresionante la manera de exponer el tema que Puccini –siempre primoroso con sus personajes femeninos-  le da a Minnie en su entrada. Emotivo, embriagador ese final del acto primero cuando la chica, acostumbrada al tosco lenguaje de los duros mineros, escucha de boca de Johnson “Siete una creatura buona e pura e avete un viso d’angelo!” y queda totalmente extasiada “Ha detto… Come ha detto?  Un viso d’angelo!” mientras cae el telón en un momento músico-teatral conmovedor. O ese final del acto segundo con el pizzicato de los contrabajos durante la partida de poker y la explosión orquestal después de la victoria –con trampas- de Minnie… En fin, una dirección musical de altísima factura al frente de una orquesta que respondió a grandísimo nivel, al igual que el coro.

   Pero, claro, la orquestación de esta obra es fabulosa, sí. Incluso algunos defienden que es la auténtica protagonista de la misma. No hace falta acudir a los típicos argumentos - estamos en el género llamado ópera y además, en la italiana-, para reivindicar la importancia de las voces, es que esta ópera necesita, ineludiblemente, tres excelsos protagonistas y una importantísima galería de secundarios. Nada de ello escuchamos en esta interpretación en la sala Piermarini,  más bien tres voces absolutamente insuficientes en los papeles principales. La soprano holandesa Barbara Haveman que sustituía a su compatriota la prevista Eva Maria Westbroek posee un material vocal muy justito de volumen, de presencia y proyección, además de ayuno de singularidad tímbrica. Desarmada en el grave, justa en el centro y con agudos esforzados, estridentes y a veces, calantes. No se puede dudar de su honradez y profesionalidad, de su entrega y su compromiso dramático, pero no pueden compensar tal insuficiencia vocal y escasa personalidad. Roberto Aronica cantó un Johnson-Ramerrez de tipología lírico ligera, falto de robustez y de cuerpo en el centro. Aunque se fue al agudo con cierta facilidad (incluido el si natural de “ancor bella m’appar”) fueron notas de tenor liviano, tenues, sin el debido metal y carne vocal. Correcto a la vez que insulso como fraseador, falto de arrojo, de arrebato, de passionalitá, de nervio. Un Johnson digno, pero pastueño, que no impresiona a nadie, ni se hace presente –como debe ser- cuando irrumpe en ”La polka” en el acto primero, desafiante, spavaldo y exclama  “Chi c'è, per farmi i ricci?”.  En fin, un mini Rance el interpretado por Claudio Sgura de emisión engolada, totalmente retrasada, agudos estrangulados y una pobreza tímbrica y de caudal, alarmantes. Un barítono protagonista que no se diferenciaba ni por timbre, ni por calibre vocal, de los abundantes secundarios, los cuales, de todos modos, grises y apagados, quedaron muy lejos de los que presentaba La Scala en sus buenos tiempos.

   La producción de Robert Carsen, que reemplazaba a la inicialmente encargada a Graham Vick, que fue descartada, incide en el elemento cinematográfico de la ópera. Al abrirse el telón vemos a los mineros viendo el final de “My darling Clementine” (“Pasión de los fuertes” 1946) del inmortal John Ford, y la presencia de Monument Valley en la mayor parte del acto primero. Muy atractiva la escenografía del acto segundo con la cabaña de Minnie en perspectiva con efecto de fondo-también muy cinematográficos- , a los que se añaden detalles propios del cine mudo expresionista como los tonos grises, juegos de sombras y esa presencia de la sangre-puede que escesiva bien es verdad- del herido Johnson, cayendo por las paredes. Una acreditada dirección de actores y una fluida progresión teatral sellan una producción, sin especiales ideas, pero que respeta el espíritu de la obra, propia de un avezado hombre de teatro lírico como Robert Carsen.

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