Portada de la partitura para voz y piano de La verbena de la Paloma
Artículo de Nuria Blanco Álvarez sobre la zarzuela La verbena de la Paloma, de Bretón
Portada de la partitura para voz y piano de La verbena de la Paloma
La verbena de la Paloma, génesis de un éxito del género chico
Por Nuria Blanco Álvarez | @miladomusical
Siendo La canción de la Lola la zarzuela considerada el primer Sainete lírico de la historia, una obra paradigmática del género es, sin duda, La verbena de la Paloma de Tomás Bretón. El libretista, Ricardo de la Vega -el mismo creador de La canción de la Lola-, puso nada menos que tres títulos a esta joya del género chico: La verbena de la Paloma, El boticario y las chulapas o Celos mal reprimidos, y su estreno tuvo lugar en el Teatro Apolo el 17 febrero de 1894, con el propio Bretón a la batuta, justo dos días antes del fallecimiento de Francisco Asenjo Barbieri y siete después del de Emilio Arrieta.
No fue fácil llegar hasta allí y que la obra viera la luz pues inicialmente, los empresarios del coliseo, Arregui y Aruej, habían encargado la partitura a Ruperto Chapí quien, tras un tira y afloja, declina la oferta y se marcha al Teatro Eslava por no querer depender del Archivo de Florencio Fiscowich, quien se estaba haciendo de oro con su negocio editorial de alquiler de partituras y contratos asfixiantes para los autores que cedían sus obras, incluso a perpetuidad, por una miseria. De hecho, apenas unos años más tarde, será Chapí el que, junto a Sinesio Delgado, constituya la Sociedad de Autores, precedente de la actual SGAE, para velar por los intereses de los creadores.
Fue Ricardo de la Vega el que abordó a Bretón en el Círculo de Bellas Artes para que escribiera la partitura; así lo comentaba el músico: «Me resistí por afecto a D. Ruperto, pero la insistencia de Ricardo decidióme a coger el libreto, encerrarme en casa y dedicarme por completo a la zarzuela. Puse todo mi cariño en ella, y el día 1 de febrero comenzaron los ensayos».
Por aquel entonces, Bretón ya había conocido el éxito con sus óperas Guzmán el bueno (1876), Los amantes de Teruel (1889) y Garín (1892), pero no tanto en el ámbito de la zarzuela, hasta el estreno de La verbena de la Paloma (1894), con un éxito clamoroso, tanto que enseguida pasó a representarse en la popular «Cuarta de Apolo», última función del día de las tres o cuatro que conformaban la cartelera diaria del género chico, destinada a las piezas que más público atraían. Digamos que era una especie de sesión golfa del Teatro Apolo -catedral del género chico-, a la que acudían los noctámbulos madrileños en busca de diversión.
Decorado en el estreno de La verbena de la Paloma en el Teatro Apolo en 1894
Los precedentes musicales de Bretón hicieron que esta partitura fuese más extensa de lo habitual en las obras de género chico respecto a las partes habladas, pues la música ocupa la mayor parte del tiempo en los dos primeros cuadros de la obra -hubo quien por ello la tildó de ópera cómica- y de mayor exigencia vocal para los protagonistas, especialmente para el actor Emilio Mesejo, más habituado a papeles cómicos que líricos.
Luisa Campos y Emilio Mesejo, como Susana y Julián, respectivamente, en el estreno de La verbena de la Paloma en 1894
La historia se ciñe a los cánones del sainete: una obra breve -en un acto y unos tres cuadros- que es un reflejo de la vida real y cotidiana sobre el escenario, ambientado en un espacio urbano -normalmente un barrio popular de Madrid-, donde se dejan ver todo tipo de personajes en su mayor parte castizos -destaca su lenguaje coloquial- y cómo transcurre su vida a lo largo de un día, manteniendo un carácter cómico y con mínimo enredo. El argumento de los sainetes suele girar en torno a una joven pareja de enamorados que se topan con un obstáculo -normalmente provocado por los celos y los malos entendidos-, problema que se soluciona felizmente al final de la obra.
La verbena de la Paloma cuenta cómo Julián, un honrado cajista, trabaja mucho para ahorrar. y poder casarse con Susana, una chulapa a quien le gusta coquetear y que mantiene un devaneo con el viejo verde Don Hilarión, un boticario ricachón que pretende ser un Don Juan. Este argumento está basado en un hecho real que conoció el libretista. Cuenta Matilde Muñoz que en la imprenta donde Ricardo de la Vega solía imprimir sus obras, no entendían su enrevesada letra y le enviaba por las noches a su casa al cajista con las galeradas para su corrección. La víspera de la fiesta madrileña del 15 de agosto, el cajista en cuestión, un muchacho simpático y dicharachero, estaba muy taciturno y le contó a de la Vega su historia de amor y celos: su preciosa novia le estaba dando celos con un viejo verde y le había amenazado con ir con él esa noche a la verbena, y que justo de camino a la casa del libretista se la había encontrado ataviada con un mantón de Manila y un vestido chiné, acompañada de su hermana y del individuo en cuestión, y que se habían reído de él; él se había puesto furibundo y juraba que al acabar su trabajo iba a bajar a la verbena de la Paloma a montarles un buen jaleo si los encontraba juntos. Ricardo de la Vega también fue esa noche a la verbena y se inspiró en su ambiente y la multitud de personajes populares que la disfrutaban.
La verdadera protagonista del sainete, no obstante, es la propia verbena, una fiesta popular de lo más castiza, con bailes de chotis bien agarraditos al son de un organillo, donde, en medio del bullicio aparecen chulapas, partidas de mus a la puerta de las tabernas y se escuchan las charlas entre el boticario y el tendero, y entre el sereno y el guardia. Los personajes que aparecen, como en todos los sainetes, son muy numerosos y ofrecen una serie de cuadros de costumbres de la vida real, «visto como quien dice desde una ventana», como señala José Yxart. También algunos momentos transcurren en una taberna y un café, pero siempre teniendo como eje la vida al aire libre y la calle donde se desarrolla siempre la acción.
Mujeres camino de la verbena con sus mantones de Manila
Bretón enseguida se dejó seducir por todo ello y su partitura viraba en torno a dos direcciones: los bailes populares y la sencilla historia de celos. Compuso un preludio y cinco números musicales (el último es repetición de uno anterior), algunos de ellos poliseccionales, dejando para la historia las seguidillas «Por ser la Virgen de la Paloma», las Coplas de Don Hilarión «Una morena y una rubia» y la habanera «Dónde vas con mantón de Manila».
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