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Crítica: «Masaniello ou La muette de Portici» de Auber en la Ópera de Kiel

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7 de mayo de 2019

 El inicio de la Grand Opéra

Dani Cortés Gil
Kiel (Alemania). 27-IV-2019. Opernhaus Kiel. Masaniello ou La muette de Portici, de Daniel-François-Esprit Auber. Anton Rositskiy (Masaniello), César Cortés (Alphonse), Hye Jung Lee (Elvire), Tomohiro Takada (Pietro), Dayan Kodua (Fenella). Ballett Kiel-Chor Opernchor und Extrachor des Theaters Kiel. Dirección musical: Daniel Carlberg. Dirección escénica: Valentina Carrasco.

   Es totalmente inexplicable la ausencia en los teatros actuales de una ópera tan innovadora y estimulante como La muette de Portici, estrenada en París en 1828 y pieza fundacional del estilo de la grand opéra. Innovadora por introducir el mimo y la danza en su silente protagonista, por la fina y sorprendente orquestación de la partitura y por utilizar un argumento bastante moralizante sobre los peligros de los ideales revolucionarios, tan en boga en aquellos años,  llegando incluso a convertirse en la legendaria mecha que provocó la independencia belga, cuando la ópera se presentó en Bruselas en 1830.

   Hay que agradecer, por tanto, que el pequeño y acogedor teatro de Kiel (donde todas sus localidades tienen plena visión a unos precios irrisorios) haya programado esta ópera en un ciclo de recuperación de los principales ejemplos de la grand opéra francesa, habiendo interpretado ya obras como Guillaume Tell de Rossini o Les huguenots de Meyerbeer, y anunciando para la siguiente temporada Les troyens de Berlioz. Casi nada... Digno de total admiración.


   Afortunadamente la partitura se interpretó completa, sin los cortes (frecuentemente en los bailables y en algunos desarrollos de los diferentes números) a los que son tan propicios otros teatros de mayor categoría cuando se proponen la representación de las grandes obras dramáticas francesas. La dirección corrió a cargo de Daniel Carlberg, quien supo mantener el pulso durante toda la representación, con un buen control de los volúmenes en una partitura bastante nutrida a nivel orquestal (hasta cinco percusionistas contamos), como ya se puso de manifiesto en la frenética obertura que da inicio a la obra. Es envidiable la buena sonoridad de una orquesta de provincias como la Filarmónica de Kiel (ciudad de unos 250.000 habitantes), con un sonido compacto y sin ningún decaimiento de la atención durante la larga partitura. Quizás el coro, uno de los protagonistas de la obra, engrandecido para la ocasión, no estuvo a la misma altura, perdiendo empaste en algunos momentos, especialmente debido a unos tenores insuficientes.

   El elenco reunido para la exigente partitura tuvo un nivel bastante alto. Anton Rositskiy cantó un convincente Masaniello, a pesar de algunos agudos poco brillantes e inseguros. Conmovedora fue su ensoñadora aria del acto cuarto, «Du pauvre seul ami fidèle», con un excelente uso de las medias voces, el falsete y un buen control del fiato, como también la escena de la locura en el último acto, sorprendentemente sin mostrar signos de cansancio y con un espectacular agudo final.

   El segundo tenor de la obra, Alphonse,  estuvo interpretado por el joven cantante colombiano César Cortés, voz ya conocida por el público catalán por sus participaciones con los Amics de l’Òpera de Sabadell y también en Sarrià (Barcelona). A pesar de la poca potencia vocal, su canto se ve favorecido por un estilo depurado y una gran expresividad en una voz que con el tiempo seguramente acabará ensanchándose. Complicada fue su primera intervención en frío al inicio de la obra,  con una exigente escena acompañada del coro y la nutrida orquestación. Más apasionado y fluido se nos mostró en el bellísimo dúo del acto tercero, «N’espérez pas me faire», junto a la soprano Hye Jung Lee.


   Un gran descubrimiento fue esta soprano coreana, tanto por su dominio de la coloratura de su erizada parte como por la belleza y la dulzura de su timbre, una voz que corría con pasmosa facilidad por todo el teatro en la extraordinaria interpretación de sus dos arias, en los actos primero y cuarto. ¡Brava!. Importante también fue el Pietro de Tomohiro Takada, de voz robusta  y buena presencia escénica, quien compuso una gran caracterización de su malvado personaje.    

   La silente protagonista, la desgraciada Fenella, estuvo interpretada por la actriz Dayan Kodua. Quizás la decisión de dar la parte a una actriz y no a una bailarina (como originalmente se concibió) adoleció en algunos momentos de una reiteración de movimientos, estando tan marcada la actuación por la partitura. Pero la fuerza expresiva de Kodua y su gran implicación en el personaje, con un dominio total del mimo, delimitó una Fenella absolutamente fascinante y emocionante.

   Especialmente destacado fue el excelente y joven Ballett Kiel en los bailables del acto primero y tercero, con unas coreografías modernas y dinámicas (a veces cercanas al break dance) que pusieron una nota de color y exotismo a la fascinante partitura.  

   Simple y efectista fue la presentación escénica de Valentina Carrasco, con el vestuario colorista de Elena Cicorella. Un decorado único con la arenosa playa de Portici y la devastada proa de un barco en el fondo del escenario. Una esquemática fachada representaba el palacio del virrey en el acto primero y una red marinera se convertía en la humilde morada de Masaniello en los actos segundo y cuarto. Quizás al movimiento escénico del coro le faltó una mayor variedad, teniendo en cuenta su protagonismo a lo largo de la obra. Muy interesante nos pareció el diálogo paralelo de crítica ecologista introducido por Carrasco en la obra, convirtiendo la debacle final en una especie de tsunami de basura que el mar retornaba a la costa, engullendo a todos los presentes como la lava del Vesubio en el original.


   En conclusión, una obra injustamente olvidada en las programaciones operísticas, mayormente obstinadas en los mismos títulos repetidos hasta la saciedad. Nos encantaría volver a repetir la gratificante experiencia, a poder ser por nuestras latitudes meridionales.    

Autor:Dani Cortés Gil
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