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Crítica: 'La prohibición de amar' de Richard Wagner en el Teatro Real de Madrid, bajo la dirección musical de Ivor Bolton

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Autor: Raúl Chamorro Mena
1 de marzo de 2016

BIENVENIDOS A PALERMO, LA CIUDAD DEL SOL Y DEL AMOR

Por Raúl Chamorro Mena
28-2-2016. Madrid, Teatro Real. Das Liebesverbot oder Die Novize von Palermo - La prohibición de amar o la novicia de Palermo (Richard Wagner). Manuela Uhl (Isabella), Chirstopher Maltman (Friedrich), Peter Lodahl (Luzio), Ilker Arcayürek (Claudio), Ante Jerkunica (Brighella), María Miró (Mariana), María Hinojosa (Dorella), Francisco Vas (Pontio Pilatos). Dirección musical. Ivor Bolton. Dirección de escena: Kasper Holten.

   El veintiañero Richard Wagner de la mitad de la década de los 30 del siglo XIX se debatía entre las influencias musicales de las obras que más le habían impactado entre las que había presentado tanto como director de coro en Wurzburgo, como en su cargo de director musical en la ópera de Magdeburgo, el amor por la actriz Minna Planer, así como por el rechazo a la moral puritana de la burguesía alemana de la época combinada con la admiración de la “alegría de vivir”, deshinibición y capacidad de disfrute de los países europeos del Sur, particularmente Italia.

   En ese contexto surge La prohibición de amar o sea la novicia de Palermo, basada en Medida por Medida de Shakespeare y ópea en la que Wagner critica de manera cáustica esa moral espartana, ese tedio y grisura de la vida alemana y sobretodo la hipocresía, su doble moral, frente a lo que considera el vivir intensamente la vida, la fiesta, el sexo y demás placeres mundanos, propio de los países mediterráneos, unos tópicos que parecen mantenerse inalterables hoy día y que nos recordó la aparición final sobre el escenario de un trasunto de Angela Merkel en la presente producción.

   En el aspecto puramente musical, cualquier aficionado mínimamente avezado tendría grandes dificultades para encontrar en esta composición al Wagner de sus grandes creaciones de madurez. Las influencias de la melodía italiana (Rossini, Donizetti, su admiradísimo Bellini), de la ópera francesa (Auber, Boïeldieu, Hérold), así como de sus antecedentes más genuinos (Weber, Schubert) se conjuntan con algunas resonancias que prefiguran la obra posterior del genio de Leipzig (leitmotiv en embrión) y alguna de sus obras como Tannhäuser. En cualquier caso y pesar de estar estigmatizada por el autor y por el Wagnerismo más militante e intransigente (es una obra fuera del llamado “Canon de Bayreuth”) se trata de una ópera de escucha muy agradable, especialmente si no se presenta en su desmesurada integridad, ya que la capacidad de concisión no caracterizó a Wagner desde los albores de su trayectoria.

   La producción de Kasper Holten puede calificarse globalmente como eficaz y adecuada a una obra que se representa tan escasamente. El público se divierte y sigue la representación con atención y una  sonrisa. Concurren muchos tics (un tanto ridículos y ya muy vistos) relativos a instrumentos tan actuales como el Whatsapp, los SMS y las redes sociales, tributarios de esa obsesión instalada en la dirección de escena operística actual, que sostiene “hay que actualizar los argumentos al público de ahora” (sic). De todos modos, hay que subrayar que, con una escenografía funcional y un correcto movimiento escénico, además de alguna buena ocurrencia como esa imagen de Wagner en el telón que tararea, silba y balancea la cabeza al ritmo de la obertura, el montaje discurre eficiente y con corrección llegando, indudablemente, al público, lo cual debería ser lo principal, aunque para algunos sectores sea algo que, insólitamente, haya que evitar. No tendría sentido en una obra que apenas se monta y que el 99% del público ve por primera vez, algún invento o “dramaturgia paralela” de los que necesitan el reparto de un libro de instrucciónes en la puerta.

   La dirección musical de Ivor Bolton pareció aliarse con esa concepción teutónica aburrida, plomiza a la par que anodina y discurrió plana y con un sonido orquestal, ya desde la obertura, borroso y grisáceo. Mucho mejor, indudablemente, el coro, que compensó con colorido, pujanza y vitalidad el sopor que surgía del foso.

   En el reparto, globalmente discreto, destacó la voz de Christopher Maltman como el hipócrita gobernador Friedrich, que es el primero en contravenir las rígidas normas morales que él debe hacer cumplir y cae en los “pecadillos de la carne” como todo descendiente de Adán y Eva.  En un entorno de voces de escasa dimensión, su material recio, amplio, caudaloso y robusto llenó el teatro, logrando que su gran escena del acto segundo fuera uno de los dos únicos números que el público aplaudió.  En el papel de Isabella, la novicia del Palermo que junto a su compañera Mariana consagra una concepción amorosa y del ideal femenino por parte del joven Wagner, no tan puramente hedonística como aparentemente parece deducirse de esta ópera, se escuchó a Manuela Uhl, soprano habitual del ensemble de la Deutsche Oper de Berlin y que había interpretado anteriormente en el recinto de la Plaza de Oriente, la Marietta de La ciudad Muerta  la Crisotemis de Elektra. Profesional, aunque insuficiente su interpretación con un sonido desguarnecido en el grave, poco nutrido en el centro y que se agria ya a partir de las notas de pasaje, con una franja aguda abierta y destemplada. En su gran aria del acto primero de filiación Belliniana no mostró ni la debida elasticidad y morbidez ni un legato de verdadera factura. Inadmisibles los dos tenores que encarnaron a Claudio y Luzio, absolutamente inaudibles, con una proyección que se quedó a nivel del escenario y unos presupuestos técnicos propios de un aficionado al canto. A quién redacta estas líneas le resulta inexplicable que puedan subirse a un escenario de cierto nivel aún en la actual “edad de hojalata” del canto. Mayor presencia sonora la de Ante Jerkunica como Brighella, a pesar de una zona alta taponada. La otra voz de enjundia que pudo escucharse sobre el escenario del Real y que lució una estimable anchura y cuerpo, fue la de la barcelonesa María Miró, que a pesar de algún momento desabrido y de discutible afinación en su escena del convento con Isabella, completó una apreciable interpretación sobre la Luna de la Weberiana Aria de Mariana del acto segundo. La otra pieza que fue aplaudida por el público madrileño. Cumplidores en lo vocal e impecables en escena Francisco Vas, María Hinojosa, Isaac Galán y demás secundarios del amplio reparto.

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