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Crítica: «Las Calatravas» de Pablo Luna en el Teatro de la Zarzuela

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Autor: Raúl Chamorro Mena
17 de marzo de 2021

Ligereza y desenfado en tiempos de pandemia

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 14-III-2021, Teatro de la Zarzuela. Las Calatravas (Pablo Luna). Miren Urbieta-Vega (Cristina), Lucía Tavira (Isabel), Lola Casariego (Laura), Javier Franco (José Mariani), Andeka Gorrochategui (Carlos Alberto), Emmanuel Faraldo (Pepe Aleluya), Enma Suárez (Narradora). Coro titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección: Guillermo García Calvo. Versión concierto.

   La inesperada muerte de Pablo Luna en Enero de 1942 truncó la trayectoria de uno de los más importantes compositores entre los que mantenían la llama de la Zarzuela en los años 40 del siglo XX, una década en que el género se precicipitaba hacia su decadencia amenazado por el cine y la copla, que le comían terreno en las preferencias del público como géneros musicales más populares. Estos cambios en el gusto del público y la prematura desaparición el músico aragonés son las principales razones, como subraya Francisco Parralejo en su artículo del programa de mano editado por el Teatro de la Zarzuela, para que Las Calatravas -estrenada en 1941- se viera abocada al olvido. Esta composición se adscribe al mundo de la opereta, muy presente en la producción de Luna en títulos tan señeros como Molinos de viento (1910), Los cadetes de la reina (1913) y El asombro de Damasco (1916), así como la más desconocida Benamor (1923) que podremos ver el próximo mes de abril en el Teatro de la Zarzuela, acertado en la recuperación de estas dos creaciones de Pablo Luna en la línea de cumplimiento de una de sus más fundamentales tareas como custodio y protector del teatro lírico español.


   Sobre un libreto de Federico Romero -uno de los libretistas claves del género- y el prestigioso escritor madrileño José Tellaeche, Pablo Luna desgrana una música que combina su inspiración melódica de siempre en una escritura vocal en la que destacan las intervenciones del barítono -en garboso estilo andaluz- y las evocaciones al mundo de Franz Léhar, junto a  unos irresisitibles fragmentos orquestales, en los que, por un lado, se invoca claramente el Rosenkavalier de Richard Strauss en el vals, mientras los ecos de Manuel de Falla se encuentrar presentes en el magnífico fandango del último acto.

   Como es habitual en estas funciones concertantes de los últimos tiempos se recurre una adaptación del  libreto –en esta ocasión a cargo de Paco Gámez- que implica la sustitución de los diálogos por un narrador, en este caso la magnífica actriz Emma Suárez, que hizo honor a su prestigio y trayectoria.

   En el reparto es obligado destacar a la soprano donostiarra Miren Urbieta Vega que llenó la sala de la Calle Jovellanos con un timbre amplio, sonoro y esmaltado de soprano lírica con cuerpo. Adecuada proyección, homogeneidad en toda la gama e impecable colocación sostienen unos medios vocales de indudable calidad. El fraseo resultó musical y bien compuesto, pero carente de un punto de variedad y fantasía en una Cristina Calatrava -papel que fue estrenado por la gran Maruja Vallojera- a la que faltó algo de ironía y ligereza operetesca. Su hermana Isabel fue encarnada por la soprano cordobesa Lucía Tavira, de irregular emisión, zona centro-grave sorda y agudo un tanto estridente. Otra figura admirada del teatro lírico español, la valenciana Selica Pérez Carpio, fue la primera intérprete del papel de Laura, marquesa viuda del campo de Calatrava, en esta ocasión servido por una Lola Casariego en un clarísimo declive vocal, que se tradujo en un timbre desigual, muy desgastado y tremolante, sin poder librarse de alguna ostensible desafinación. El barítono, como es habitual en el repertorio zarzuelístico, asume el papel más lucido. Javier Franco cuenta con una zona alta desahogada, innegociable para las agudas escrituras del barítono en nuestro género lírico, y desgranó con buen gusto y apreciables dinámicas sus espléndidas romanzas «Era un niña dulce y hermosa» y «No se arreglaron», si bien estamos ante un timbre gris, bailón y demasiado modesto, justo de volumen, muy débil en la zona centro-grave, así como falto de metal, que hubiera necesitado, además, una batuta más colaboradora. El tenor vizcaíno Andeka Gorrochategui lució su potente timbre, algo más suelto que antaño, aunque la emisión sigue siendo muscular y poco dúctil. El fraseo más trabajado también a lo largo de estos años, pero en el que siempre prevalece su carácter directo sobre el abandono y la clase, como pudo apreciarse en la salida de Carlos Alberto «Como siempre llego tarde» y el magnífico dúo con Cristina «Un caballero español».


   La labor de Guillermo García Calvo al frente de unos 50 músicos destacó en los fragmentos orquestales, a los que dotó de adecuado relieve, además de obtener un buen sonido de la orquesta. Esa capacidad organizativa, rigor y factura musical careció de un punto de efusión, de calor, y también de ese aire despreocupado y ligero propio de la opereta. Asimismo se echó de menos una mayor colaboración con las voces, que resultaron tapadas en demasiadas ocasiones. El coro situado muy al fondo se hizo oir con la adecuada ligereza y flexibilidad.

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