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Crítica: 'Le comte Ory' de Rossini en La Scala de Milán

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Autor: Raúl Chamorro Mena
21 de julio de 2014

"El montaje no sólo careció de chispa, agilidad o gracia alguna, es que no entendió que el humor, el juego erótico y la ambigüedad de la obra estan esencializadas tanto musical como teatralmente, por el refinamiento, la sutilidad, la exquisitez y suprema elegancia. Elementos siempre innegociables del genio de Pesaro".

NEFASTA PRODUCCIÓN

Por Raúl Chamorro Mena

7-7-2014  Milán, Teatro alla Scala. LE COMTE ORY (Gioachino Rossini)  Colin Lee (Le Comte Ory), Alexandra Kurzak (La Comtesse de Formoutier), José Maria Lo Monaco (Isolier), Stéphane Degout (Raimbaud),  Roberto Tagliavini (Le Gouverneur), Marina de Liso (Ragonde), Rosanna Savoia (Alice). Dirección musical: Donato Renzetti. Dirección de escena, escenografía y vestuario: Laurent Pelly.

   El maestro Rossini, en plenitud de su fama y prestigio mundiales, estrenaba el día 19 de Junio de 1825 en el Theatre Italien de Paris, “Il Viaggio a Reims”. Esta composición, una especie de cantata escénica más que una ópera propiamente dicha, era un encargo que formaba parte de las celebraciones de la coronación del Rey Carlos X de Francia. El elenco fue amplio y estelar, con un desfile de figuras de la época (Giuditta Pasta, Laura Cinti Damoreau, Domenico Donzelli), que debían lucir todo su virtuosismo en una música inspiradísima y llena de dificultad. Sólo se dieron cuatro representaciónes y Rossini retiró inmediatamente la obra, por cuanto estaba destinada justamente a ese evento y, además, sus enormes exigencias en cuanto a larguísimo e importante reparto hacían prácticamente imposible la reposición. El genio de Pesaro, sin embargo, era plenamente consciente de la calidad de su música y no estaba dispuesto a que se perdiera. Ya sabemos que era proclive a los autopréstamos y reelaboraciones, que siempre implicaban una labor compleja de transcripciones y reorquestaciones. En esta ocasión, además y como ya se ha expuesto, el hecho estaba totalmente justificado, por cuanto una gran cantidad de magnífica música corría el peligro de perderse. Un vodevil de Eugene Scribe basado en una antiguo relato medieval sobre las andanzas de un libertino conde, proporcionó la trama para la nueva ópera francesa, que Paris esperaba desde hacía tiempo de quien había encumbrado como príncipe de los músicos.

   Le Comte Ory subió a escena el 20 de Agosto de 1828 en la Academia Real de Música (La Ópera de Paris) manteniéndose en cartel hasta 1884 alcanzando más de 400 representaciones. No constituye ni una ópera buffa, ni cómica (no tiene diálogos hablados y todos los recitativos son acompañados). Estamos nada menos que ante una magistral creación del cisne de Pesaro, con una orquestación riquísima y fascinante, música de altos vuelos y un humor y ambigüedad siempre presididos por la suprema elegancia, el refinamiento y la mesura de corte francés.

   La función del pasado día 7 en el Teatro alla Scala parecía lastrada desde el primer momento, por la ausencia del tenor peruano Juan Diego Flórez, gran baza Rossiniana actual y defensor de este papel- que canceló la representación (y posteriores) por una traqueitis. Sin embargo, la sustitución a cargo del tenor Colin Lee resultó aceptable y fueron otros elementos los que llevaron la representación a la decepción y, sobre todo, al aburrimiento (increíble tratándose de esta ópera). Empezando por una nefasta producción de Laurent Pelly, que si otras veces ha acertado (es estas páginas se alabó su Cendrillon del Liceo de Barcelona), esta vez ha patinado sonoramente. El montaje no sólo careció de chispa, agilidad o gracia alguna, es que no entendió que el humor, el juego erótico y la ambigüedad de la obra estan esencializadas tanto musical como teatralmente, por el refinamiento, la sutilidad, la exquisitez y suprema elegancia. Elementos siempre innegociables del genio de Pesaro.

