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Crítica: 'Las vísperas sicilianas' de Verdi en el Palau de les Arts de Valencia

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13 de diciembre de 2016

LAS VÍSPERAS ANODINAS

   Por Raúl Chamorro Mena
Valencia, 10-XII-16, Palau de Les Arts. I vespri siciliani (Giuseppe Verdi). Maribel Ortega (Duquesa Elena), Gregory Kunde (Arrigo), Juan Jesús Rodríguez (Monforte), Alexander Vinogradov (Giovanni da Procida), Andrea Pellegrini (Bethune), Cristian Díaz (Vaudemont). Dirección Musical: Roberto Abbado. Dirección de escena: Davide Livermore

   Aunque Verdi ya había presentado en la Ópera de París Jerusalem, una adaptación a las características y exigencias de la Grand Opera de I Lombardi alla prima crociata, que contiene una buena cantidad de música nueva y compuesta ex profeso, Les vêpres siciliennes fue el primer encargo parisino al genio de Le Roncole para estrenar una obra totalmente nueva.

   Ni que decir tiene, que un Verdi ya en la cúspide después de haber dejado para la posteridad la llamanda “Trilogía popular”, obtuvo unas condiciones contractuales envidiables, que incluía a Eugene Scribe puntal del género Grand Opera, como libretista. Sin embargo su relación con éste fue todo menos cordial y por si fuera poco, le endosó como “nuevo” un libreto ya entregado a Hálevy y a Donizetti (para ese Le Duc D’Albe que no llegó a terminar).

   Esos presupuestos y elementos insoslayables del género Grand Opera encorsetaron un tanto al maestro y tienen como consecuencia una obra con altibajos, personajes más bien esquemáticos, excepto el Monforte, pero llena de bellezas y no obstaculizaron la evolución Verdiana siempre en busca de la verdad dramática, además de contar con unos cada vez más constatables, progresos como orquestador, espoleado por las mayores calidades de la orquesta de la Opera de Paris y por el hecho de componer para la que era capital musical de Europa en su tiempo.

   Después de una “pretemporada”, se inauguraba la temporada 2016-2017 propiamente dicha del Palau de Les Arts de Valencia con este titulo verdiano en su versión italiana I Vespri Siciliani. La dificultad de encontrar voces que hagan justicia a unos papeles exigentísimos, una dirección musical anodina y una producción fallida tuvieron como consecuencia que la representación no terminara de remontar el vuelo.

   La Orquesta de Les Arts sigue conservando su gran calidad, sin parangón en territorio nacional, pero no es lo mismo escucharla dirigida por Zubin Mehta como en otros títulos Verdianos disfrutados aquí, que por Roberto Abbado. Éste en la línea de su reciente Norma en Madrid ofreció una labor, además de escasamente refinada y elegante, fundamentalmente destensionada, sin el debido sentido narrativo y progresión dramática, sin atmósferas y sin voltaje. Todo ello absolutamente esencial en Verdi. Tampoco fue capaz, ni mucho menos, de poner de relieve los progresos como orquestador del maestro, con una instrumentación más elaborada y refinada, al contrario, puso el acento en los elementos más bandísticos y ruidosos. La obertura, al menos, tuvo cierta energía y fuerza, pero es preciso insistir, su labor discurrió irregular, con momentos de estruendo, otros en que se plegó excesivamente a los escasos medios de alguna de las voces y globalmente vulgar, gris y aburrida.

