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Crítica: 'Las vísperas' de Rachmaninoff en el ciclo de la Filarmónica de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
13 de febrero de 2017

UNA OBRA MAESTRA DE LA INGLESIA ORTODOXA RUSA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Iglesia de San Pablo el Apostol. 3-II-2017. Westminster Symphonic Choir. Director: Joe Miller. Las Vísperas, Op. 37 de Sergei Rachmaninov.

   El maratoniano ciclo de las Sinfonías de Anton Bruckner en el Carnegie Hall ha copado casi en exclusiva la actualidad musical de la Gran Manzana durante casi dos semanas, lo que nos ha privado de asistir a otras propuestas interesantes que había en paralelo. Pero ya se sabe que no se puede estar en misa y repicando.

   Entre ellas ha estado el Festival Tchaikovsky de la Orquesta Filarmónica de Nueva York denominado “amigos queridos”, dirigido por Semyon Bychkov. El nombre viene de cómo se llamaban entre ellos el compositor y su mecenas Nadezhda von Meck. La parte principal del festival han sido tres conciertos sinfónicos donde se han dado las Sinfonías Quinta, Sexta y Manfred. Además se han programado varios conciertos de cámara y éste que nos ocupa, dedicado en su totalidad a la impresionante obra coral de Sergei Rachamaninov, Las Vísperas. La obra, una de las más importantes y complejas de su autor, es una de las cimas de la literatura coral, y probablemente, la más importante de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

   Mientras la literatura musical de las Iglesias Católica y Protestante fue creciendo con los siglos de la mano de compositores como Vivaldi, Bach, Haendel, Rossini o Beethoven, por referirnos solo a algunos, en la Iglesia Ortodoxa había de hecho un monopolio en manos de la Capilla de la Corte Imperial en San Petersburgo, que impedía que músicos ajenos a ella pudieran publicar partituras eclesiásticas. Fue precisamente Piotr Ilich Tchaikovsky quien en 1878 emprendió una batalla contra dicho monopolio y publicó su Liturgia de San Juan Crisóstomo. Tras una batalla legal de más de dos años entre las autoridades de la Capilla por un lado, y Tchaikovsky y su editor por otro, éstos ganaron el pleito y el monopolio desapareció. Ya con el veto levantado, su pupilo Sergei Rachmaninov, persona poco religiosa pero muy atraído por la indudable musicalidad de la Liturgia ortodoxa que había estudiado en profundidad en sus años del Conservatorio, compuso dos auténticas obras maestras: una sinfónico-coral como Las Campanas en 1913 y otra exclusivamente para Coro a capella como Las Vísperas dos años más tarde.

   En Las Vísperas, Rachmaninov compone una obra con quince movimientos que abarca parte de la liturgia de las Vísperas y parte de los Maitines. Varios de ellos se basan en melodías asociadas a las tradiciones rusa o bizantina. En otros, sin embargo, el de Semiónov se embarca en una especie de orquestación a través de la voz humana, llena de pasión y de fuerza expresiva donde juega con color y dinámicas de tal manera que consigue “efectos orquestales” realmente espeluznantes, especialmente cuando están de por medio los bajos profundos tan característicos de las páginas corales rusas.

   Lamentablemente, no hay muchas ocasiones de escuchar esta obra, ya que al ser exclusivamente coral, no frecuenta las salas de conciertos. Por eso es la típica obra que en cuanto tienes ocasión, debes acudir de inmediato. Hace unos años tuve la ocasión de ver una interpretación modélica en la Iglesia de la Abadía de la Cambre en Bruselas, por parte del Coro de la Radio Flamenca. Fue un día de enero en que la nieve cubría la capital belga. Conducir en esas condiciones - que en mi imaginario eran similares a las que debían haberse vivido el día del estreno -, aparcar en el jardín de la entrada, sentarte cerca de los cañones de la calefacción – la iglesia de dimensiones no muy grandes estaba helada – y escuchar esta maravillosa obra en aquella increíble interpretación, todos con el abrigo y los guantes puestos, fue una de las experiencias musicales inolvidables de mi vida.

   Esta vez no estuvimos al mismo nivel. El Coro Sinfónico de Westminster está compuesto por estudiantes de la Universidad de Princeton, y como es lógico, faltaron esas voces graves que si ya son difíciles de encontrar en la propia Rusia y con cantantes veteranos, más difícil lo es entre gentejoven de New Jersey. Ese fue el hándicap con el que tuvo que lidiar Joe Miller, su director, que dirigió con gusto y conocimiento, aunque con cierta falta de expresividad. Nos faltaron entre otras cosas más contrastes dinámicos, una mayor gama cromática y una mayor definición en los descensos a las tesituras más graves. Esos que te ponen los pelos de punta, como el formidable final de la quinta parte, “Ahora deja que tu siervo se vaya en paz”, en que mientras los tenores mantienen un Si bemol3 cuasi eterno, los bajos descienden nota a nota hasta el Si bemol1, nota prácticamente imposible. Según el propio Rachmaninov, quien quería que se interpretara en su propio funeral, era un descenso a la tumba antes de alcanzar la vida eterna.

   A pesar de estos pequeños inconvenientes, la mera posibilidad de ver esta obra en vivo es un regalo.

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