   Una escenografía fea y desangelada en el primer acto, así como fría y reiterativa respecto a otras de este regista en el segundo, un vestuario de trapillo y una dirección escénica esclerótica en el mejor de los casos, chabacana, ordinaria y de trazo grueso en el peor, es decir la antítesis del espíritu de la obra. La cumbre del mal gusto y la zafiedad llegó en el momento que la Condesa de Formoutier durante su dúo con Ory, se sienta en una taza del cuarto de baño a hacer sus necesidades (suponemos que menores) lo que provocó abucheos en la sala y gritos de “¡No! ¡No!”. Ese momento debió producir, sin duda, un temblor en la Basilica della Santa Croce de Florencia, donde se encuentra el mausoleo con los restos mortales de Rossini. Un momento tan sublime tanto musical como teatralmente como es el terceto del último acto (totalmente nuevo y no presente en Il Viaggio) “A la faveur de cette nuit obscure”  pasó sin pena de gloria, torpemente expuesto escénicamente y acompañado sin ninguna magia desde el foso.

   Efectivamente, la dirección de Donato Renzetti resultó plana, plúmbea, sin vuelo, más bien pesante, sin estímulo y atención a los cantantes. Pulida sí y la orquesta tocó bien la espléndida partitura, pero faltó vivacidad, ligereza y sentido teatral, en un Rossini que resultó, ¡gran pecado!, poco “espumoso”.  Colin Lee cumplió sobradamente en la sustitución de uno de los grandes divos de la actualidad en un complicadísimo papel, que estrenara el mítico Adolphe Nourrit. El timbre es más bien ingrato, lejos de la limpieza y nítidez de emisión de Flórez, pero no puede decirse que la voz corra menos en teatro que la del peruano. Además, la espinosísima tesitura no fue escollo para él y emitió los abundantes agudos con facilidad, pero no exentos de un punto de brusquedad y aspereza. El sonido en el centro resulta un tanto deshilachado y no se puede decir que sea un prodigio de elegancia como intérprete, pero sí encarnó un Conde desenfadado y con una comicidad espontánea y directa.

   No encontramos adecuada heredera de la mítica Laure Cinti-Damoreau en la deficiente Condesa de Alexandra Kurzak. Joven y desenvuelta en escena, pero de modos más bien vulgares y un sonido pobretón, de escasísimo volumen y que se torna agrio y desabrido en cuanto asciende al agudo, siempre estridente y chillón. El paje Isolier es un papel alejado ya de la escritura más grave de los papeles de contralto in travesti de las anteriores obras Rossinianas y que se encuadra en una tesitura más genuinamente mezzosopranil. Sin embargo, los medios vocales de Jose Maria Lo Monaco resultaron muy limitados. Voz pequeña, de escasísima resonancia y proyección, muy corta, con un agudo totalmente abierto y esforzado y unos graves sin ninguna entidad. Su repertorio tope debería ser la música antigua y el barroco.

   La diferencia de caudal y sonoridad con Marina de Liso, que cantó el papel de Ragonde, fue más que ostensible. Timbre gris, tasado en los extremos, el de Stéphane Degout como Raimbaud, que apenas pudo mostrar una profesional preparación musical en su gran escena del segundo acto (que proviene del “Medaglie incomparabile” de Il viaggio) con un sillabato muy discreto y una agilidad llena de arrastres. El papel de Le Gouverneur fue defendido por el joven bajo parmesano Roberto Tagliavini, que exhibió cierta entidad en el centro, pero insuficiencia en el grave y con apreturas en el agudo. Luchó con dignidad y decoro con su gran escena del acto primero, cuya brillantísima stretta corresponde con la de Lord Sydney en Il viaggio a Reims.

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