   Después de la cancelación de Anna Pirozzi y el descarte de Sofia Soloviy para el estreno, fue Maribel Ortega quien apechugó en el mismo con el complicadísimo papel de la Duquesa Elena. Visiblemente nerviosa, su indudable honradez y profesionalidad no pudieron ocultar sus tremendas carencias ante una escritura que le supera por todos lados. Justita de volumen, limitada en el centro, inexistente en el grave, no hubo soprano en su vibrante escena inicial “In alto mare e battuto dai venti” con el encendídisimo “Coraggio, su coraggio” que pasó sin pena ni gloria. En la bellísima “Arrigo! Ah parli a un core” delineó con cierta corrección el cantabile para naufragar irremisiblemente en la espinosa fermata con ascenso al agudo y susiguiente escala descendente de semicorcheas, que  quedó todo ello en un esbozo. No pocos problemas le planteó la intrincada agilidad del bolero del último acto, en la que los trinos eran intentos y los staccati meras aproximaciones. Más suelta, emitió un par de apreciables notas agudas en el terceto previo al final de la ópera. El agotador régimen a base de papeles spinto y dramáticos, uno detrás de otro, sin descanso, al que está sometido Gregory Kunde en esta asombrosa y admirable última fase de su carrera, está pasándole factura de manera cada vez más perceptible. El agujero del centro se agranda por momentos y hay que esperar a que le voz ascienda por encima del sol natural 3 para que gane brillo, en un registro cada vez más áfono. Asimismo, el fiato se resiente, la emisión es cada vez menos dúctil y el cantante ya no es capaz de dibujar frases de intenso lirismo como pudo comprobarse en los dúos con Elena. Lo que unido a un timbre tan ajado hace imposible la encarnación creíble de un joven impetuoso como Arrigo, a pesar de que los acentos siguen siendo vehementes y encendidos.  Su inatacable musicalidad y sus agudos aún brillantes, pero cada vez más forzados como pudo comprobarse al final del aria “Giorno di pianto”, aún resultaron apreciables. Asimismo y aunque estamos ante otra etapa de su carrera, dejó mal sabor de boca escuchar a un tenor que emitía a plena voz el Fa 4 de Puritani, soltar un falsete tan ingrato en el Re sobreagudo del último acto, la nota más aguda escrita jamás por Verdi para un tenor. Tampoco se escuchó la voz, noble y bella, de Juan Jesús Rodríguez con el brillo de otras veces, aunque el fraseo fue tan monótono y poco incisivo como siempre. El intérprete, plano, no hizo justicia al personaje más trabajado y de mayor entidad psicológica de la obra, Guido de Monforte, que combina los rasgos de tirano opresor, no exento de nobleza, con el de padre que ama profundamente a su hijo y anhela conseguir su cariño, pero resulta ser su rival político.

   Giovanni da Procida es un personaje de un solo trazo, tan obtuso como el Don Carlo di Vargas de Forza del Destino, sólo tiene un objetivo unívoco e irrenunciable al que supedita todo: la revuelta, la venganza y el asesinato del tirano. De un solo trazo y escasa fantasía fue también el canto de Alexander Vinogradov, bajo ruso de emisión gutural, más presencia sonora que verdadera anchura y densidad y que con unos graves tan poco ortodoxos como eficaces, consiguió el aplauso de la audiencia.

   La producción de Davide Livermore creada y pensada para el 150 aniversario del Estado Italiano se basa en la crítica y la reivindicación. La denuncia de la connivencia con la mafia de las instituciones y poderes fácticos del Estado, la abulia del parlamento, la corrupción política, así como la alienación del pueblo ante la televisión, los móviles y demás avances tecnológicos que cimentan la preponderancia del elemento audiovisual en el mundo que vivimos. Ciertamente, no parece un melodrama romántico italiano adaptado a las cracterísticas de la Gran Opera el vehículo más adecuado para ello. Se necesitaría mucho, pero mucho, talento y sabiduría para que funcione. Que Verdi entrara a fondo en el tema político y fuera un elemento clave en el Risorgimento tampoco parece justificación para todo. El caso es que la propuesta y la idea que la sostiene languidece poco a poco, hasta derivar en un montaje aburrido, con una caracterización de personajes y movimiento escénico poco estimulante cuando no sonrojante (como el bailecito del coro mientras Elena intepreta el bolero), además de quedar diluida la relación padre-hijo que es lo que más interesaba a Verdi. Precisamente el coro, que estuvo bien, no alcanzó el nivel habitual en Les Arts, sonando un tanto deshilachado y con notas extremas ácidas en la voces femeninas, seguramente incómodo por su disposición escénica a lo largo de la representación.

Foto: Tato Baeza

Autor:Raúl Chamorro Mena
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